SOMOSMASS99
Gundiwa Izquierdo
Domingo 14 de febrero de 2016
Estoy hecha de muchas historias, en especial me gusta contar que me crié debajo de las faldas de mi abuela María Encarnación. Ella fue una mujer indígena por resolución humana.
Recuerdo, con claridad, mientras mi abuela tejía las mochilas iku en compañía de las demás guatis (mujer, en lengua iku). Yo debajo de su regazo tejía y llenaba mi propia vida y consciencia. Resulta que mientras ella les contaba a las demás mujeres sus poderosas historias, historias llenas de detalles que dramatizaba en las formas más profundas de su humanidad, me colmaba de resistencia, desavenencias, pero sobre todo de la responsabilidad con los demás, con el que llegaba de fuera. Soy una mala versión de mi abuela, pero insistiré en que vale la pena demorarme allí donde me enseñó a estar.
Nací y crecí en la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. Indígena iku por elección. Estudié psicología social y comunitaria en Bogotá. Terapeuta, docente, cogestora comunitaria, profesional de investigación, pero sobre todo caminante y acompañante de mundos alternos y posibles.
El dinero, entre ficción y realidad
¡Que desespero!, afirmó el alma de aquella febril y angustiada mujer. Envuelta entre sudor, deudas y piel, la tarde se cernía sobre su espalda, traslucía su cuerpo a manera de espasmo o de joroba, no se sabía a ciencia cierta de la apremiante distinción corporal.
– ¡Ay madre mía!, qué voy a hacer con tantas deudas-, rezongó. Así, con los segundos contados, transcurría los días. Era una mezcla sofocante: por un lado, la carencia económica con la que se amanecía; por el otro, el agobiante calor con el que se transcurría, y para rematar el día, por las tardes, aparecían los rostros amenazantes de los cobradores “a cuenta gotas”, con la intención de cerrar los malos días.
En la vida que le acontecía a Carmenza sabía sentarse por las tardes, debajo de un palo de mango. Sacaba su mecedora. Mientras no llegaran los malvados cobradores, ella solía mantener conversaciones acordes al balanceo de la mecedora, conversaciones apaciguadas, desplazadas, largas y tranquilas con sus hijos.
Aquella tarde, su hijo mayor se había sentado debajo de sus pies, en el borde del pavimento. Con cara de imaginación y a propósito de la desgana situación familiar, al parecer el joven quiso resolver el problema, resolver un acertijo ilusorio.
– Oye mama, y qué tal sí sembramos una mata de billetes. ¡Seguro nacerán muchos más!
La idea parecía sacada de la inútil imaginación, pero el niño que no distinguía entre ilusión y realidad, entre lo abstracto y lo concreto. Supo ver en esa idea una alternativa cierta. Asímismo, lo era mucho más para la madre que entre dolencias, joroba, sudor y noches inconmensurables de insomnio, sufría vivir la ficción como verdad y la verdad como ficción.
Sin embargo, contestó a la idea propuesta por su hijo:
– ¡Ay, hijo! ¡Ojalá eso que dices se haga realidad, pagaría todas las deudas y de pronto hasta nuestra vida cambié!
No obstante, después de la conversación de esa tarde Carmenza no había quedado tranquila. La idea de su hijo le había perturbado para siempre. Una suerte de claridad comenzó a ganarle, los días eran entonces más angustiantes, pero ahora con rabia y cuestionamiento.
Llegó a decir una de esas tardes:
– Hijo, si llegan los cobradores díganles que me fui pa nunca más regresar… -, murmuró entre dientes. Desgraciados, usureros, malhechores, aprovechadores de la necesidad y de la dulce complicidad de muchos de nosotros.
La ilusión del dinero pareciera que está en lo abstracto. Ser rico, tener éxito personal, acumular bienes materiales y ser libre. ¡Ja, pero cual libertad! Si esta situación tiene más de cárcel que de libertad: ya no puedo salir de mi casa, no tengo para comer, mis hijos no pueden ir a la escuela. Qué clase de vida es está.
Dijo el niño:
– Oye mama, si ves, el dinero parece algo ilusorio, pero no lo es. Yo lo que creo es que es al revés, es mucho más concreto. Los que vienen a cobrar no son ideas, son personas. Tu joroba, esta cárcel, las tardes teñidas de angustia, el dolor de tripa por el hambre, todo son síntomas y cosas concretas. Entonces por qué siempre estás haciendo “como si” fuera una ilusión, mejor pensemos con claridad sobre la solidez que tiene el dinero, y nos iría mejor, ¿no crees?
Carmenza lo miró y sonrió, cosa que tras más de un año no hacía. Parecía que después de ese momento nada tuvo forma, “como si” fuera una ilusión, más bien una vida concreta, una joroba, ¡por demás!
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