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Patricia Bermúdez
Martes 25 de agosto de 2015
Patricia Bermúdez nació en León, Guanajuato. Desarrolló el gusto por la literatura desde la primera infancia. Con el correr de los años su interés creció, lo que la llevó a formarse en diversos cursos y diplomados en el Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino, en la UNAM y en la Biblioteca Central en coordinación con el INBA.
EL DIABLO
Corro hacia el lugar donde atoramos la embarcación en la que cruzamos el río que separa nuestra vivienda del pueblo. Esto es un decir, porque el pueblo todavía queda a media hora caminando; yo soy muy ágil para correr y tardo menos tiempo, por eso voy a casi todos los mandados, con mayor razón hoy que necesitamos un doctor para mi hermanita.
La pobrecita ha sido enfermiza toda su vida, mamá cree que nació embrujada. Dice que en lugar de llorar sólo pegó un aullido y se abalanzó a los pechos, para luego vomitar todo.
La llevaron con curanderas que le rezaban mientras le frotaban el cuerpo con un huevo, otras veces le pasaban un manojo de ruda y la bañaban con agua bendita que el cura del pueblo trajo para ahuyentar el demonio; le dieron a tomar todos los remedios que le ofrecieron, pero ninguno logró sacarle el diablo. Seguía metido en su pequeño cuerpecito esquelético y débil.
A sus cinco años apenas logra balbucir algunas sílabas. Yo me he encargado de cuidarla desde pequeña, pues mamá tiene que salir a vender a la plaza del pueblo para darnos de comer.
Papá se fue a trabajar a Veracruz y no regresó. De eso hace ya un buen tiempo.
Cuando estoy con ella el diablo no le sale, es porque yo le cuento todas las historias que oigo en el pueblo para entretenerla y para que conozca más del lugar en el que vivimos. Le he enseñado a jugar, pero como tiene dificultad para caminar, la ruedo por la lomita. No le da miedo, al contrario, se suelta a reír y yo también disfruto, porque aquí estamos solos hasta que mamá termina de vender y regresa con la comida. A mí me sirve en la mesita, pero yo como hasta que mi hermanita se termina todo lo que le doy en la boca, porque si yo no le doy, mamá le deja el plato en el suelo, dice que al diablo no se le tienen consideraciones.
Yo creo que por eso ella se pone así y empieza revolcarse y a llorar y rasca la tierra, coge lo que le cabe en el puño y la lanza a ningún lado, entonces empieza a emitir gritos y gemidos, a escupir y a jalarse los cabellos.
Mamá se angustia y va por un lazo y le amarra los pies y las manos y le tapa la boca con un paliacate.
Yo siento muy feo y me pongo a silbar para distraerla. A ella le gusta mucho y se empieza a calmar.
A veces pienso que el diablo también es bueno, porque mi hermanita dice que sólo a mi me quiere y me lo demuestra, hace todo lo que le pido y conmigo sí juega.
Pero hoy nada de esto funcionó, porque antes de que mamá le atara las manos, mi hermanita le escupió la cara y empezó a revolcarse en el piso, a patear y a arrojar tierra a todos lados, luego la cara se le empezó a poner de color morado y no quería respirar, la sacudí de los hombros y le grité que se tranquilizara, luego se dejó caer con la mirada perdida.
Fue entonces que mamá me dijo que corriera a traer al señor cura y al doctor que nunca antes quiso traer por falta de dinero.
El consultorio está en la parte trasera de la iglesia; es un cuarto pequeño con un estante lleno de medicinas. El doctor es un señor serio, platica poco, se limita a garabatear un papel en el que te dice qué debes tomar y con un movimiento de mano te invita a salir.
Ahora la mala suerte me acompaña, pues un candado en la puerta me dice que el doctor no está.
Corro a la iglesia para avisarle al padrecito, quien me recibe con una sonrisa que se le congela cuando le digo a qué voy.
¡Qué desgracia, hijo!
Me toma de la mano y nos subimos al auto compacto y viejo del padrecito. Él nos ha ayudado mucho desde que estamos solos, mamá lo busca cada vez que lo necesita, porque sabe que contamos con él.
Lo malo es que en el carro no podemos cruzar el río y tenemos que subir a la embarcación. Apenas cruzamos y los dos corremos rumbo a la casa, antes de que oscurezca.
Mamá está ya esperando en la puerta, angustiada se abraza del padre. Entramos y mi hermana está tirada en el piso, con la cara manchada de tierra y los ojos desorbitados, por su boca escurre saliva. Ahora me parece que en lugar del diablo, ella se asemeja más a un ángel, porque tiene una sonrisa que nunca antes tuvo.
Me hinco junto a ella y empiezo a llorar a su lado, tomo sus manitas frías y me recuesto en su pequeño vientre.
No sé cuánto tiempo estuve así, lo que nunca olvidaré es que cuando volví la mirada, mi madre estaba abrazada al cura diciéndole: Al fin se acabó nuestro pecado.
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