SOMOSMASS99
Moisés Villa*
El Condenario
Llevaba unos meses en Guanajuato y había pasado un par de veces por el callejón El trancazo. Encerrado entre una avenida cargada de carros que no giraban por ahí por temor a quedar encerrados y un terreno baldío lleno de árboles y rastrojos, el callejón se extendía solitario como si no hubiera motivo alguno para caminar por sus delgadas banquetas. Las tiendas que se veían por cada acera tenían un cierto embrujo; tiendetas silenciosas como si se hubieran quedado detenidas en el tiempo con escaparates de terciopelos oscuros y maniquíes terriblemente humanos. En ocasiones no había razón alguna para pasar por ahí pero me inventaba algún repentino pretexto, desde el ahora atinado y escalofriante para matar el tiempo hasta el gastado por azares del destino. Caminaba mirando ambas aceras de un lado a otro, deteniéndome repentinamente en algún escaparate como si la realidad estuviera contenida ahí.
Uno de tantos días sentí inusuales ganas de caminar por la ciudad. Aún no me acostumbraba a lo retorcido de sus calles y me sentía cansado y entorpecido por las horas en la oficina. Pensé que caminar me ayudaría con eso. Organicé un recorrido mental que no incluía aquel callejón arrinconado en las afueras, pues ya me parecía excesivo mi tránsito por ahí y podrían interpretarme como un ladrón que planea un atraco con anticipación. Caminé por calles que nunca había recorrido pero ninguna parecía tan fuera de este tiempo de la misma manera que El trancazo. Así que cansado de dar vueltas opté por visitar el callejón. El sol ya comenzaba a bajar y llegaría de noche a esa parte de la ciudad.
Desde lejos noté los destellos apagados de sus bombillas, la penetrante sombra que se mostraba entre cada poste alumbrado y que seguía hacia la oscuridad del cerro como un árbol siniestro de navidad. Caminé un par de minutos y me detuve en una de las tiendas que tenía un letrero en letras alargadas: El condenario, decía bajo una bombilla amarilla. Parecía una tienda de antigüedades o, mejor dicho, un tilichero de maniquíes. Me asomé por el escaparate y vi entre los maniquíes un par de mujeres que husmeaban entre las baratijas. Entré y una capa de polvo cayó entre el crujir de la puerta. Tosí. Cerré, me sacudí y saludé sin obtener respuesta. Miré desde dentro por el escaparate hacia el callejón entre los maniquíes. Sólo la calle oscura.
Escuché que una puerta se abría y unos pasos se acercaban. Un viejecillo, casi un niño en estatura, vino del fondo y me extendió entre temblores su mano para saludarme. Lo saludé. El viejo me explicó que los viernes y sábados la tienda abría hasta media noche por cosa de los turistas, así que aún había tiempo para mirar con calma. Me ofreció algo de beber pero me negué. Le agradecí y vi cómo se alejaba de nuevo tras la puerta sin preocupación de que pudieran robar alguno de los objetos que adornaban las paredes entre cuadros y alambiques. Las dos mujeres siguieron hurgando entre un canasto de ropa vieja mientras se susurraban palabras por lo bajo.
Duré casi una hora escarbando las baratijas, trajes viejos, relojes, fotografías y cuanto objeto se pudiera acumular entre aquel polvo, como si toda esa ropa se hubiera ido acumulando a lo largo de muchos años. El aire que se respiraba era mohoso, pesado, ya sea por las pilas de ropa que se acumulaban en una esquina o las marcas de humedad en el techo igual a dedos alargados.
Cuando estaba a punto de salir el viejo regresó con una charola y me insistió que tomara un refrigerio, que iba por cuenta de la casa y en agradecimiento de la excelente compra que le había hecho de un pequeño reloj de cuerda. Me negué para salir a respirar aire ligero pero el viejo tomó la charola con una mano y extendió la otra para tomar mi brazo y conducirme hasta una pequeña mesa hasta al fondo de la tienda, junto a un puñado de cabezas de maniquís. Pensé en aceptarle un café a ese pobre viejo, que sin duda, sólo buscaba un poco de compañía y de plática en aquel callejón solitario. Hacia minutos que las mujeres que husmeaban habían salido llevando consigo una bolsa de ropa vieja y unos jarrones como calderas.
―Te he visto que transitas mucho por esta calle― me dijo el viejo.
Su mirada me parecía la de un hombre que no tarda en morir y que ha aceptado el papel de la muerte con total conciencia: una mirada sin brillo, lagañosa. Me sorprendió la observación y respondí que era una calle muy particular, llena de curiosos entretenimientos, que no viera en mis paseos ninguna señal de alerta. El viejo me miró y me alargó la taza de café.
Supe que su esposa hacia veinticinco años de muerta, que de sus hijos quedaba uno pero que estaba más enfermo que él, y que la tienda era su única labor. Yo le conté sobre mi mudanza y lo complicado que se volvía llegar a otra ciudad. Más tarde, para quitarme la sensación de acosador que la observación del viejo me había provocado, le dije que por descuido había dado ahí y que tras un par de caminatas me había parecido asombroso el callejón. El viejo se rascó la barbilla y dijo que a él ya nada le asombraba, ni bueno ni malo, mucho menos esta calle donde había vivido desde sus primeros días.
Terminé mi café y le pregunté sobre los viejos maniquíes de confección artesanal que se encontraban en el aparador y por toda la tienda. Le dije que parecían abandonados, sin orden aparente y que el material, sin embargo, parecía conservarse en su calidad original. El viejo cruzó su delgada pierna de marioneta y recargó su codo como preparándose para la respuesta, tras un silencio respondió que no había nada más que decir, que eran hechos por su propia mano.
El reloj sobre una de las puertas ya marcaba casi la media noche y tuve que disculparme con el viejo de tener que irme. La plática me había resultado forzada e incómoda y tendría que regresar en taxi. Al viejo pareció entristecersele la mirada, creí que las casi dos horas de conversación le había reanimado un poco en su soledad y vida de anciano, pero descubrí que no lo suficiente. Me levanté, le agradecí la taza de café y le extendí la mano para despedirme. Ahí entendí aquel olor estancado, sin vida, al entrar a la tienda; entendí su mirada velada y sin alma, y las repentinas risas involuntarias que arrojaba cada tanto de palabras como un elaborado hechizo. Al momento que su mano tocó la mía comprendí en un escalofrío cómo trabajaba la muerte. Al momento de tocar su mano sentí que mis músculos se detenían sin sobresalto, dejaban de funcionar con simpleza y amabilidad para dejarme parado en medio de aquella tienda de condenas, en esa postura ridícula de saludar a nadie.
El viejo tomó de la mesa el reloj de cuerda que le había comprado, lo guardó en su bolsillo y me miró un momento como confirmando sus habilidades malignas. Después se alejó y entró a una habitación sin la menor desconfianza en que yo pudiera huir. Entonces comprendí aterrado que esta muerte era el inicio de una eternidad, una eternidad dictada por un pequeño reloj de cuerda averiado que me había llamado desde esa tienda; una eternidad en el escaparate reducido entre los otros, una eternidad creyendo falsamente que quien nos mira sabe que pedimos ayuda.
* Moisés Villa estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Actualmente participa como difusor de lectura y escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.
Foto de portada: Ciudad y Poder.
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