SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 23 de junio de 2016
Los niños están hartos de ser considerados el futuro. Ellos quieren vivir en un mundo sin violencia en el presente.
Paulo Sérgio Pinheiro
Tiempo atrás un lector de esta columna compartió su actitud responsable y activa al ser testigo del maltrato hacia la infancia: “Llevo tres casos de intervención en vía pública para exigir que no le peguen a los niños… las madres de esos niños (supongo que lo son) me han mirado y contestado muy molestas”.
Su relato resulta estimulante y esperanzador. Porque en la medida que todos los miembros de la sociedad nos asumamos garantes del derecho a una vida libre de violencia, nuestras niñas y niños crecerán más sanos, seguros, confiados y libres.
Mi estimado lector agrega que nunca se ha enfrentado a la misma situación siendo el agresor un hombre, el padre; su pronóstico es que en este caso podría generarse una discusión más intensa, insultos por parte del agresor y hasta conato de golpes. “¿Qué opinas al respecto?”, me pregunta.
Cuando nos comprometemos con una causa o un valor, la de los niños y niñas, por ejemplo, este compromiso termina por demandarnos acción, por presionar nuestra voluntad. Entonces resulta difícil mantener una actitud neutral o pasiva ante esto tipo de sucesos. Tal cosa es lo que a mí me ha llevado a actuar ante mujeres y hombres cuando maltratan a un niño. ¿Cuál ha sido mi experiencia?
En estas situaciones parto del supuesto de que la mayoría de los padres y madres que castigan físicamente a sus hijos ante los ojos de los demás, generalmente no lo hacen con dolo o mala fe, sino que casi todos incurren en ello porque piensan que el niño se lo merece por su mal comportamiento o por considerar a este tipo de castigos una medida educativa que traerá como resultado el buen comportamiento (lo cual es totalmente falso, claro está, pero no para ellos).
Siendo así, no hay porqué tratar a estos padres como si fueran un monstruo, pues sólo se trata de personas con creencias erradas y perjudiciales, personas cuyas vicisitudes de la vida, limitaciones disciplinarias y para manejar sus impulsos y emociones se combinan de mala manera y en perjuicio de un ser con menor fuerza para defenderse, su hijo. Lo cual no justifica su acción, por supuesto; por eso es necesario intervenir.
En consecuencia, lo que he hecho es acercarme no para juzgarle ni confrontarle, tampoco para criticarle o amenazarle con dar parte a la seguridad pública, sino para proporcionarle ayuda a ese adulto abrumado. ¿Cuál ha sido el resultado? Normalmente, el cese o la evitación del acto impulsivo.
Una situación específica: estando en un parque público, a lo lejos observé a una joven mamá que, desbordada, jalaba de los cabellos a una niña de unos ocho años de edad, mientras cargaba a otro bebé con el mismo brazo que sostenía su bolso. La situación era dramática e intensa, por eso desde la distancia le grité:
— Señora, no le pegue.
Inmediatamente el hombre que estaba a su lado, supongo su esposo (joven y fornido), me regresó el grito:
— Usted no se meta en lo que no le importa, no es su hija.
Mi adrenalina aumentó —lo mismo que mi temor—. “¿Qué hacer? ¿Seguir adelante? ¿Emprender la retirada?”, pensé.
— ¡Pues sí me meto porque sí me importa! —contesté finalmente con un grito más fuerte que el suyo (sin descartar la posibilidad de emprender la carrera en caso de ser necesario). Afortunadamente el grueso de la gente volteó a ver la situación generando una cierta pena en los padres de la niña. Los jalones cesaron, la familia se retiró caminando con paso lento, la muchedumbre volvió a su respectiva actividad y mi miedo se transformó en satisfacción.
¿Por qué debemos defender a los niños que ni conocemos?, suelen preguntarse algunas personas. ¿Por qué no?, pregunto yo. Si somos capaces de generarnos un problema por defender a un equipo deportivo, a un partido político o a una religión, ¿por qué no hemos de defender a un niño? ¿Nos importan más aquellos que este? El discurso políticamente correcto dice que no. Lo correcto es contestar que los niños y las niñas son lo más importante de la sociedad. Pero las actitudes y hechos concretos y cotidianos muchas veces van en sentido contrario. El discurso dice que estos son sujetos con derechos. Pero en los hechos siguen siendo objetos propiedad de sus padres, de sus madres; esta es la conclusión ante la poca defensa que aquellos están encontrando cuando sus progenitores pierden la cabeza y les maltratan —aun involuntariamente— a la vista de los demás.
Muchos niños y niñas siguen deseando vivir en un mundo sin violencia.
* Psicólogo / [email protected]
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