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El Chicol

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Agustín Ramírez Agundis*

Miércoles 12 de agosto de 2020

 

Así se le conoce y de esa manera es llamado por sus amigos y allegados. Su nombre es Ricardo y anda en los veintitantos años. Vive en la colonia Insurgentes y trabaja habitualmente como  ayudante en las ferias de pueblo. Específicamente, su chamba es la de apoyar como chalán en el armado e instalación de los juegos mecánicos y lo mismo, pero en sentido contrario, al momento en que son desmontados y retirados.

Aunque su trabajo es eventual, las fiestas patronales son más frecuentes de lo que pensamos. Para cerciorarnos basta con echarle una rápida ojeada al santoral y relacionar los santos con los nombres de los templos y barrios de la ciudad. Además, no son solamente los festejos religiosos, también están los que tienen que ver con la conmemoración de eventos patrios. Así que de eso se puede vivir, no hay semana en la que no encuentre chamba. 

Como es fácil imaginar, el Chicol[1] ahora anda como alma en pena. La de San José fue la última festividad en la que tuvo jale. Eso sucedió hace ya cinco meses, a mediados de marzo, en la colonia Las Flores, donde se ubica la parroquia que lleva el nombre del santo carpintero de Nazaret.

Hoy el Chicol deambula todo el día en los alrededores de la cancha de basquetbol de Jardines de Celaya en espera de que lo inviten a echarse un veintiuno en ese deporte que tanto le atrae y en estos tiempos es su única actividad. De vez en cuando sale en busca de trabajo, pero invariablemente regresa con las manos vacías al no encontrarlo, la situación está difícil.

Comenta que su madre trabaja en una fonda, pero hasta hace unos días tampoco estaba laborando. Entonces, el único ingreso en la familia ha sido el de las remesas de dinero que ocasionalmente realiza su padre, quien ya tiene tiempo que anda en los Estados Unidos. 

El del Chicol debe ser un caso similar al de muchos jóvenes que se han visto afectados por este canijo virus que nos trae a raya. Genera mucha tristeza y preocupación constatar que anda bien desorientado, como que no ve por donde pueda estar la salida y, literalmente, se la pasa rondando por allí, por ratos caminando, en otros sentado, como esperando que de pronto suene una chicharra que ponga punto final a esta situación.

Para quienes tenemos el privilegio de contar con un ingreso seguro sin necesidad de arriesgarnos al contagio de la Covid19, es fácil y cómodo dedicarnos a polemizar sobre las medidas higiénicas para contener la transmisión del virus. En el Chicol el único cambio en ese sentido es que ahora saluda estirando el brazo para tocar con su puño cerrado el de la otra persona. Y se nota que también eso le cuesta trabajo, pues estaba habituado a saludar afectuosamente estrechando la mano por breves segundos.

No cabe duda, uno de los más graves problemas de la sociedad mexicana es la desigualdad. Esta situación es el producto de muchas décadas en las que la política económica de los gobiernos en turno estuvo encaminada a privilegiar a los grandes capitalistas y al saqueo de las arcas públicas a través de la corrupción y la impunidad. Al mismo tiempo, la política social tuvo como propósito expreso  el de simplemente sostener a los más pobres con los mínimos niveles de bienestar: educación escasa y de baja calidad y servicios de salud apenas suficientes para atender las afecciones típicas y brindar los costosos tratamientos de enfermedades crónicas consecuencia de los casi nulos programas de prevención.

Hoy el gobierno está dedicando una buena parte de los dineros públicos a atender de manera emergente la epidemia. No obstante, los programas sociales y los proyectos de desarrollo regional están en proceso. Ojalá pronto en verdad suene la chicharra al ponerse en semáforo verde la mayoría de los estados del país. Entonces, llegado ese momento, el gobierno deberá poner aun mayor empeño y dedicar más recursos para pagar la deuda que como sociedad tenemos con personas como el Chicol.


[1] Por cierto, el chicol es una herramienta que se utiliza en el campo para cortar los frutos en árboles altos; es una vara que en la punta lleva un gancho. Chicol es también el nombre de un poblado en Guatemala. Igualmente, es el nombre de unas cascadas que se encuentran en Acacoyagua, Chiapas.

* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo, de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Foto de portada: Steve Halama (@steve3p_0) / Unsplash.






Luis López




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