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Educación y sistema carcelario: pensar la utopía

Diálogo Estado / Top News / 17/02/2016

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

 

Entre 2009 y 2011, tuve la oportunidad de ser docente en el Centro de Reinserción de León (Cereso) por parte del Sistema Avanzado de Bachillerato y Educación Superior. Impartí a los internos e internas del lugar diversas materias del área humanista y la experiencia fue enriquecedora en muchos sentidos, desde lo académico hasta el cobro de conciencia de enfrentar lo humano y sus circunstancias en situación de encierro.

Dicha experiencia la trasladé luego a un estudio de caso que me permitió titularme en la Maestría en Educación Humanista en la Universidad Iberoamericana. Hoy, varios años después, acudo a este documento y extraigo algunas de las conclusiones que hice sobre el valor de educar en situación de encierro y a propósito del horror ocurrido hace apenas unos días en la cárcel de Topo Chico en el Estado de Nuevo León.

Huelga decir que el siguiente extracto es ante y sobre todo, un trabajo eminentemente académico que comparte pensamientos y reflexiones sobre la crisis penitenciaria en nuestro país y el papel de la educación en tales circunstancias.

*

Robert Bergalli, en el prólogo del libro de Iñaki Rivera Beiras, Cárcel y derechos humanos, definía la prisión como “[…] el ámbito de obscenidad y de corrupción de la substancia humana (de presos y vigilantes)[…]” y en ese tenor, parece difícil aceptar que la posibilidad de la educación sea real en un mundo en el que la imagen que se respira día a día, sea esa.

El mismo Bergalli abona al concepto carcelario cuando señala que al analizar el papel que cumple la cárcel como última instancia del control social “duro”, no puede menos que relacionársele con los innumerables sucesos que habitualmente ilustran las crónicas periodísticas: “[…] suicidios, motines, agresiones, torturas, ingreso y tráfico de drogas en su interior, abusos sexuales, transmisión de seropositividad, etc.[…]”.

En la concepción que Martín López Calva hace del camino hacia una Educación humanista, en su libro del mismo nombre, expresa una máxima que retrata a la perfección el producto que somos como parte de una colectividad: “[…] La educación genera a la sociedad que la genera […]”.

Es esta necesaria repetición de machacar a diario la importancia que tiene el darle a este rubro el lugar primordial y vital que merece, es esta insistencia que no debe cesar para entender lo que parece obvio pero que, quizá de tanto expresarlo, pasa desapercibido: ¡es la educación, es la educación!

Por eso, y no sin razón, alguna vez en cierto noticiero televisivo, el analista Alfonso Zárate expresó que si este país fuera serio, muy serio, consideraría a la Secretaría de Educación Pública, la cartera más importante del gobierno federal.

Pero, aclara el mismo López Calva, “[…] para lograr esta trans-formación de la educación es necesario impulsar una transformación de la sociedad. De tal manera que el proceso de trans-formación social desde la educación y el proceso de trans-formación de la educación desde la sociedad están ligados en bucle y tienen que ser abordados como una totalidad[…]”.

En el caso específico que nos ha ocupado a lo largo de este texto-propuesta, es posible asumir a pesar de todos los obstáculos, que la educación desde el encierro, desde la cárcel para decirlo en forma gráfica, sí es posible.

Si nos atenemos a la máxima que López Calva señala, es cierto, el problema básico no es pensar que todos los internos e internas de una prisión son entes que han perdido humanidad y capacidad de reinventarse y por ello, capacidad para seguir siendo educandos.

El problema es la ausencia de educación o su mala ejecución, que ha producido entornos de violencia y desintegración social, que a su vez nos ha llevado a establecer sistemas penitenciarios y castigos atroces de encierro.

El problema, por políticamente incorrecto que parezca decirlo, ni siquiera lo representan los miles de presos y presas en los centros carcelarios de este país, el problema es el bajo nivel de instituciones que no han sabido o no han tenido la capacidad de trans-formar una realidad que castiga lo que estas mismas instituciones han generado.

López Calva, citando al filósofo Bernard Lonergan, señalaba que “[…] la educación tiene que resultar eficaz antes de poder exorcizar el riesgo de que unos aventureros asciendan al poder mediante una sagaz lucubración de mitos” y agrega López Calva, “esos mitos que se imponen como verdades absolutas […]”.

