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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 14 de octubre de 2022
La Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Estados Unidos, dada a conocer en un documento presentado el pasado día 12 por el presidente Joe Biden, muestra que la visión del mundo que tiene la clase dominante estadounidense, y de sí mismos como país, están fuertemente influidas por las doctrinas que sirvieron de base a la expansión territorial de ese país durante el siglo XIX, mediante la guerra, el despojo, la explotación y el exterminio de otros pueblos: las doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto.
En la defensa de sus intereses el imperio considera una necesidad ejercer su liderazgo mundial y define como enemigos a quienes pueden competirle en aspectos comerciales, tecnológicos, energéticos o militares, y a quienes no se someten a sus designios.
Sin embargo, como potencia en decadencia, incapaz de resolver sus crisis por vías no violentas, además de incrementar su agresividad y peligrosidad, procura que sus «aliados» no le hagan sombra ni se alejen de su esfera de influencia, y trata por todos los medios de tenerlos sometidos. Un ejemplo de ello es la crisis por la que pasa la Unión Europea, consecuencia de la sumisión a Washington y su política hacia Rusia con motivo de la guerra entre Rusia y Ucrania, provocada por Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
Haciendo gala de cinismo, el asesor de Seguridad Nacional comentó a los medios: «necesitamos establecer las reglas del camino para el siglo XXI […]», para que «el orden internacional continúe reflejando nuestros valores y nuestros intereses».[1]
Tal estrategia de seguridad, al referirse a América Latina y el Caribe como que «ninguna región impacta más directamente a Estados Unidos que el hemisferio occidental»,[2] refrenda el «América para los [norte] americanos», de la Doctrina Monroe (1823), y la consideración yanqui de Nuestra América como el patio trasero de Estados Unidos. Y para no perder la costumbre, reitera amenazas contra Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Ese apetito imperial, sin sustento moral y con endebles y del todo cuestionables fundamentos ideológicos, apela, para justificarse, a políticas derivadas de prejuicios religiosos con elevadas dosis de supremacismo, racismo y discriminación; políticas que en pleno siglo XXI, desafortunadamente, tienen muchos seguidores en Estados Unidos.
Pareciera que, con otras palabras y otros argumentos, repitieran para el mundo lo que en 1845 publicó John L. O’Sullivan, en la revista Democratic Review de Nueva York:
«El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino…»
Lo que el imperio pretende es imponer por todas las vías su visión del mundo y la realidad a la mayor cantidad de países y sus poblaciones, lo que facilitaría su dominio y la defensa de sus intereses.
No obstante, las ambiciones del imperio, los pueblos tienen, siempre, la última palabra.
Notas:
[1]. Periódico La Jornada. Jueves 13 de octubre de 2022, p. 31
[2]. Ibid.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Granma.
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