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De verde envidia pegajosa

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 11 de abril de 2022

 

¿Recuerdas que luego se me sube lo vikingo y alocado a la cabeza? ¿Y que no nada más a mí sino a mi familia y a varios de mis amigos?

Cada vez que nos es posible vamos a festivales medievales, vikingos, de fantasía. A mí me han tocado en La Marquesa, inmenso llano entre la Ciudad de México y Toluca, otrora conocido por su paz, su lago y las contadas familias que se sentaban en el pasto duro para comer pollo frito y huevos duros, tortas de jamón y ensalada de atún y que no es hoy más que un inmenso mercado de tacos y quesadillas, de renta de motos y de caballos asustados.

Pero sigue quedando bien para eventos masivos que deben de parecer de un tiempo en el que había naturaleza salvaje cerca de los humanos.

 

El punto es vestirse como los ancestros de quien sea, mientras hayan sido vikingos o del medievo europeo. Y esta vez además lanzarse a los reinos de fantasía: hadas, faunos, lombrices mutantes.

Aquí en casa, esos encuentros son tema de conversación durante meses, la novia de mi hijo mayor hace trajes de época, siguiendo los ritos de antaño, aguja en mano y botones de tela, la máquina de coser no se usa, busca materiales que pudieran haberse usado en aquellos tiempos y hace magia. Nosotros, comentamos de maquillaje, de hidromel, de zapatos cómodos, de dinerillo ahorrado para comprar hachas, falsas, tarros, falsos, y anillos, verdaderos. Esta vez decidí ir vestida como un hada, con brillos por todos lados, mi peinado dejando ver de cerca y de lejos la loba tatuada que traigo en el cráneo y dejar mi arete vikingo y mi rudo semblante en casa.

Allá es mirar los demás, admirar trajes, ideas, sacar fotos, escuchar música de tambores y de simili-gaitas. Tratar de ver las justas entre caballeros, escuchar gritos y risas, aplausos. Tirar al arco o sentarse en verdaderos falsos tronos.

Yo distingo 4 grupos entre los asistentes:

Los auténticos que de por sí así andan por la vida, greñudos, tatuados, maquillajes oscuros y aros de metal por todos lados, que son vikingos y celtas de corazón que no todos de sangre.

Los reales que entre festival y festival  se visten y actúan como la mayoría de la población pero que no se inventan un disfraz, están conscientes de estar usando atuendos, de estar representando antiguas costumbres, aunque sea con hachas de plástico y aunque sean ajenas a las de su familia.

Los casuales que sí tienen algunos aditamentos y leen y se informan sobre vikingos etc., pero que no se emocionan al cien ni se sienten parte de la comunidad que disfruta su efervescencia en esos días. Vienen más a pasar un día de campo diferente que realmente a compartir con extraños.

Y los demás, que piensan que con tomar hidromel y traer disfraz, no atuendo, disfraz de fiesta infantil ya se ven muy rudos, esos que traen de todo pa’ chupar, que comen de más: kilos de carne, porque son trogloditas, y papas a la francesa porque están ricas.

 Entreverado con hebras de cada grupo surge un quinto grupo, al cual no soporto. A veces, cuando voy llena de feos recuerdos, los odio.

Crece en mí la animadversión como si trajera por dentro un viejo caldero, oscurecido por tanto servir, lleno de alguna poción mágica que saca lo peor de mí. Es borboteante lo que siento, me sale humo por las orejas, onda dragón del reino de fantasía. Me quema el líquido viscoso, se me pega a las ideas y más aún a los sentimientos.

 

Porque van pasando varios, muchos, que parece que están en una pasarela. Porque vienen a lucir-se, no a compartir. Y porque, con un demonio[1], lo logran.

