SOMOSMASS99
Gustavo Figueroa / WallMapu
Argentina / Jueves 14 de octubre de 2021
21 argumentos ineludibles por los cuales los casos de gatillo fácil y desaparición forzada ejecutados en democracia dentro de la Argentina deben ser analizados desde una perspectiva étnica e intercultural
1- Argentina formó sus instituciones (incluida la jurídica) y su estructura social (racista) a partir de la Campaña Expedicionaria al Desierto (1876 – 1884). En ese proceso miles de personas pertenecientes a los diferentes pueblos preexistentes (36) que habitan este territorio hace miles de años (el calendario del pueblo mapuche marca el año 12.489), fueron asesinadas, sometidas a trabajos esclavos y “adaptadas” a la sociedad colonial -que se estaba imponiendo- con apellidos españoles impuestos. Ésto quiere decir que todo el sistema jurídico, estatal e institucional de la Argentina se construyó sobre y para legitimar un etnocidio.
2- Estas familias con apellidos españoles impuestos siguieron habitando y conformando la Argentina no sólo con esta imposición. También se les impuso una lengua (español), una religiosidad (catolicismo), una identidad (patriótica nacional) y un territorio determinado para habitar (fundamentalmente barrios periféricos, villas miserias y asentamientos irregulares) dado que uno de los objetivos de la Campaña Expedicionaria al Desierto fue sostener la premisa de “repoblar la Argentina”, en detrimento de los pueblos preexistentes que fueron expulsados a la ciudad para vivir en un contexto de hacinamiento y diáspora constante (identidades diaspóricas).
3- El despojo territorial y la posterior situación diaspórica de estas familias preexistentes con apellidos impuestos que aún viven en los diferentes asentamientos periféricos y vulnerables de la sociedad, representan el primer eslabón del largo historial de violencias que deben padecer los jóvenes que finalmente concluyen sus vidas de forma forzada, acosados por las instituciones de seguridad (Luciano Arruga), conviviendo constantemente con las miserias que las sociedad capitalistas y extractivistas ofrecen coercitivamente (Carlos Painevil), teniendo que trasladarse constantemente en busca de un bienestar económico (Daniel Solano, Sergio Avalos, Facundo Castro). Hablamos de generaciones completas sin territorio, sin poder desempeñar los roles ancestrales de sus antepasados, sin autonomía económica, espiritual e intelectual (epistemicidio), siempre dependientes de las instituciones estatales (las mismas que le quitaron todo lo anterior).
4– En Argentina hay una historia de negacionismo y ocultamiento en donde las familias que conforman el país no pueden reconstruir su pasado familiar o una parte de ese pasado familiar que coincide con los orígenes étnicos preexistentes de este país (negados, invisibilizados, subsumidos a la construcción hegemónica occidental). Literalmente las personas viven -y muchas veces mueren- sin saber quiénes son, sin poder pronunciar una mínima palabra en su lengua materna (mapudungun, quechua, gurani, chane, qom, mocoví, pilagá), sin poder afirmar con orgullo al pueblo que pertenecían sus antepasados. ¡Reduccionismo étnico!
5 – Durante la Campaña Expedicionaria al Desierto existió una campaña católica para rebautizar a las familias y borrarles hasta el menor rasgo de sus antepasados. Los apellidos que se impusieron fueron españoles y son justamente los más populares en la Argentina: López, Hernández, Fernández, Calderón, Gómez, Silva, Muñoz, Santillán, Arévalo, Díaz, Sepúlveda, Suárez, Martínez, Salazar, Cisterna, Ruiz, Álvarez, Cabrera, Pérez, González, Herrera, Sánchez y García. Carrizo, Gutiérrez, Velázquez, Contreras, Ramírez, Domínguez. En muchos casos las familias en la Argentina optan o prefieren pronunciar y reinvindicar estos apellidos, ocultando los preexistentes, como un mecanismo de defensa y resguardo ante el racismo estructural (y jerárquico) de la sociedad argentina. Se oculta el apellido preexistente para poder conseguir un trabajo, para no recibir burlas, para poder sobrevivir en una sociedad pensada por y para blancos.
6 – Al omitir esta construcción histórica, institucional e identitaria de la Argentina se estimula y reproduce la idea, mensaje y/o mito de que el joven de familia originaria sólo habita en comunidades específicas, reconocidas como tal, como si los jóvenes que habitan los barrios populares y periféricos del país no tuvieran absolutamente nada que ver con los pueblos preexistentes, con esos antepasados que no pudieron reconocer desde su identidad étnica, dado que portan nombres y apellidos impuestos.
7 – Estas familias con apellidos impuestos, que habitan los barrios populares de la Argentina, no tienen familiares en España y en muchos casos nunca han visto un documento en donde se especifique el viaje que supuestamente realizaron sus antepasados en barco desde Europa hasta la Argentina.
