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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Lo único seguro ante el divorcio es el dolor para todos los miembros de la familia. Cuando el lazo parental se rompe, algo se rompe dentro de los hijos, también.
El dolor en éstos suele ser directamente proporcional al grado de conciencia ante los hechos más el grado de dependencia hacia los padres. Lo cual significa que, en general, un bebé no se verá impactado sobremanera (siempre y cuando sus necesidades de desarrollo se encuentren cubiertas) porque aún no puede tener amplia conciencia de la ruptura y sus implicaciones. Por otro lado, si la separación ocurre en la adolescencia, el hijo tiene conciencia total del evento, pero también fortaleza para procesarlo.
Es entre los cinco y nueve años cuando el niño vive con mayor intensidad el divorcio de sus padres. Y es que a estas alturas de la vida tienen una relación sembrada; recuerdos, deseos y afectos tejidos.
Además, el niño ya tiene facultades mentales suficientes para entender las implicaciones de la partida del padre o de la madre que deja la casa y una natural y significativa dependencia física y emocional hacia ambos, al mismo tiempo que no cuenta con los recursos emocionales suficientes para surcar la experiencia.
También posee un aparato para pensar más sofisticado que el que tenía cuando era bebé, pero en ocasiones parece que funciona por su cuenta: la fantasía vuela: amigos imaginarios, fantasmas, demonios, ángeles, hadas, brujas, monstruos, pesadillas, irrumpen en su mente.
Brenda tiene ocho años. Desde la separación de sus padres, apareció en ella el miedo a la oscuridad, ¿por qué? Porque cuando su padre aún vivía en casa, una noche ella despertó para ir al baño, y al regresar vio en su habitación el “fantasma” de una señora que discutía con otra, la primera decía que su esposo había muerto y que venía para llevarse al esposo de la segunda. Meses después, en la vida real, el papá de Brenda decide divorciarse y emparejarse con otra mujer, viuda, para acabarla de amolar.
A esta edad duele que los padres se separen, en principio, porque no se les volverá a ver diariamente y por el temor a perder, de manera definitiva, el vínculo con quien dejó el hogar: “si fue capaz de dejar a mi mamá, por qué no me ha de dejar a mí”, suele ser el pensamiento infantil; y es que para los niños es difícil, en el momento de la ruptura, asimilar que los esposos pueden divorciarse entre sí sin que esto implique que los padres se “divorcien” de los hijos.
Aparecen también sentimientos de indefensión y desprotección que suelen intensificarse cuando los hijos ven que quien se queda con ellos ―generalmente la madre―, se queda con su respectiva montaña de emociones y sentimientos por resolver: estrés, tristeza, enojo, culpa, desolación, preocupación…: “si mi madre está tan triste, ¿quién me ayudará a mi?”.
A la niña de nueve años, Isela, le angustiaba imaginar que al irse papá, este volvería a emborracharse y chocaría conduciendo su auto, como alguna vez sucedió cuando ella tenía seis años y aún vivían juntos. Isela necesitó de algunos meses para tranquilizarse al constatar que, aun separados, nada catastrófico le sucedería ni a su papá ni a su mamá, los cuales hoy siguen vivitos y recuperando paulatinamente cada quien por su lado, el gozo por la vida.
Con el divorcio se rompe un ideal: el de la familia unida, y a este ideal roto se le adhieren otros duelos, otras crisis, otras angustias vividas en el pasado. De ahí la intensidad del dolor.
Psicólogo / [email protected]
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