SOMOSMASS99
Jack*
Dedicado especialmente a Gween-Aëlle, porque desde nuestro primer contacto en Misantla, Veracruz, me ha borrado toda expectativa. Se ha mostrado ante mí como una persona dulce y encantadora.

Hace poco más de un año que decidí alejarme de la gente de la cual solía rodearme; algunos que consideraba amigos se lo tomaron como un asunto personal. Otros, supongo, terminaron por aceptar el curso de la vida.
Este año he vivido montones de situaciones que había olvidado, existían. Conocí la miseria, la impotencia. Vi rostros de personas que tomaba por amigos mostrar el rostro de la verdad, la indiferencia; convertirse en extraños.
Olí mi propio aroma. Comprendí que era el sudor de la derrota y que, en medio de mi desesperación, y del dolor, estaba hundido, incluso hasta perderme de mí mismo, terminar por desaparecer.
Comprendí lo frágil y lo fácil que siempre me había resultado la vida, el dinero. Y cómo mucho tiempo había estado rodeado de extraños a quienes a lo largo de los años había concedido un valor trascendental dentro de mi vida. Otros, a quienes jamás había prestado atención.
Supongo, era el flujo de la vida aferrándose a mi garganta, apretujando como un nudo que jamás pierde fuerza.
Ahora está el recuerdo de mi rostro visto en el espejo, en la oscuridad. Sus garras empañando el cristal.
De vez en cuando me miro, sonrío. A pesar de eso sigo sin reconocerme, porque me ha tomado muy poco tiempo en perderme y demasiado el recuperar esa imagen que siempre creía, era mía.
Luego están todos esos rostros sedientos, esforzándose por succionar, convencerte de lo equivocado que estás, tratando de hacerte vivir en el error de su propia experiencia, intentando controlarte. Y mientras esa lucha se libra, puede que conozcas maravillosas facetas que ignorabas del resto de la gente a tu alrededor. Algunos vienen a ti. Te abrazan, te cobijan, te consuelan, te confortan, te hacen recordar… las maravillas de las que está conformada la existencia.
Aunque sea en un sueño siempre nulo, o disperso, o nublado, siempre existe en mí, al margen del dolor, de la pérdida y de la falta irremediable de la identidad, un principio. Una voz que emerge… un tipo de conciencia de orden superior que, alejada de mí, de toda norma y de convención y construcción social, implora, suplica… susurra… que no hay nada que el tiempo no borre y se lleve como lo hace el mar y su oleaje sobre la arena.
Entonces suspiro. Me recuerdo a mí mismo. La ilusión a la que sólo un naufrago se aferra en medio del oasis y de su desvarío; contempla un mundo de gigantes de arena, de relojes y de titanes que, al nacer, crecen, pierden forma, solidez. Terminan por derrumbarse, vuelven a formarse, vuelven a derrumbarse como el sueño y el subsuelo que es tejido, reforzado, en las entrañas mismas del abismo interno de su propia existencia.
Tan real… conciso, complejo y, al mismo tiempo, irreal… Irreal, misteriosa, como mi propia apariencia. La sombra del umbral… de la vida por las mañanas, tras haber dormido lo suficiente, haber soñado, o haber bebido.
Son los ojos apagados de la verdad… los que ahora me ahogan. Me observan. Los que, en vano, tratan de ocultarse.
Es la imagen de un espejo roto que, al intentar encontrar su propia mirada, su propio rostro del dolor, del asombro y de la derrota, sólo encuentran en sí el horror de la incertidumbre.
En aras del tiempo, del destino, se consume así mismo ante la incomprensión del espacio, la distancia… lo eterno. Porque mirando a la profundidad de su propia naturaleza, encuentra nada. Y, en medio de su desvarío, sus ojos observan, perdidos, al tiempo que anuncia su forzado paso por la humanidad.
* Jack, por supuesto, es el seudónimo de nuestro autor. Reservaremos su nombre real hasta que él lo decida. Lo que sí podemos decir es que estudió Letras Hispánicas, y que no sólo ama la literatura sino también el cine, los atardeceres y las nubes, ante las que de tarde en tarde se convierte en fotógrafo.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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