8 – Resulta urgente e imprescindible, como propone Daniel Feierstein (doctor en Ciencias Sociales), distinguir entre los conceptos de politicidio y etnocidio. Es decir, entre la persecución política a una persona por su posicionamiento ideológico (como sucedió en la última dictadura cívica – militar) y la persecución étnica hacia personas por el sólo hecho de ser quién se es.
9 – No es lo mismo afirmar que una persona es perseguida por su condición de clase y situación de desigualdad social, que afirmar que una persona fue desaparecida y asesinada en un contexto de etnocidio constante, en movimiento, latente. En este punto, tengamos de referencia los casos de femicidio en donde se ha logrado reconocer (social y jurídicamente) un historial de violencia y el contexto de violencia de género previo, en el que es asesinada la víctima.
10 – “El color de piel no es una herencia de clase”. Esto quiere decir que, los jóvenes que son asesinados y/o desaparecidos en la Argentina no portan el color de piel que portan porque sus abuelas y abuelos eran pobres, lo portan porque habita en estas personas una identidad étnica; la misma identidad étnica que la Nación Argentina se encargó de perseguir impunemente para conformarse como Estado (de forma forzada). La morenidad o negritud es rasgo étnico ineludible e inconfundible desde donde comenzar a reconstruir nuestra identidad preexiste y exponer todo el historial de violencia con el nos criamos y no (podemos) problematizar con el grado de racismo que tiene Argentina, que insistentemente se piensa blanca, europea y antropocéntrica (leer “El racismo también esta presente en tus recuerdos”).
11 – Es importante mencionar que, al igual que en la actualidad, durante la Campaña Expedicionaria al Desierto las personas “locales” eran perseguidas, encerradas y asesinadas con los argumentos de ser malvivientes, salvajes, violentas, alcohólicas, ladronas, incivilizadas, un mal para la sociedad. Argumentos que también se intentan imponer mediática y jurídicamente en los casos de gatillo fácil y desaparición forzada en la Argentina contra los distintos jóvenes que pululan las calles de los barrios populares (Matías Casas, Brian Hernández) de las distintas provincias del país.
12 – La identidad preexistente y/o ser parte de un pueblo preexiste no forman parte de una elección de una persona o un colectivo de personas (como sí puede ocurrir en un posicionamiento ideológico), forma parte de una herencia familiar y territorial inalienable, indivisible, innegable, imborrable. Uno no elige ser mapuche, wichi, qom, aymara, guaraní, quechua.

Un joven de gorrita custodia una movilización en Buenos Aires. | Fotografía intervenida.
13 – Las personas pertenecientes a los pueblos preexistentes a la formación del Estado Nación, inclusive las que no se reconocen como tal y portan apellidos impuestos, están vinculadas al territorio no sólo de forma material y física, sino también espiritual. El territorio para los pueblos preexistentes representa conocimiento y constituye un espacio inalienable de la identidad. Un conocimiento y una identidad que es intransferible, inmodificable, irreemplazable. Las personas deben habitar el territorio de sus antepasados -y no otro- porque ahí reside el conocimiento y la virtud que portan como seres humanos (roles ancestrales autónomos que se diferencian y distinguen de las profesiones y oficios que impuso la sociedad blanca y capitalista). Por lo tanto, el territorio para los pueblos preexistentes no se reduce a ser sólo un bien económico, ni un recurso, mucho menos abono para la siembra. En los pueblos preexistentes habitan las identidades territoriales y espirituales, definiciones y conceptualizaciones que para el pensamiento occidental son intangibles, no cuantificables, irreconocibles. Identidades no contempladas en los procesos jurídicos de las personas racializadas víctimas de gatillo facil y desaparición forzada en la Argentina.
14 – Los pueblos preexistentes no son un partido político, ni una comunidad aislada representada por una sola persona o por un orden jerárquico único (un presidente). Los pueblos preexistentes que habitan este territorio son naciones que poseen un sistema de justicia propio; un sistema de enseñanza e inclusive una lengua propia. Elementos que el sistema jurídico argentino no contempla y que reconoce (en teoría) exclusivamente en personas que se autoreconocen mapuche, wichi, aymara, qom, quechua; desconociendo en el mismo ejercicio a las personas en situación de diáspora o no reconocimiento identitario, como consecuencia del profundo proceso de imposición cultural y espiritual (blanqueamiento) que se ejecutó (y se sigue ejecutando) desde la Campaña Expedicionaria al Desierto hasta la actualidad.