Así ha sido la historia de este país, el caso mexicano cuenta por puños la historia de “aventureros”, hacedores de “mitos” que han impuesto sus “verdades” en detrimento de una sociedad ordeñada hasta la saciedad.

Las instituciones educativas forman parte de esa mitología dañina y por eso, la educación tiene ya no sólo la misión de generar a la sociedad que la generó, tiene ahora la encomienda de re-generarla y para ello, la sociedad habrá de re-generar la educación.

¿Pero cómo pensar en regenerar la educación en situaciones de encierro? ¿Cómo pensar en la adecuada formación de personas cuando la cárcel es por sí misma sinónimo de crisis?

Hasta hace poco llamadas Centros de Readaptación, las autoridades responsables decidieron que la regeneración de las prisiones podría venir de un simple cambio de nombre y se estableció mediante una reforma, que ahora se llamarían Centros de Reinserción Social, sin darse cuenta que al final de cuentas, si un interno no se readapta, por fuerza y lógica elemental, su reinserción plena no puede ser posible.

Por otra parte, Alejandro Gómez Jaramillo, expone que un mundo sin cárceles es posible, afirmación que hace en su libro del mismo nombre y argumenta el abolicionismo como la alternativa viable: “[…] Sin duda, el abolicionismo penal posee criterios para pensar y actuar de otro modo en materia de conflictos sociales… Basta con dejar de lado los discursos criminológicos dominantes y debatir democráticamente políticas públicas distintas a la cárcel, basta con pensar y actuar de otro modo.

“Por estas razones, dar cuenta sistemáticamente de los fracasos de la cárcel, desnudar su materialidad, mostrar que el conjunto de justificaciones teóricas de ciertos saberes ocultan niveles profundos de dominio, denunciar el conjunto de saberes mayores que han pretendido dotar de coherencia a una práctica ilógica y excluyente por naturaleza; constituye un primer esfuerzo para el abolicionismo…Con ello, el abolicionismo construirá una serie de razones teóricas rigurosas que posibilitarán una reacción estratégica de lucha contra la cárcel que obliga a una gestión práctica de resistencia ante dicha institución… Un mundo sin cárceles es posible porque ya han existido sociedades sin cárceles, y no hace mucho”.

Pero a pesar del optimismo y la contundencia del razonamiento de Gómez Jaramillo, a pesar del evidente fracaso de la cárcel, a pesar de la manifiesta degradación, obscenidad y corrupción que se respira tras los altos muros y torres de vigilancia, la cárcel sigue siendo vista como ese mal necesario, percepción que es compartida por prácticamente todos los ámbitos de la sociedad: gobernantes, partidos políticos, ciudadanos y muy probablemente hasta por los propios presos.
En la conciencia colectiva existe un ánimo de linchamiento para quien delinque, se asume sin cortapisas que quien comete un delito debe, no ser readaptado y reinsertado, sino castigado con penas ejemplares.

Veamos si no, si hasta la medida carcelaria puede ser convertida en bandera política y en ofrecimiento de campaña por candidatos de cualquier denominación partidista.

Pero si a pesar de tal oscuridad y en medio tales circunstancias, la educación y su proyecto puede aposentarse en ese espacio de incertidumbre y falta de esperanza y puede convertirse en esa pieza clave de la humanización, si la educación tiene la oportunidad de regenerar a esa sociedad enferma, entonces es posible hablar de realidades en medio de utopías.
La visión y la propia experiencia de quien esto escribe, establece por las horas vividas a lo largo de casi 800 días al interior de una cárcel, que las propuestas hechas a lo largo de este estudio de caso son posibles y que son posibles porque la convivencia diaria con personas en situaciones extremas de vida, alcanza para comprender el cúmulo de posibilidades que la educación y su ejecución adecuada, pueden crear en un mundo que sin conocimiento de causa y juicios a priori, se puede encapsular en clichés y leyendas sin sustento.

Concluyamos citando una vez más a López Calva: “[…] La fraternidad y el amor humano son además el puente que puede articular la búsqueda de justicia –igualdad- con la búsqueda de libertad en las organizaciones sociales. Los modelos liberales se han vuelto terriblemente injustos y generado desigualdades insalvables entre seres humanos porque no se han sustentado en la fraternidad y se han vuelto excesivamente individualistas… El trabajo de consolidación de las fuerzas vivas de la humanidad es el trabajo educativo de base, sobre el que pueden […] construirse todas las trans-formaciones necesarias de la sociedad-mundo ”.

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Luis López




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