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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 18 de julio de 2022
Es un hombre desgarbado, moreno de piel, mirada azul, azul de viejo.
Está de pie tras su ventana, protegido por media cortina y por los muebles de la sala que se alcanzan a ver detrás de él.
Mira la calle, protege su banqueta de coches indeseados, no cualquiera se puede estacionar frente a su casa, y tiene el teléfono a la mano para avisar al comandante de cualquier infracción a su ley. Por eso lo conocí, porque nos estacionamos frente a su casa y le fue necesario explicarnos el sistema que tiene para los coches ajenos a su linaje.
Hace unos días, para sacar su coche de la cochera, tuvo que maniobrar y dejarlo un rato atravesado en la calle. Un conductor impaciente le tocó el claxon de manera agresiva. Él volteó y explicó con un gesto de la mano que ya, que ya iba. El conductor, un hombre de menor edad, le gritó: “¡Pinche viejo, ya quítate!”
Él contestó, con el grito que durante años usó en partidos de los Pumas, usando la palabra puto. Me explicó que sabe que esa palabra no se usa, ya ni en el futbol, pero que no tiene por qué dejar que lo insulten, que es contador, que tiene estudios, y que no pues.
Y ya. El conductor impaciente lo logró rebasar y se alejó, en sentido contrario.
El señor desgarbado, de mirada un poco ausente, pudo ver al comandante ese mismo día y desde entonces aplica la consigna que le dieron: que no se estacionen más allá de la rayita de la banqueta, para que pueda salir de su casa con facilidad. Entonces él está atento, en cuanto es necesario, abre la ventana, que no la cortina, se sostiene de la reja que protege su casa contra los maleantes y explica, con lujo de detalles el porqué del cuándo del cómo. Eso hace.
Se conoce por su plática que vive con la hija, que no trabaja ya y que lo de los carros le da algo como una razón para levantarse cada mañana. Eso y las llamadas al comandante, la vida de los vecinos, él los representa, y la comida familiar de los domingos.
Ese día, cuándo lo conocí, yo llevaba un poco de prisa pero me detuve a escuchar, escuchar con más que los oídos, con el corazón también. Pensaba en dejarlo hablar, explicar que tal vez no tendría mucho público frente a él desde que ya no iba ni a los partidos de los Pumas ni a trabajar. También pensaba que hacía calor, que se me hacía tarde. Él seguía hablando, dando lujo de detalles, del suceso pero también de su vida, del comandante que llegó hasta las 4 cuándo se le aviso desde la mañanita, de la gente que le hace caso y de la que no, del día que fue al centro comercial a comprar comida y de como un conductor impaciente le gritó “pinche viejo”.
Tres veces. Tres veces me platicó la misma historia. Pasó el tiempo y por más que yo intentaba cortar la conversación, el seguía hablando, repasando la historia, los Pumas, el coche, la raya de la banqueta…
Cuando me fue posible, le pedí que se metiera a su casa, que soltara la reja y se pusiera a resguardo detrás de la ventana, que porque el sol le estaba dando en la cara y que porque no podía ser bueno. No accedió, yo me alejé. Me despedí con un gesto de la mano, lo dejé solo.
Regresé al día siguiente, pero el coche lo estacionamos en otro lado. Caminamos por otra banqueta.
Fui capaz de escuchar un día, pero sólo uno, me ganó la impaciencia, la ligereza del que tiene cosas que hacer.
Y pensé por la noche en aquel hombre desgarbado, en su chaleco gris manchado, una gotita de no sé qué al lado del cuello, pensé en su mirada azul deslavada y en su mano cogida de la reja gris, el mismo gris que el de su ropa.
Conocí a un hombre orgulloso de lo logrado, tanto en su profesión como en su lucha contra los conductores descarados que insultan a los viejos y se estacionan frente su casa, repitiendo una y otra vez lo mismo como para asegurarse de lo logrado. Un hombre que probablemente no sepa aún que lo que lo separa del mundo es mucho más que una simple reja.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Pixabay.
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