15 – Reconocer la persecución étnica no nos va a impedir reconocer la persecución de clase. Reconocer el genocidio originario no nos va a impedir reconocer que durante las desapariciones en democracia se activa el mismo protocolo de encubrimiento que se uso durante la última dictadura cívico – militar en la Argentina. Un proceso histórico no debería escindir al otro. La consigna comunicacional que se propone con esta lectura histórica e identitaria es que podamos contemplar los dos sucesos históricos cuando abordemos los casos de gatillo fácil y desaparición forzada en la Argentina. No es lo mismo decir que en las desapariciones en democracia se emplea el mismo protocolo de encubrimiento que utilizó la última dictadura en la Argentina, a decir que el Estado Nacional argentino se formó y se constituyó desapareciendo, asesinando a grupos de personas determinados, personas que guardan una estricta y directa relación familiar con los jóvenes que hoy son desaparecidos y asesinados por las fuerzas de seguridad en la Argentina. ¿Estamos ante un doble proceso genocida (primero las familias fueron desterradas de sus territorios, obligadas a trabajar como servidumbre en las estancias de los nuevos hacendados que impulsaron el principio de “Repoblar la Argentina”, muertos en campos de concentración. Hoy los nietos y bisnietos de estos antepasados asesinados a manos de la policía Argentina ultrajados y perseguidos desde los lugares improductivos y de hacinamiento en el que quedaron recluidos) o es el mismo que no se ha detenido nunca?
17 – No podemos permitirnos semejante recorte histórico. Como activistas de derechos humanos, militantes sociales y comunicadores de medios alternativos / independientes es nuestra responsabilidad también problematizar, reconocer y visibilizar el etnocidio que se sigue desplegando en la Argentina sobre aquellos jóvenes que se reconocen originarios (Rafael Nahuel), pero también sobre jóvenes a los que la policía no les pregunta ni el nombre, sentenciados siempre, en primera instancia, por su color de piel, por los guetos sociales en los que son obligados a vivir.
18 – De la misma forma que nos responsabilizamos y problematizamos que durante la última dictadura militar en la Argentina fueron desaparecidas 30 mil personas (incluidas 400 personas pertenecientes a identidades disidentes), debemos tener la capacidad y responsabilidad de exponer cuántas personas fueron desaparecidas y asesinadas durante la Campaña Expedicionaria al Desierto. ¿Cuántas personas vamos a responder? ¿Cuántas de esas personas aún siguen en el Museo de la Plata y las distintas fosas humanas (Isla Martín García) que existen en la Argentina? De la misma forma que tenemos que tener la capacidad y responsabilidad de visibilizar la relación entre un momento histórico y otro. Finalmente, estamos hablamos del mismo proceso etnocida que nunca ha dejado de atacar a los mismos jóvenes de piel oscura y ojos achinados.
19 – Cuando un hombre afrodescendiente es asesinado por la policía en E.E.U.U. podemos reconocer fácilmente que éste fue una víctima racial y de clase. Incluso sabiendo que ese hombre tiene una vida urbana y no necesariamente se reconoce dentro de un pueblo preexistente. Sin embargo, cuando un joven morocho de estas latitudes es asesinado o desaparecido por la policía sólo podemos reconocer su condición de clase, como si no tuviera identidad, como si no tuviera un pasado étnico familiar al cual pronunciar.
20 – Cuando un funcionario público (de cualquier institución estatal) o un agente policial desenfunda una arma en contra de un joven racializado está desplegando sobre su brazo ejecutor 140 años de odio étnico e infundado sobre un pueblo preexistente. El padre de la educación Domingo Sarmiento escribió En 1876, durante el inicio de la Campaña Expedicionaria al Desierto al respecto de los “indios piojosos” de este territorio: “su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. Esta base de pensamiento, como ya advertí, convive en todas las instituciones nacionales y por lo tanto en la sociedad en sí. Cada vez que la institución jurídica, educativa y policial recibe a una persona del norte o el sur del país en sus instalaciones se activa este pensamiento colonial y racista. Cada vez que el sistema jurídico y policial recibe a una persona de Paraguay, Bolivia o Perú se activa este pensamiento racista y colonial. Esta base de pensamiento se encuentra en muchos casos perpetrados en la Argentina democrática. Pensemos la frase de Sarmiento presente en la mente y el cuerpo de los y las policías que asesinaron a Facundo Castro (Buenos Aires), Matías Casas (Neuquén), Daniel Solano (Río Negro) y Facundo Ferreira (Tucumán).
21 – No somos “los sin voz”, ni “los nadies”. Tampoco somos “los oprimidos del mundo”, ni las “cabecitas negras”, ni “el campesinado”, ni “los indios” de la Argentina. Tenemos voz y autonomía epistémica. Nos podemos pronunciar nosotros mismos, desde nuestros lugares, desde nuestras lenguas maternas y desde nuestros diferentes pueblos que aún viven, que aún siguen existiendo en nosotros, en nuestros vecinos, en cada persona que habita un penal, un potrero, un aula, un barrio de calles de tierra. “Inchiiñ mapuche. Petv Mongeleiñ”, decimos. “Somos mapuche. Seguimos vivos.”
Fotos de portada e interiores: Gustavo Figueroa / WallMapu, periodismo de mar a mar.
Comparte en Facebook
Twittéalo








