Breaking

Don Ángel, una vida de trabajo

Diálogo Estado / Top News / 15/08/2018

SOMOSMASS99

 

Laura Cuevas*

Miércoles 15 de agosto de 2018

 

Las personas de quienes se escribe la mayoría de las veces han realizado alguna obra o actividad sobresaliente en su vida y pasan a formar parte de un álbum de personajes notables de un pueblo o nación.

Sin embargo, el presente escrito narra la vida de un ciudadano celayense, quien es alguien como nosotros, como la mayoría de la gente común.

Se trata de Don Ángel, quien nació en el año de 1954 en el rancho de San Diego de los Dolores, municipio de Santa Cruz de Galeana -actual Santa Cruz de Juventino Rosas-, fue el tercero de ocho hermanos y en el momento actual vive en la calle Abasolo, de esta ciudad de Celaya, donde es conocido e identificado por sus vecinos. Se dice y se siente celayense porque ya hace 46 años que se estableció en esta ciudad.

Desde su infancia en el rancho de San Diego de los Dolores, hasta la edad adulta en Celaya y en otras partes de la República Mexicana, una constante en su vida ha sido el trabajo. Fue un niño que se dedicó a pastorear ganado vacuno, a trabajar en el campo, a ayudar a sus padres en los quehaceres del hogar, a vender leña, a hacer las compras en la cabecera municipal, a donde en aquellos tiempos, que ahora parecen remotos, se llegaba caminando en tres horas.

Uno de los recuerdos más presentes de su vida de pastor tiene que ver con la temporada de lluvias. Cuando las tormentas con relámpagos y truenos sorprendían al pequeño en las laderas de los cerros pastoreando las vacas, ocurría que dichos animales se asustaban y corrían sin orden, entonces al pequeño pastor le era imposible controlarlas. Rememora que se ponía a llorar guareciéndose de la lluvia hasta que escampaba y enseguida se daba a la tarea de encontrar a las vacas que ya andaban haciendo estragos entre los sembradíos cercanos.

De su infancia, Don Ángel guarda en su memoria anécdotas dignas de ser contadas. Cuenta que en cierta ocasión su padre lo mandó a Santa Cruz a comprarle unos zapatos a su hermana Tere, porque en esos días se festejaba la fiesta del rancho, la fiesta de la Santa Cruz. Recuerda que la noche anterior se durmió pensando en levantarse a las cinco de la mañana para llegar al pueblo cerca de las ocho, que era la hora en la que abrían la zapatería en aquellos tiempos, pero como carecían de reloj no supo a qué hora se levantó y resulta que al llegar al pueblo todas las tiendas y comercios estaban cerrados, no le quedó más remedio que acostarse en una banca del jardín. Unos gendarmes que pasaron por ahí lo interrogaron y al escuchar su historia le dijeron que aún faltaban dos horas para que abrieran la zapatería pues eran las seis de la mañana. Debió tener en aquel entonces diez años.

Otra ocasión, acompañando a su abuelo materno, quien vendía pan y otros víveres a lomo de burro en las rancherías cercanas -Aguazarca, el Cerrito de los Llanos, Mandujano- observó semienterrada una parte de la boca de una olla de barro que sobresalía por el camino real, él le dijo a su abuelo: “mira ahí hay una olla enterrada”, su abuelo le contestó: “no, es nomás un pedazo de tepalcate”. Cada ocho días hacían ese recorrido y cada ocho días el pequeño le hacía la misma observación al abuelo, quien le daba igual respuesta. Hasta que un día se supo que una señora se había encontrado una olla con dinero, se hizo rica y se fue a vivir a Santa Cruz. La siguiente vez que pasaron, abuelo y nieto por el camino real, en el sitio en el que se veía la boca de la olla de barro vieron la evidencia de la excavación.

Don Ángel asistió por algún tiempo a la escuela de San Diego, que era atendida por una maestra, recuerda que no fue buena experiencia, aprendió muy poco, y sufrió lo que ahora se llama bullyng. Le tocó vivir un castigo muy cruel por parte de la maestra quien, en represalia por haber golpeado a un sobrino de su novio, le castigó recargándolo en la pared con dos piedras en las manos, situación por la que no le tomó gusto a la escuela.

Recuerda que su padre, debido a la pobreza, se iba a trabajar a México como velador de obras de construcción y regresaba con la familia cada quince días. Y cada quince días él y uno de sus hermanos iban a encontrarlo a la parada del camión en Santa Cruz. En una ocasión que lo esperaban, llegó el camión y su padre no apareció. Recuerda como los dos niños llenos de desconcierto regresaron a casa y contaron lo sucedido al resto de la familia, la incertidumbre los invadió durante las siguientes dos semanas, cuando su padre apareció en el camión de costumbre.

