SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 12 de abril de 2018
¿Qué significa educar? ¿Estamos educando realmente o sólo capacitando para el trabajo a las nuevas generaciones? ¿Qué papel juegan los premios y los castigos en este proceso? ¿Cuáles son sus resultados? ¿A quiénes les sirven?
Herbert Gintis es un matemático, educador y escritor, científico del comportamiento humano. Sus aportes en el campo de la economía han sido de suma importancia: el altruismo, la cooperación, los salarios de eficiencias, etcétera.
Gintis observaba hace algún tiempo que los mecanismos del sistema educativo han sido construidos de tal manera que funcionen solamente en dos direcciones: elevar el nivel de conocimientos en los educandos y lograr a través de esto, aumentar los ingresos “per cápita”. Esto ha dado lugar a que el modelo escolar sea un modelo estrictamente cognitivo, basado casi exclusivamente en la adquisición de habilidades senso-motrices y en el manejo de contenidos que capaciten al individuo para desempeñar un trabajo dentro de una estructura burocrática y jerárquica.
En consecuencia, la socialización ha pasado a segundo o tercer lugar como función propia de la escuela, y se ha visto reducida a una serie de normas disciplinarias: premios y castigos, motivaciones externas, relaciones personales jerarquizadas, etcétera, muy semejantes a las que rigen en las fábricas y en cualquier tipo de institución que asuma autoritariamente la capacidad y el derecho del individuo para pensar, decidir y organizarse libremente.
Han pasado varias décadas desde que Gintis describió lo anterior y algunas cosas han cambiado en el sistema educativo: existen algunos esfuerzos por promover no sólo la adquisición de información y conocimientos sino de las habilidades que permitan el acceso a una vida con libertad, autonomía, ética, etcétera. Pero son manifestaciones tibias e insuficientes, existen más en el discurso que en las prácticas, o solamente ocurren en algunas escuelas.
Lo que aún predominan son sistemas donde se priorizan los resultados sin atender a los procesos y considerar a las personas, donde el autoritarismo tiene mucha presencia, donde los premios y los castigos siguen siendo instrumentos disciplinarios. ¿Por qué esta vigencia?
Las correlaciones que Gintis describía hace algunas décadas —y que se mantienen vivas en gran medida—: rendimiento académico-empleo-remuneración, demuestran que la estructura y el modelo de premios y castigos de las escuelas corresponde perfectamente a los requisitos que exige una estructura burocrática para el desempeño adecuado de un trabajo. Ambas estructuras exigen que el individuo desarrolle características personales para triunfar en ambas partes.
Una de estas características es la subordinación, la cual se basa en el principio de autoridad jerárquica propio de toda estructura burocrática y que se encarna en un sistema rígido de superiores y subordinados. La subordinación y la orientación apropiada hacia la autoridad se inducen en la escuela a través de líneas jerárquicas estrictas (administración-maestro-alumno).
Así como el trabajador tiene que dejar el control de sus propias actividades en manos de un superior durante el proceso laboral, así el estudiante tiene que dejar su autonomía y su iniciativa en manos del maestro que actúa como autoridad superior, dispensando premios y castigos al alumno-subordinado.
Aquí el grado de subordinación corresponde al grado académico. Los alumnos brillantes, cooperativos y responsables serán aquellos que acepten e introyecten más las normas jerárquicas de la institución, mientras que los tontos, rebeldes y contumaces serán los que se adapten menos a dichas normas.
Los premios y los castigos son métodos de corto plazo: modifican comportamientos de manera rápida —y su efecto se esfuma con prontitud— pero no educan, no enseñan habilidades para la vida, no promueven la responsabilidad ni la libertad, sino que controlan, someten, automatizan, manipulan. ¿A quién le conviene esto? Definitivamente, al individuo no. Pero al sistema imperante sí.
Educar significa enseñar todas aquellas cosas que permitan la continuidad de la cultura de la sociedad, de aquello que nos hace humanos: el poder de elegir y tomar decisiones propias, la libertad, la creatividad…
La obediencia, la pasividad, la sumisión, el sometimiento, el silencio, el miedo van en sentido contrario a la educación.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Imagen del video Another Brick in the Wall, del grupo inglés Pink Floyd.
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