Es como una cosa sabida lo de las fotos, hay muchas personas sacándolas claro. Luego están las selfies con tal o tal persona. Y luego, están más selfies, pero con los lucidores. No sé de hecho quienes me caen peor, si los que piden foto o los que dan el sí, y se enderezan con falsa modestia. De los que piden foto, muchos lo hacen con miradas que por tantito se vuelven lascivas, concupiscentes. Y hay idiotitas que se prestan al juego, que a eso van. Algunas chicas se desvisten en lugar de vestirse para la ocasión, no, no todas las vikingas eran sexis-diosas-desnudas, vi una mujer que traía pantalón negro de mezclilla, sostén y ya. Dudo que las vikingas se hayan vestido así, allá en los lejanos fiordos, o que las matronas de la Edad Media hayan siquiera intentado sostener su pecho debajo de sus cinco camisas de lino. Unos chavos van de torso desnudo y o de camisa sin mangas, enseñando piel, piel y piel, pero sólo por enseñar, no porque estén convencidos de que el gran rey vikingo así se paseaba, cobijado únicamente por su cabello trenzado. 

Sueno a vieja amargada lo sé. Y sí, yo vi a dos cueros pasar frente a mí y sí, chance me habría gustado lo de la selfie, nomás por el abrazo obligado para que “salgamos bien los dos”. Pero luego no habría sabido qué hacer con esa foto, ¿guardarla secreta, compartirla, usarla en momentos secretos, echarla a mi caldero para la próxima pócima? Esos dos cuates caminaban con garbo, con orgullo, no eran de los que van a lucirse, eran de los de a de veras.

Si quieres saber la verdad, no me enojo por las selfies realmente, digo a mí me pidieron, sin lascivia, iba yo bellísima, en serio. No me enojo por la del sostén, le ha de haber quemado la piel el sol mexicano, ni me duele el haber visto pasar al atractivo visual nomás de lejos.

No. Me enoja mi pasado, mi presente todavía a veces[2].

Hay muchos, muchas, que caminan inocentemente, no es posible que se junten tantos selfiosos de un jalón. Muchos realmente piensan que van vestidos de acuerdo a la ocasión, no se dan cuenta de la calidad de la atención que atraen. Y no se dan cuenta porque siempre ha sido así para ellos.

Desde niños los han besuqueado más que a la hermana, desde adolescentes los ponían enfrente para la foto del salón, o fueron los primeros en tener novio, novia.

Y no es que sean especialmente bonitos. Ni inteligentes. Son en general, eso sí, delgadas o musculosos, su cabellera siempre brilla y caminan como si el mundo les perteneciera, siempre. Y repito: no-se-dan-cuenta. 

Sólo tienen ese je ne sais quoi que yo no tuve ni tengo. Y la poción de la que emana mi enojo tiene por principal ingrediente la envidia, la vil y pura envidia.

¿Por qué a mí no se me acercaron nunca en una fiesta para platicar? ¿Por qué a mí nunca me quisieron robar un beso?[3] ¿Por qué sólo se me buscaba, y se me sigue buscando, para un consejo, un empujón profesional? ¿Por qué se me considera “tan coloquial” pero nunca apetecible? ¿Por qué a unos se les da lo que a otros no…?

Por favor, no me digas que yo tengo otras cosas, que no todo es parejo en la vida, que mejor ser duradero que fueguito de pastel (no sé si así se dice, pero así lo quiero decir hoy), que… que… y que.

Ya lo sé. Tonta no soy.

Sólo te quería compartir que por un rato el hada que de blanco iba se transformó en un ser siniestro y a todos los seres bonitos y medio-desnudos quiso ahorcar.


Notas:

[1] El vestirme de hada no me quita lo mal hablada.

[2] Voy mejor dentro de mi cabeza, nomás me tardé unos 50 años en apreciar mi físico.

[3] Dice la feminista, pero no nos hagamos bolas, ¿va?


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

@GwennFolange

Fotos:

(1) Anaïck Folange.

(2) Gwenn-Aëlle Folange Téry.

(3) Anaïck Folange.

Portada: Anaïck Folange.






Luis López




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2 Comentarios

el 11/04/2022

Me gustan los vikingos, me gusta lo que he conocido de ellos en las series que he visto, me gusta casi todo, hasta su coraje y su pasión y su manera aguerrida de ser, pero no me gusta la guerra ni cuando se matan como si solo de eso se tratara la vida.

el 11/04/2022

Me gusta su fuerza de carácter
En las séries, que no sabemos si fueron todos todos en la realidad real



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