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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 1 de marzo de 2021
Cantidad de años he pensado en las flores de velorio: que si se sienten más que las flores de puro ornato, que las de puro jardín, que si sienten y absorben la tristeza de los que las compran, las entregan, las miran…
Que si las tiran o regalan antes de que se marchitan, que si gritan al caer al camión de la basura: ¡No, estoy viva, no, no soy sólo símbolo de muerte!
Y me cae que hoy que andamos sin velorios ni velatorios pienso en ellas otra vez.
¿Sentirán que ya no existen al no ser necesitadas? Eso, claro, admitiendo, uno, que algo sienten, y dos, que la memoria transgeneracional y telepatías diversas les informaron del destino al que estaban prometidas. ¿O estaran disfrutando su relativa libertad?
De hecho, ¿seguirá alguien cultivando flores blancas para corona, ramo gigante o arreglo mortuorio…?

Aquí guardé muchos años un clavel seco de uno de los ramos del ataúd de mi papá, atado a un clavo en una pared. Lo terminé dejando en el jardín, para que tuviera un final digno, flor era y como flor regresó a la tierra.
Cuando hay flores en casa, una parte de mí no deja de sentir culpa al “matar para decorar”, aunque las flores me hagan feliz, aunque disfrutar su color, su aroma sobre mi mesa me ponga de buen humor.
Si al cortarle una hoja a una planta quedan su aura, su energía, ahí un rato y se alcanzan a ver, ¿no es eso prueba de que estamos asesinando parte de esas mismas plantas sólo por placer?
Sí, muchas de esas flores se cultivan expresamente para eso, sólo para brillar un rato, pero las que van muriendo sobre su tallo original, con los pies en la tierra, viven más y de manera conforme a la naturaleza. Las del florero… Llegan moribundas a casa, algunos pétalos ya cayeron y dos-tres de ellas van directo al basurero que porque están muy chicas, muy feas, muy cortas.
Y, aunque las acomodemos el primer día, poniendo en valor las que más nos gustan, poco a poco van perdiendo su lugar, vamos quitando una, cortando el tallo de otra, dejándolas a veces podrirse al mismo tiempo que el agua enverdecida del jarrón. Es más, para algunas, negamos su naturaleza, las gerberas traen popotes de plástico alrededor del tallo, los girasoles lo traen justo debajo de su cabeza, la nube, tan ligera, sólo sirve de relleno. Qué falta de respeto…
No me leas mal, me gusta recibir flores, comprarlas, escoger jarrón y acomodarlas. Me gusta también, tal vez más, comerme la jalea de pétalos de rosas que hace mi mamá, los compra para ese menester y ya exprimidos de todo su sabor, se van a la cubeta de la composta, digno final para ellos, pienso yo.
Te hablo nada más de esa parte de mí que no admite ver sólo lo bello. Detrás de todo, una sombra empaña siempre mi cotidiano.
Una amiga me dice que para ella tener flores no es asesinato, es al contrario celebración de la vida, en su calidad de efímera. Me gustaría tener esa parte que tienen tantos, la de priorizar lo hermoso de lo fugaz, nomás que no se me da…
Tal vez debiera tener nada más ramos de siemprevivas, flores que secas son, que secas se quedan, y que desecho finalmente por el polvo que las cubre, no por lo marrón que se hayan vuelto o no sus pétalos.
Lo que sí hago, definitivamente, es rendirles una suerte de homenaje a las flores de mi sala cuando ya no se ven bonitas. Las tiro en el jardín, guardando a veces los pétalos para algún menjurje que usaré en uno de mis cuadros. Su vida, su muerte sobre todo, significan entonces más que placer estético: flores eran y flores regresan a la tierra, no a colgar eternamente sobre una pared.
Y quiero traer a colación al Principito y a su rosa.
Uno, porque la rosa era tan suya como lo era él de ella.
Dos, porque aunque no la hayamos visto morir, nosotros sabemos más que el Principito.
Y tres, porque él escogió la mordida de la serpiente para regresar a ella.
Sabía él mejor que nosotros claro…
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de interiores: Flores secas. | Foto: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
Imagen de portada: Flores vivas. | Foto: Marie-Dominique Mahe-Pasquier.
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