SOMOSMASS99
Víctor Corona*
El beso del dragón
Mis últimas dos noches en Hong Kong fueron una pesadilla. Como les pasa a los gringos que se sienten valientes para darse unos tacos de suadero en la Coahuila o de comerse un pozole (llamado agua sucia por el Berni, el puesto que esta en uno de los callejones de las paraditas o paradigmas según el Aldo en Tijuana), yo hice mi parte y me comí todo lo que se me pasó en el mercado nocturno en Temple Street. Me sentía fascinado, era como estar en el mercado negro de Ensenada pero con un chingo de chinos, con un ritmo trepidante a las doce de la noche. Una humedad insultante, un calor bestial que no se calma y ni un soplo de viento para dar un poco tregua. Agobiante pero espectacular. Beber agua no sirve de nada, sólo el té frío y la cerveza parecían calmar un poco la sed.

Pero pasó lo que tenía que pasar. Evito los detalles escatológicos. Una fiebre me despertó a las 5 de la mañana. Tomé algo y pensé que pasaría. Todo el día no pude salir de mi habitación sin ventana, de 2 metros cuadrados y con un aire acondicionado que hacia más mal que bien.
Por la tarde me armé de valor y salí a buscar algo para beber y comer pero regresé de inmediato: Debía estar a 39 de temperatura porque tenía frío en una noche hongkonesa de 35 grados. Fui a un seven eleven y pillé unas galletas. La noche fue horrible y al día siguiente tenía que volar de regreso a Barcelona y no me veía capaz. Decidí ir a ver a un médico y pregunté al chico de la recepción del hostal en el que me quedaba. Su reacción fue admirable. No sólo se preocupó por llamar por mí y preguntar si había un lugar abierto, sino que se ofreció a acompañarme al lugar. Me dijo que nadie hablaba inglés en esa parte de Hong Kong y que los taxistas me cobrarían mucho. Pues me acompañó. Llegamos a una clínica muy limpia, tipo doctor SIMI pero versión china (sí, se puede ser aún más cutre). Un doctor me hablaba en cantonés, bueno, a mi acompañante y yo contestaba las preguntas. Por primera vez me sentí como todos esos inmigrantes que me he encontrado en el centro médico que llevan a sus hijos para que les hagan de traductores. Le di confianza plena al chico del hostal. El doctor me dio la factura, junto con el diagnostico y las pastillas. No sé qué historia le contó al médico que me cobró como si fuese residente de Hong Kong. Yo sólo entendía México y Barcelona, palabras reconocibles de vez en cuando en un discurso desconocido.
Cuando salimos de la clínica Kevin, mi acompañante, insistió en llevarme a un lugar de medicina tradicional China para beber una sopa. Yo no podía ingerir nada pero el insistió tanto que no lo pude evitar. Llegamos a un callejón que parecía todo menos medicinal. Una señora de unos doscientos años me hizo sentarme, me masajeaba los brazos y repetía sonidos raros para mí, como lamentos de un gato. Kevin le contó que era mexicano residente en Barcelona y allí empezó todo. Balcelona, Balcelona, repetían. Claro, se pensaban que estaba de resaca. El Barça acababa de ganar la Champions (partido que me perdí em cago en tot, mai millor dit) y los trabajadores de ese mercado habían visto el partido. Mientras intentaba tomarme la sopa (una sopa con todos los olores de Asia concentrados con trozos finos de carne cruda y noodles) que sorprendentemente me entraba bien, se me acercaban varios chicos jóvenes a darme palmadas diciendo Balça, Balça. En nuestros intercambios, cero inglés, cero. Me pasé directamente al español, total, sabían lo mismo de una lengua que de otra. Yo les dije que sí, era del Barça, radicado en Barcelona pero mexicano, de Tijuana, les dije para ubicar. Y allí se encendió otra platica. Un señor que comía una sopa como la mía pero versión para machos (era al rojo vivo) se nos acercó y nos dijo en medio inglés que tenía una empresa exportadora en Tijuana. En ese momento, ese chino y yo nos hicimos como carnales. No me dejó pagar la sopa. Siguió haciendo los ruidos de gato de la señora de doscientos años mientras mezclaba palabras como calle Revolución, San Isidro, Paella, Sangría, Barça, tequila, mujeres, Coahuila. ¡Vivan los clichés y los estereotipos!
No sé si era la fiebre o el efecto de la sopa, pero empecé a notarle sentido a los sonidos del cantonés. No sabía lo que decían las palabras pero en su ritmo entendía que había cariño. Estás jodido camarada, me decían, pero no es para tanto y te pondrás mejor. Súbitamente tuve ganas de llorar y de hacer que en ese momento, todos ustedes, mis amigos, los que he andado dejando por todos lados, estuvieran conmigo compartiendo un plato de sopa con raza como uno, igual, pero de un planeta distinto. Tuve ganas de verlos a todos, de abrazarlos y de fundirnos en esa humedad de Hong Kong que tanto calaba los huesos.

Se pasó el momento. Volvimos al hotel en taxi que Kevin pagó y que se negó a que pagara. Recogí mis cosas y me fui al aeropuerto. Me sentía agüitado porque con la fiebre y todo lo demás no pude visitar budas ni parques. Más bien, me mandó por rutas alternativas que, al menos, me permitieron ver que la raza en el fondo no es tan distinta en ninguna parte. Podemos ser gachos y abusivos, pero si vemos que alguien lo necesita, siempre hay un Berni, un Aldo, un Alfonso para hacerte una esquina. Hong Kong is in the house, definitivamente.
Llegué al aeropuerto destruido y con el efecto de las medicinas. Vi todas las cadenas gringas llenas de raza blanca comiendo. Mac Donalds, Burger King, Subway… la neta no los pude criticar. Dije, son listos los vatillos, la neta. Estaban todos radiantes y con un chingo de bolsas de dutty free.
Yo, sentado en el suelo, bebiendo un te frío y con mi bolsa de medicamentos. Esperaba un vuelo eterno para casa.
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.
Imágenes de portada e interiores: Pixabay.
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