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El Molino Online*
Estados Unidos / Lunes 30 de marzo de 2020
Ha sido una semana terrible, de angustias y temores, de esperanzas sin florecer y frustraciones a más no poder, en la que apenas hemos comenzando a comprender las reales dimensiones de esta tragedia que para aquellos y aquellas que la sobrevivan marcará el resto de sus días en este planeta.
Cada día, cada hora, cada instante que pasa se va multiplicando el número de tumbas.
Muertos que, de no ser por el Coronavirus y la irresponsable y criminal respuesta de nuestros gobernantes, deberían seguir con nosotros. Que no quepa duda alguna: muchas han sido muertes evitables.
No vale la pena poner en este escrito cifras porque crecen a diario. De manera exponencial. Y nadie sabe hasta cuándo. (Aquí publicamos un mapa con actualizaciones constantes).
En New York, epicentro del Coronavirus en EEUU, se han construido morgues improvisadas: vagones congeladores afuera de algunos hospitales; el centro Javitts, en la 34 frente al río Hudson, está adaptando sus 78 mil metros cuadrados para crear un hospital de campaña; buques hospital ya han zarpado con rumbo a New York y a Los Angeles.
Han clausurado escuelas, guarderías, gimnasios, comercio y centros de trabajo. Mucho funciona a la distancia, lo cual genera el temor adicional de que internet, la tecnología que nos mantiene conectados, pueda perder velocidad, si no caerse. ¿Qué haríamos?
Padres y madres con sus críos en casa, tratando de trabajar en línea, agobiados por preocupaciones como el bienestar físico, su capacidad de alimentar y proveer atención de salud a las dolencias comunes y corrientes en las familias con niños. Los chicos aburridos. Gritando. Peleando. Y las cuentas. Alquiler. Seguro médico. Auto. Tarjetas. Deudas. ¡Papel higiénico! Muchos desde hace un par de semanas sobreviven sin ingresos, o con sus ingresos limitados, o con la angustia de no saber si éste será el último mes que puedan mantenerse solventes.
Mientras tanto los políticos, con pocas excepciones, han mostrado una y otra vez su total incapacidad de ofrecer el liderazgo que con desesperación exige la situación.

Donald Trump. | Imagen: Pete Linforth / Pixabay.
En EEUU, enmarcado por el creciente número de muertos, Trump usa los medios como vehículo de su campaña de reelección, a la vez que niega equipo —ventiladores, mascarillas, kits de pruebas— a los gobernadores que “no me tratan bien”.
En las cuatro semanas largas de esta pesadilla, Trump ha dicho que no hay crisis; ha prometido menjurjes de drogas fantásticas, cuyos resultados no están comprobadas; ha ofrecido ayuda que nunca ha llegado; ha denunciado a los gobernadores de otros estados; ha culpado a China, para luego decir que existe una buena relación con esa nación. Ha insultado. Amenazado. Minimizado. Pordebajeado. Mentido. Vuelto a mentir. Acaba de decir que quiere que los cheques de ayuda que pronto enviará el gobierno (no está claro cuándo exactamente) lleven su firma, quizás con la esperanza de que crean los estadounidenses que ha sido él quién les concede la ayuda.
Cualquier cosa por su reelección.
Al mismo tiempo, en el Congreso de EEUU, senadores afirman que no se debe dar nada a la gente porque dejarían sus trabajos. Otros, aseguran que hay que reanudar la actividad económica y si en el proceso hay contagios y más defunciones, que sean los mayores.
En otros países, algunos bancos han ofrecido pagos diferidos; pero sin eliminar las deudas. Ven en esta situación una oportunidad de oro para acumular más riquezas, explotar más a la gente sin nada, perpetuar aún más las desigualdades sociales. Recomiendan que los trabajadores usen sus pensiones para sobrevivir.
Los banqueros, y las grandes empresas que controlan los medios, y porque han sabido contratar especialistas en lo que llaman “imagen corporativa” —mediante el uso de humo y espejos, y cajas de doble fondo igual que los prestidigitadores— se presentan como héroes. Generosos. Solidarios.
Esperan nuestros agradecimiento.
Con cada día que pasa nos enteramos que multimillonario tal, quien con sus ingresos diarios podría alimentar decenas de miles de personas, ha realizado una donación. No es sino una piltrafa. Un granito de arena en la enormidad del desierto: Un pedo en un huracán. Pero explotan su caridad para presentar una falsa humanidad.
Los héroes y heroínas de hoy día son otros.
Andan enmascarados. Máscaras, que por la ironía del destino, son bastante similares a las de aquellos jóvenes que sólo hace meses se volcaron a las calles en varias naciones de América Latina exigiendo mayor participación ciudadana. Fueron reprimidos con brutalidad por las autoridades. En Colombia. En Ecuador. En Chile. En Bolivia.
Los héroes y las heroínas enfrentan un enemigo todavía peor.
Un enemigo del cual se conoce muy poco, que entra por aire y por tierra, mediante un abrazo o al dar la mano, por la respiración en muchos casos de gente sin síntomas aparentes, por los últimos suspiros de moribundos. Un monstruo que llamamos Coronavirus, aunque algunos racistas quieren darle un nombre vinculado a China.
Estos héroes y heroínas están sumidos en las trincheras —hospitales, centros de ancianos, residencias de gente sin capacidad de movilizarse. Van de casa en casa—. Caen infectados y mueren intentando salvar una vida más. Muestran a cada instante valor y compromiso como se ha visto pocas veces en años recientes.

Composición: Time a través de El Molino Online.
Estos héroes y heroínas luchan día a día por evitar que haya más tumbas. En su mayoría son anónimos: enfermeros, socorristas, médicas, técnicas, policías, soldados, gente que limpia hospitales, bacinicas y camillas, recicladores y barrenderos, conductores, trabajadores en los supermercados, agricultores.
Mientras la contribución de una celebridad se repite ad náuseum, permanece anónima la médico que no ha podido abrazar a sus hijos por temor a contagiarlos. Jamás sabremos el nombre (ni el drama personal) del enfermero que en medio de su jubilación respondió al llamado de la solidaridad.
Laboran de sol a sol, siendo remunerados sólo con centavos, llegan a sus casas exhaustos, conmovidos por lo que han vivido, deshechos emocionalmente, para enfrentar los mismos problemas que todos: ¿Nos iremos a enfermar? ¿Habrá con qué pagar techo, comida y salud? ¿Tendré suficiente fuerza para apoyar emocionalmente a los míos en este momento?
A ellos y ellas se lo debemos todo, no sólo nuestro bienestar.
Nuestra deuda hacia ellos y ellas surge de que mediante su labor nos han recordado lo más bello e inspirador de la humanidad.
Nos están demostrando lo que es la solidaridad de la raza humana. Por ello son un rayo de luz que rompe las tinieblas de la negra noche del Coronavirus; un lirio en una pocilga, una perla en un lodazal.
Como dijera, John Donne, “la muerte de cualquier ser humano me reduce porque formo parte de la humanidad, no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
Otra semana que pasó en EEUU. ¡Gracias!
* Del director de El Molino Online.
Composición de portada: Time a través de El Molino Online.
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