SOMOSMASS99
Esther Sanginés*
Miércoles 20 de diciembre de 2017
La discusión lleva más de siglo y medio, hoy es actual y urgente.
Los diputados al Congreso Constituyente de 1916 se sabían herederos y portadores de una epopeya heroica, la educación laica, obligatoria y gratuita; Francisco J. Mújica afirmaba el 13 de diciembre de 1916: “Ningún momento, señores, de los que la Revolución ha pasado, ha sido tan grande, tan palpitante, tan solemne como el momento en que el Congreso Constituyente, aquí reunido, trata de discutir el artículo 3º de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos”.
La pasión con que se discutía estaba cargada de futuro y de pasado, las primeras constituciones habían reconocido al catolicismo como la religión del pueblo de México, así que la lucha liberal se centraba en las posibilidades de una educación libre como única posibilidad de irse sacudiendo poco a poco la influencia de un clero aliado con los grupos más reaccionarios de nuestra naciente república.
Los constituyentes en 1857 lograron un primer triunfo cuando en el artículo 30 redactaron: “La enseñanza es libre. La ley determinará qué profesiones necesitan título para su ejercicio, y con qué requisitos se debe expedir”. Así, abrieron la puerta para que otra educación fuera posible.
En la Ciudad de México, desde 1867 se promulgó una ley que trataba de impulsar e imponer los principios liberales, que se ratificaron dos años después y se reglamentaron en diciembre de 1869. Los padres de familia, trabajadores analfabetas que medio sobrevivían con la ayuda del trabajo de sus hijos, tenían desde ese momento la obligación de mandar a sus niños de cinco años en adelante a la escuela. En ese tiempo y lugar se empezó a experimentar con dos principios fundamentales, escuela obligatoria y laica para una realidad en que predominaban la pobreza y la ignorancia. Así funcionaron 12 escuelas, para 1873 se habían creado ya 22 para niños y 28 para niñas.
¿Obligatoria? Sí, educación obligatoria con impunidad total al infractor de la ley; pues de 40 mil niños en edad escolar en el Distrito Federal, sólo unos 22 mil recibían instrucción. ¿Quién infringía la ley? ¿Cómo podía cumplirse con esa obligación si no había posibilidades de asistir, porque o por qué no había escuelas suficientes?
Por un lado, falta de escuelas, por el otro, las pésimas condiciones en muchas de las existentes y también la resistencia de los padres a mandar a sus hijos a que aprendieran a leer y a escribir que según ellos no necesitaban para nada, hacían de la obligatoriedad algo así como letra muerta.
Por la misma época, en 1873, la educación laica se discutía para la federación y empezaba a regularse en la Ley orgánica de las adiciones y reformas a la constitución, se establecía, en el artículo 4°, la educación laica en todas las escuelas públicas del país que para ese entonces eran minoría.
Dentro y fuera de los gobiernos, la lucha por la educación y sobre todo por su control seguía en pie, durante los años de dictadura porfiriana las contradicciones entre lo que se decía y lo que se hacía eran notorias, por un lado se buscaba una educación de corte positivista, para modernizar al país, por otro en las escuelas privadas la jerarquía católica seguía dirigiendo la enseñanza.
La educación pública se columpia como un péndulo que se había tensado al máximo y de pronto se suelta. La educación que se pretende está lejos de la realidad mexicana. La discusión contra el positivismo es muy fuerte no sólo en los círculos católicos, también entre los maestros.
El maestro Ezequiel Chávez (1868-1946) en 1896 denunciaba: “Empieza a haber neuróticos en México; lo deben a las viciosas condiciones de su educación; hay muchos individuos desprovistos de voluntad y energía: lo deben a las pésimas cualidades de la enseñanza… la educación furibundamente intelectual es la que en Francia ha desarrollado múltiples formas de neurosis… es la que hace que los hombres y los pueblos pierdan su virilidad física y mental…”. La propuesta de Chávez era generar una formación que desarrollara, además de la inteligencia, los buenos sentimientos, el carácter y la condición física de los alumnos.
La discusión parecía ahora centrarse entre la educación para la modernidad, el positivismo o la educación integral.
La revolución mexicana actualiza el tema. La presencia de varios maestros en el ejército constituyente presiona de tal manera que las discusiones son enconadas hasta que se redacta su versión final en la constitución de 1917, parecía haberse ganado la batalla, el acento se había puesto en la libertad, el carácter laico y la gratuidad. En el texto completo de 1917, puede leerse [1]:
La enseñanza es libre; pero será laica la que se dé en los establecimientos oficiales de educación, lo mismo que la enseñanza primaria, elemental y superior que se imparta en los establecimientos particulares. Ninguna corporación religiosa, ni ministro de algún culto, podrán establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria. Las escuelas primarias particulares sólo podrán establecerse sujetándose a la vigilancia oficial. En los establecimientos oficiales se impartirá gratuitamente la enseñanza primaria.
Libertad, laicismo y gratuidad [2], con estos tres pilares creció la educación pública, la inversión en escuelas normales para maestros, en primarias urbanas y rurales, agropecuarias e industriales, en misiones culturales, se vivió la epopeya de la educación nacionalista impulsada en el gobierno de Álvaro Obregón (1921) por el secretario de Educación Pública José Vasconcelos y su equipo de trabajo, la propuesta se diseñó con base en las condiciones sociales, culturales, económicas y políticas del momento post revolucionario, en la búsqueda de la cultura nacional y la identidad hispanoamericana.
Cumplir con la ley iba a llevar a una gran lucha fratricida, la guerra cristera se manifestaba contra el siguiente párrafo “Ninguna corporación religiosa, ni ministro de algún culto, podrán establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria. Las escuelas primarias particulares sólo podrán establecerse sujetándose a la vigilancia oficial…”. Para lograr la paz se tuvieron que firmar algunos acuerdos que permitían a las corporaciones religiosas establecer y dirigir escuelas.
La legislación de 1917 con sus acuerdos y componendas, llegó a su límite, 15 años más tarde, en 1932, maestros reunidos en el Congreso Pedagógico realizado en Jalapa empezaron a elaborar los primeros planteamientos para una educación socialista que combatiera “los prejuicios religiosos que sólo han servido para matar la iniciativa individual”. [3]
Pero eso, es otra discusión, cargada de futuro.
La pregunta actual es ¿qué estamos haciendo para defender la educación pública y gratuita que como argumentaba Ezequiel Chávez, desarrolle además de la inteligencia, los buenos sentimientos, el carácter y la condición física de los alumnos?
[1] Revista de Instrucción Pública Mexicana. México; Tomo I, núm. 5, 15 de mayo de 1896
[2] Cámara de diputados; Evolución jurídica del artículo 3ero constitucional en relación a la gratuidad de la educación superior; http://www.diputados.gob.mx/bibliot/publica/inveyana/polint/cua2/evolucion.htm
[3] Redacción de la revista Proceso; La educación socialista en México: 1933-1945; 8 de enero 2011, www.proceso.com.mx/260378/la-educacion-socialista-en-mexico-1933-1945.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanaujuato, al que pertenece la autora.
Imagen de Portada: La escuela pública en México después de 1917. | Foto: Memoria Política de México.
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