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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 20 de junio de 2019
Los jóvenes (la palabra se refiere a hombres y mujeres) constituyen la quinta parte de la población mexicana. Actualmente contamos con muchos datos acerca de su educación, salud, trabajo, etcétera. Sin embargo, como sociedad aún es poco lo que conocemos acerca de su subjetividad, necesidades, miedos, sueños, deseos, cosmovisión, ideas, prácticas y creencias.
Es innegable que muchos son protagonistas de situaciones de violencia y autodestrucción sin precedentes. Pero, ¿son ellos culpables? ¿O sólo son emergentes del malestar y deshumanización propios de la época? ¿Cómo hemos de entender sus conductas desorganizadas, autodestructivas e indolentes?
A los adultos nos toca asumir que como país les estamos fallando. La promesa de encontrar un buen empleo a base de una buena preparación escolar, hace más de una década que no se cumple. Para ellos la alternativa es el trabajo informal, o el trabajo sin pago, vinculado estrechamente a estrategias familiares de sobrevivencia, o el trabajo mal remunerado (el 60 por ciento de los que cuentan con un empleo ganan menos de dos salarios mínimos). También brillan por su ausencia, medidas suficientes en materia de salud y educación para que encuentren condiciones favorables para el desarrollo de sus proyectos de vida.
Nuestros jóvenes están creciendo en un ambiente plagado de inseguridad, impunidad, violencia e incertidumbre de donde es difícil salir indemne. Su capacidad de análisis, síntesis y abstracción, así como el acceso a las tecnologías de información, les permite detectar y ser testigos de la desigualdad, injusticia, discriminación, deshonestidad e incongruencia de los adultos. A diario son testigos de las múltiples maneras en que los adultos violan leyes, reglamentos, acuerdos, personas.
En este marco las preguntas son: ¿cómo construir una personalidad íntegra y un proyecto de vida sin la guía de líderes congruentes y sapientes? ¿Para dónde ir cuando no se ofrecen caminos o estos se encuentran altamente accidentados? El prematuro agotamiento espiritual y los rasgos inquietantes de abulia y desinterés de muchos jóvenes aparecen bajo este cielo donde el suicidio infantil y juvenil aparece como la manifestación de la desesperanza llevada al extremo.
La tendencia a la alza de esta causal de muerte a edades cada vez más tempranas, es un fenómeno que denuncia algo, que también abre interrogantes. ¿Por qué va a en aumento el número de niños y jóvenes que deciden irse de este mundo que les hemos construido los adultos?
Si cada problemática juvenil es un cuestionamiento, ¿qué significa que tres de cada 10 jóvenes no estudien ni trabajen? Enfrentar la pregunta con seriedad y compromiso permitiría conocerlos, escucharlos y considerarlos para modificar sus condiciones de vida. Porque un joven sin estudio ni trabajo, no sólo queda imposibilitado para transitar de manera sana hacia la adultez, sino que también queda expuesto a peligros extremos como el narcotráfico.
Por eso debemos ir más allá de sólo otorgarles una etiqueta como la de “Ninis”. Adjetivarlos en lugar de describirlos, entenderlos e integrarlos, es un acto que estigmatiza. “Nini”, “Nemo”, “X” y todos los demás adjetivos que los categorizan, sólo son formas de reducir su identidad a una palabra, un intento de simplificar lo complejo.
Los jóvenes son el presente, no el futuro. Son mucho más que un bono demográfico, tienen el derecho al bienestar económico por encima de variables macroeconómicas. No son ninis, son personas. No son el problema, sino efectores de una situación previa donde el Estado, las organizaciones familiares y demás instituciones no hacen lo suficiente para que puedan prosperar.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Papaioannou Kostas (@papaioannou_kostas) / Unsplash.
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