De las cosas más agradables que guarda Don Ángel de su vida en el rancho de San Diego, son los juegos con los niños de su edad, en el arroyo que atravesaba el rancho en tiempo de lluvia cuando el agua abundaba y todos iban a nadar, es uno de sus recuerdos más felices.

Con sus amigos de la niñez jugaba al beisbol, pero dejó de hacerlo desde que tuvo una lesión en la mano izquierda ocasionada por un garrotazo que le propinó su madre en un momento de enojo porque la desobedeció. Otra diversión de la infancia era jugar en las ruinas de lo que en tiempos pasados habían sido minas de caolín. Todos los niños de su edad entraban por los túneles para explorar el fondo, hasta que un día al estar dentro de una de las minas escucharon un estruendo muy fuerte como si cayeran muchos metales. Fue tal el susto de los niños que corrieron hacia la salida, pero al ser ésta muy estrecha se aventaban unos a otros y resbalaban, pues la tierra era arenosa.

También en esa época aconteció uno de los hechos más tristes de su vida: la muerte de su hermana Tere a los 17 años, por una causa desconocida. Se rumoró en el rancho que fue envenenada por despecho de un novio a quien había dejado y quién al enterarse que era novia del nuevo maestro de la escuela, junto con sus familiares habría urdido esa venganza, usando para ello un raspado envenenado.

También de esta época es el susto más grande que ha tenido, no recuerda haber sentido miedo igual en su vida: en una ocasión, ya oscuro, su padre lo mandó al corral a meter los aparejos de los burros, al estar haciendo esta labor sintió que alguien o algo lo aprisionaba, rompió en gritos y llanto.

Don Ángel, al ser el mayor de sus hermanos varones, era el encargado de hacer las compras todos los domingos en Santa Cruz. Recuerda que su rutina consistía en llevar la leña a lomo de burro a una casa donde se la compraban. Ahí dejaba los burros que eran dos, y se iba a la tienda de Don Juan Gasca, donde compraba los insumos de la dieta familiar: tomates verdes, chiles, manteca, fideo y algunas veces arroz, así como el jabón de teja para lavar. Todo ello pasando los doce años de edad.

Cuando tenía entre 15 y 16 años su padre decidió que la familia dejaría el rancho, se fueron a vivir a Santa Cruz, a una vecindad de la que Don Ángel no guarda gratas memorias. A su mente viene el recuerdo de la familia llegando a ese lugar: sin maletas, sin nada, sólo con lo que llevaban puesto. En su niñez nunca estrenó unos zapatos, una camisa o un pantalón, recuerda que se vestía con las ropas, zapatos y sombrero usados que sus tíos le regalaban. En esta temporada el señor Ángel se dedicó a trabajar en el corte de cebolla y jitomate, ganaba más dinero que en el rancho, pero la familia no estaba feliz con la vida en la vecindad.

Por tal razón su padre decidió que toda la familia emigraría a la ciudad de México. Don Ángel rememora ese viaje: seis hijos (su hermana Tere había muerto y su hermana Pueblito se había casado en Santa Cruz), papá y mamá. No llevaban maletas pues nada tenían. Tomaron el camión para llegar a Celaya a la terminal de Obregón de donde salían los Amarillos para México. Era la primera vez que se subía a un camión como ése, recuerda cómo disfrutó ir del lado de la ventanilla viendo el paisaje. Y la llegada a la gran ciudad, a México, el impacto, el susto. Nunca en su vida había visto tanta gente junta, tantos coches, los edificios; era la avenida Insurgentes de la ciudad de México, donde empezaría una nueva etapa de su vida, tenía entre 16 y 17 años.

La vida de la familia en el Distrito Federal transcurrió en dos cuartos que se encontraban en la azotea de un edificio del arquitecto con quien trabajaba el jefe de familia, después se mudaron a la colonia San José sobre Insurgentes, donde su padre cuidaría una obra. En ese terreno la propia familia hizo su casa con láminas y madera, todos estaban felices. En esa ciudad Don Ángel trabajó como ayudante de albañil, recuerda que ganaba mejor que en sus anteriores trabajos y que le daba el dinero a su madre, quien lo usaba para el sostenimiento de la familia. Fue entonces cuando comenzó a comprarse ropa y zapatos, tanto él como sus hermanos.

