SOMOSMASS99
Adan Morgan*
Martes 27 de octubre de 2015
DIDÁCTICA DEL GUANACASTLE
El techo de mi casa era un despertador natural, apenas amanecía y la luz se colaba entre las rendijas de las tejas haciendo pequeños destellos, era como si alguien desde lo alto sostuviera entre sus manos un pedazo de espejo y lo apuntara directo a mi rostro. De inmediato abría los ojos pero no hacía ruido, me gustaba escuchar a mamá y a papá acostados en la hamaca contando historias antes de levantarse.
Con las distintas actividades que realizaba mi madre durante el día y las ausencias de mi padre durante la pesca, era muy difícil encontrar momentos de coincidencias.
Así que aprovechaban la madrugada para platicar lo que habían soñado durante la noche. Yo los sentía muy cerquita y supongo que se amaban en esos instantes, porque notaba un tono distinto en sus palabras, él por ejemplo suavizaba la voz y ella sonreía continuamente con las ocurrencias de él.
Eran algo raros porque tenían creencias sobre los sueños, por ejemplo afirmaban que si los sueños malos se contaban antes del amanecer no lograban realizarse. Para mí en cambio, más que creer esa teoría, escuchar lo que soñaban era la forma de hacer de los suyos mis propios sueños.
Mientras la luz de las tejas tejía mis sueños cada día, para mi padre un fallo que no logró cubrir por malos cálculos, la casa significaba todo su esfuerzo, para mí las tejas eran pequeñas ventanas que el cielo olvidaba cerrar cada mañana.
Pero aun así, él no perdía la oportunidad. Si alguien lo visitaba, de inmediato colocaba sus dos brazos a la altura de la cintura y detallaba la hechura de la casa: “Toda la casa está hecha de forma natural”, decía.
Lo escuché decir muchas veces la misma historia, por ejemplo que las tejas estaban pegadas con lodo y zacate natural y que las reglas que sostenían el techo salieron del viejo Guanacastle que un día se desplomó porque ya no soportó tantos años de vejez. Yo siempre le dije que el tío Toño le había prendido fuego a la raíz, pero el insistía que había sido por los años, que ésas eran historias mías.
Aunque nunca me creyó, lo cierto es que el viejo Guanacaste se quemó por la culpa del Tlacuache, no tanto por el tío Toño. Era uno de esos días calurosos, el profe Soriano casi nos corrió del salón, habíamos estado jugando futbol y regresamos todos sudados y mal olientes. Recuerdo que ese día el profe frunció el ceño, en señal de desconcierto, no sabía si retomar las clases o mandar a que nos diéramos un baño. Se puso rojo como tomate, por eso le decíamos el camarón, él no sabía su apodo, pero cuando se ponía rojo era señal de que algo le estaba haciendo daño, y no la comida precisamente.
Pero ese día se las ingenió con la historia del Tlacuache, nos dijo que después de desayunar en la casa de la Tía Cadia y en el momento de dirigirse hacia la escuela había visto al animal con su montón de hijitos en la espalda trepando el viejo árbol. Fue tan descriptivo con los detalles, que incluso nos indicó el escondite con un dibujo bien hecho en el pizarrón.
El profe no dio tiempo de que nos sentáramos, la mayoría casi estábamos encima de él intentando descifrar en qué parte de la raíz se escondía el animal y una vez que tuvimos la imagen del lugar, no le dimos tiempo de autorizar que saliéramos del salón, todos pegamos un tropel hasta el árbol. En cuanto llegamos, tomamos una bocanada de aire mientras rodeábamos el lugar, algunos traían palos, otros piedras, otros ataron las mochilas convirtiéndolas en un arma de ataque muy efectivo.
El Tlacuache sin hacer mucho caso a nuestra presencia caminaba muy tranquilo con su hilera de hijos pegados en la espalda, tal como lo había indicado el profe. Ángel se adelantó y con un palo golpeó la cola del animal, creo que él tuvo más miedo que el animal porque apenas lo hizo soltó el palo y salió corriendo. El animal por su parte dio tres o cuatro volteretas y de inmediato se tendió en el suelo.
–Está muerto, gritaron, Lo mató. Un bullicio se apoderó del lugar.
El tío Toño con toda tranquilidad se acercó a nosotros, nos miró fijamente y al ver al animal tendido, preguntó con un tono molesto: “¿Quién lo mató?” Todos señalamos a Ángel, quien parecía estar desconcertado porque no creía que el animal muriera tan fácilmente con un golpe en la cola.
–Bueno, ahora tienen que darle santa sepultura, dijo el tío Toño. Tengo una pala en el corredor, hagan un agujero pequeño y lo entierran junto con sus hijitos.
