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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 5 de febrero de 2018
La educación sexual en casa de mis papás fue somera pero efectiva.
A los nueve años, me tocó la clasecita de útero + trompas + sangrado +pene + espermatozoides. Más toallas y cuidados. Todo sacado de un librito padre, lección sobre la cama de mis papás, maestra mi madre.
Y luego como a los trece, dos recomendaciones de mi padre, a mediodía, después de la sopa de verduras:
– Si se embarazan, no es problema nuestro. No cuenten con nosotros para nada.
– La primera vez que vayan a tener relaciones, escojan a un hombre que sepa lo que hace, para que no las vaya a lastimar.
Claro que entonces, la primera vez fue de miedo. Entre los animalitos esos que te embarazan y la posible lastimada, ¿quién va a abrir las piernas…?

¿Recuerdas tu primera vez? La de en serio, de penetración y todo.
Primero que no sabes bien ni por dónde. Claro algo imaginas, tampoco eres manca, o ciego. Pero no es lo mismo imaginar que hacer.
Si eres mujer, por más que te hayan dicho que aquello se endurece y crece, nunca de los nuncas imaginaste algo tan grandotote y tan durísimo. Si no es lo mismo tantita chistorra que un buen chorizo de Toluca.
Entonces, te entra el nervio… y otra cosa, pero más despuesito.
A menos que andes con chavas y entonces son varias las cositas que te entran.
Si eres hombre, pues aquel orificio se te hace como cueva de vampiros, ¿sí o no? Sí, has visto unos en revistas y películas, pero vaya, una cosa es una cosa y otra es lo que estás viendo.
Entonces, te entra el nervio… y dependiendo de con quién sea el asunto, chance otras cosas. Despuesito.
Más si andas con chavos.
Y ya que todo está dónde debe de estar: pues sí, el famoso dolor.
La verdad verdadera, no recuerdo que tan fuerte fue. Recuerdo haber sangrado.
No sé si por novata o porque la relación instrumento-hendidura estaba fuera de proporción.

Imagino entonces qué sentirán los niños.
Cuando los violan.
Porque ahí sí la diferencia de tamaño es muy cabrona.
Si a mí me impactó tener entre mis dedos semejante manguera, imagina la manita de un niño de diez años, de cinco.
Si a mí me impactó tener que abrir las piernas, – más, ábrelas más -, imagina las piernitas de una niña de siete años, de doce.
Si a mí me dolió la introducción del pene del hombre al que le había dado permiso, imagina el suplicio que atraviesa un niño de cinco años, de seis.
Si a mí me dio miedo el acto, imagina el terror que siente una chiquilla de once años, de cuatro.
Si a mí me dio cierto recelo meterme aquello a la boca, imagina la boquita de un chiquillo de ocho años, de trece.
Sí a mí el sexo anal no se me da, imagina el dolor que siente un pequeño de nueve años.
Imagina.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imágenes de portada e interiores: Tres etapas del cuadro Regards-Miradas. | Autora: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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