No sabe Don Ángel de dónde le vino la idea a su mamá de comprar números de lotería, pero durante el tiempo que vivieron en México siempre compraba no una serie completa pero si un número, un cachito. El dinero que el joven Ángel le daba como producto de su trabajo, además de ayudar a los gastos de la casa, servía para comprar el número de lotería que con regularidad era adquirido por su madre. Su madre fue una persona muy trabajadora pues en el tiempo que vivieron en la ciudad de México, trabajó haciendo labores domésticas en un convento de monjas que se encontraba en la misma calle.

El número de lotería que adquiría la madre del señor Ángel siempre obtenía un premio, aunque fuera reintegro, nunca perdía. Hasta que un día, cuando ya iban para dos años de vivir en la ciudad, se sacó un premio más grande: de 85 mil pesos. Don Ángel recuerda la felicidad de los padres cuando confirmaron el premio, desbordaban alegría. La primera adquisición que hicieron, recuerda, fue comprar un reloj de pulso para él, la alegría y el gusto que sintió todavía no se le olvidan.

Después de este golpe de suerte la familia decide regresar a Guanajuato y comprar una casa en Celaya, pues era la ilusión de su mamá vivir en esta ciudad.

Todavía no cumplía 19 años cuando por primera vez la familia pudo tener su propia casa y muebles, en la calle Abasolo de Celaya. Recuerda que fue entonces cuando por primera vez en su vida, él y sus hermanos durmieron en una cama.

Después de que la familia se asentó en Celaya, la vida de Don Ángel se orientó hacia el norte. Animado por familiares, un tío y un primo, emprendió a los 19 años la aventura a los Estados Unidos, de mojado. Recuerda que el viaje fue difícil, pesado, largo, caminaron mucho. En la travesía conoció la falta de solidaridad de sus propios familiares, pues cuando se les acabó la comida descubrió que a escondidas de él se comían un pinole que ellos llevaban y que no compartían, pues lo mandaban a buscar agua para aprovechar de su ausencia y comerlo. Él es una persona muy tranquila pero eso sí lo hizo enojar.

Otra muestra de esta falta de solidaridad fue el engaño de parte de su tío, quien les pidió a él y a su primo le ayudaran para que un coyote lo llevara a Houston y que después él mandaría por ellos, pues allá iban a ganar mejor; Don Ángel vendió su reloj -el que le habían comprado sus padres con el premio de la lotería-, para ayudarlo con la ilusión de que los llevara a ellos, pero el tío nunca regresó, ni tuvieron noticias de él durante todo el año que permanecieron en Texas.

En Estados Unidos trabajó en varios ranchos texanos, regando frijol, cortando ejotes, reparando cercas. Vivió en una casa en la que vivían muchos mojados, a donde llegaban los patrones gringos o chicanos a contratarlos. Trabajó un año allá y se regresó de manera intempestiva porque un pastor de los Testigos de Jehová que había sido su patrón, quiso casarlo con una mujer de su congregación.

Para resumir su experiencia en Estados Unidos dice: “regresé descalzo del Norte”. Y no es metafórico sino real, literal. Cuenta que ya para regresar a México se compró unas botas vaqueras, las estrenó el día que tomó el autobús a Monterrey, ciudad en la que transbordaría para llegar al entonces Distrito Federal.

Como el autobús saldría unas horas más tarde, salió de la central de autobuses a caminar y conocer un poco de la ciudad. Después de un rato las botas comenzaron a molestarle y optó por quitárselas para descansar, lo que pasó después suena a falso pero fue verdad: no hubo manera de que se pudiera poner las botas nuevamente. Tuvo que abordar el autobús en calcetines, con las botas en las manos. Así llegó a la ciudad de México y así llegó a Celaya donde lo primero que hizo fue comprarse unos zapatos en una tienda que ya no existe, pero que estaba en la calle de Benito Juárez.

Ya en Celaya decidió volver a la albañilería. Trabajó en varias obras, en diferentes municipios del estado entre ellos en León, Guanajuato. Donde conoció a la mujer y amor de su vida, Graciela, oriunda de Silao, con quien contrajo matrimonio a los 25 años de edad y con quien vivió feliz. Me dice: “Imagínese nos decían los eternos enamorados”.