Todos los animalitos estaban tendiditos a un lado de la madre. ¿Cómo era posible?
–Si sólo a la mamá le pegamos, decíamos todos.
Germán el más aventado de todos tomó a uno de los más pequeños y lo recostó en sus manos.
–Pobrecito, lo matamos.
El animalito no daba ninguna señal de vida, era algo que nos inquietaba sobremanera.
Además el tío Toño se metió a la cocina de la casa y sacó un poco de braza y le dejó caer incienso pasando el humo por encima de todos nosotros, ni siquiera encima de los animalitos ahí tendiditos. Estábamos perplejos, un silencio nos invadió en ese instante.
María la más chiquita comenzó a llorar y se agachó a acariciar a la mamá Tlacuache. Yo pude darme cuenta que algo no andaba bien, el tío Toño estaba como aguantando algo, lo denunciaba su rostro, era como si quisiera reír a carcajadas pero algo lo detenía.
Regresamos muy tristes al salón de clases, nadie emitía palabra alguna, nuestras caras alargadas y los hombros cabizbajos mostraban nuestro estado de ánimo. El profe Soriano preguntó:
–¿Lo encontraron? ¿Cómo les fue?
Nadie contestó, un silencio se apoderó del salón, cómo si la muerte de los tlacuaches nos hubiera arrancado la lengua y el alma de un tajo, llevándolas en la santa sepultura que habíamos presenciado.
El profesor Soriano se carcajeó .
–¿En serio se la creyeron? ¿Ustedes piensan que los mataron? Apuesto mis dulces, y señaló la bolsa que estaba justo en el escritorio, a que los Tlacuaches se les escaparon, y volvió a carcajearse.
–Los maté profe, dijo Ángel con su rostro hacia el suelo mientras dejaba escapar unas lágrimas, las que había guardado o soportado desde que estábamos enterrando a los Tlacuaches.
–Vamos, dijo el profe y todos salimos tras de él como una bala, como si dentro del salón el espíritu de los Tlacuaches nos rondara para asustarnos por el mal comportamiento.
–Escarben, muéstrenme donde los enterraron.
Germán se agachó y notó que la arena estaba removida, comenzó a sacar la arena con sus manos y mientras más escarbaba más afligido se ponía.
–No están profe. Ya se los comió algún otro animal.
El profe tocó la cabeza de Germán y nos dijo a todos:
–Los Tlacuaches tienen un sistema de defensa que ellos mismos activan cuando están en peligro, mañana en la clase de Ciencias vamos a platicar sobre la vida de estos animalitos. Yo les dije que fueran a verlo, no a matarlo, afortunadamente no lo mataron, pero se llevaron un buen susto por atrabancados.
El tío Toño que estaba atrás de nosotros se apretaba el estómago de risa, se burlaba y brincaba como loco. Todos volteamos de inmediato y entre coraje y risa juramos que tomaríamos venganza.
Hasta la fecha no supimos quien cumplió con su palabra, pero el Guanacaste se desplomó por la noche. Cuentan las malas lenguas que la tía Cadia le dio con la escoba al tío Toño porque él fue quien sacó la brasa del horno que provocó que se incendiara el tallo de aquel hermoso árbol.
Extrañábamos el viejo árbol porque era nuestro espacio de juego, pero el más triste fue el profe Soriano, porque ese árbol había sido su laboratorio. Bajo ese árbol aprendimos el sistema de defensa de los Tlacuaches ese día, en clases pasadas el profe nos había explicado la importancia de las distintas colonias de hormigas que abundaban en el tallo, el sistema de alimentación de los murciélagos, los tipos de búhos que lo habitaban, las estaciones del año y los tipos de aves que hacían sus nidos en lo alto del árbol.
Tantos y tantos momentos que marcaron nuestra niñez. El profe era un viejo sabio, un tipo al que le encantaba disfrutar la naturaleza, observar a los animales. Un día me lo encontré sentado durante varias horas frente a las buganvilias mirando muy atento la crisálida de una mariposa mientras afirmaba:
–Los cambios que experimentes no son siempre agradables, ni cómodos, pero son necesarios para seguir creciendo y convertirte en quien puedes llegar a ser.
Mi profesor era algo raro, se inventaba historias, cuentos, experiencias que él mismo descifraba. Tenía una forma peculiar de poner en conflicto nuestro pensamiento, más allá del juego, su secreto estaba en la curiosidad que tenía por descifrar los misterios de la vida.
* Narrativa La serie de los rostros de la experiencia docente. Colectivo 43 X 43. Con voz de Adan Morgan.
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