Ya con su familia formada, recuerda Don Ángel, se le cruzó en el camino la oportunidad de trabajar de mozo para una de las familias más acaudaladas de Celaya. La señora muy conocida en la ciudad, le ofreció trabajar a tiempo completo con ella en su casa de la Alameda, donde él, su esposa y su hija pequeña tendrían alojamiento. Su trabajo sería realizar labores de jardinería y mantenimiento en la que era en realidad una mansión. En este trabajo duró seis años, al principio en Celaya y posteriormente en Querétaro cuando la familia se mudó a esa ciudad. Seis años en los que conoció lo que era el trabajo duro, casi como esclavo de siete de mañana hasta casi las doce de la noche.

La familia acaudalada resultó muy demandante, ya no sólo requerían que hiciera la jardinería, la limpieza de la alberca, el aspirado de las alfombras, la limpieza de los ventanales sino que cocinara, cuando se les iba la cocinera, cosa que pasaba seguido por el carácter de la señora y el señor, que recogiera las camas, la ropa cuando no tenían quien lo hiciera y demás actividades que se les ocurrieran, como por ejemplo que les enseñara a las nuevas cocineras a preparar el arroz, como a los señores les gustaba.

Don Ángel era un empleado de confianza para esta familia, pero a más confianza mayor abuso. Así que tomó la decisión de no hacer todo lo que le pidieran, sólo lo que le tocaba según el acuerdo original. Razón por la cual fue liquidado, por parte del señor, cerrando así otra etapa de su vida. De estos seis años Don ángel rescata como buenas experiencias el haber aprendido a manejar un carro, hacer de mentor del hijo pequeño de la familia con quien compartía tiempo y juegos y a quien enseñó trabajos de carpintería así como a jugar tenis entre otras actividades.

Ya fuera de este trabajo se dedicó a la construcción, donde llegó a ser contratista. Disfrutó mucho de este oficio, y se siente muy orgulloso de haber aprendido –sin saber leer bien- a interpretar los planos para realizar una construcción. Realizó varias obras en distintos estados de la República: Puebla, Jalisco, Tlaxcala, San Luis Potosí, entre otros. Pero del trabajo que siente mayor satisfacción es de haber llevado la obra para la construcción de la Televisora Michoacana. Como contratista tuvo la oportunidad de ser jefe, considera que no lo hizo mal, no maltrató a nadie pero sí exigía un buen trabajo.

Dejó de trabajar hace nueve años por invalidez, debido a un derrame cerebral, por prescripción médica. Piensa que tal vez esta enfermedad sea algo hereditario pues uno de sus hermanos murió de ese padecimiento

El acontecimiento que le afectó de manera determinante fue la muerte de su esposa hace siete años, al grado de requerir tratamiento médico y terapia, fue un golpe muy duro.

En el momento actual Don Ángel vive de su pensión y dedicado a ayudar a su hija en la crianza de su nieto, un pequeñín México-cubano que ha venido a alegrar su vida. Hace de todo en su casa, comenta, menos planchar, no le gusta. Siempre ha sido bueno para cocinar y es una labor que realiza de forma cotidiana en su casa. Hace trabajos ocasionales de pintura y reparaciones de albañilería a familiares y conocidos, así como repartir el periódico de la Diócesis de Celaya cada quince días. También realiza y comercializa artesanías en madera y materiales similares. Se dice y se siente celayense porque aquí formó su propia familia, aquí murieron sus padres, nació su hija y su nieto, es su ciudad.

No guarda resentimientos con nadie, ha vivido la vida de frente como le ha tocado, no se espanta con el trabajo. Cree que lo más valioso es la vida misma, pero no le tiene miedo a la muerte. No ha esperado nunca nada de los políticos, aunque ahora tiene la esperanza de que haya un nuevo gobierno y algo cambie. No envidia nada de los ricos, no cree que sean malos, ni se avergüenza de sus orígenes humildes, pues así le tocó. No cambiaría su vida por otra, es feliz siendo quien es: Don Ángel.

Conocí a Don Ángel haciendo trabajos de albañilería en mi casa, me llamó la atención su personalidad sencilla y comedida, animada siempre por una sonrisa. Considero que él es un ejemplo de esos miles de mexicanos muy trabajadores, que con su sudor y cansancio y a pesar de su pobreza han sostenido a nuestro país a lo largo de su historia y sus muchas crisis. De esa gente de la que dice Obrador, es de “la más trabajadora del mundo”.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

Imagen de portada: Boleto de Lotería del año 1969. | Foto: Lotería Nacional.






Luis López




Entrada Anterior

Ser Mujer

Siguiente Entrada

Activan AVG en Zacatecas tras feminicidio infantil





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Ser Mujer

SOMOSMASS99   Surinam Rodríguez Olvera*   Ser Mujer   Nos han arrebatado las alas cruelmente, segundo...

15/08/2018