SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 26 de abril de 2018
Para Joaquín, mi hijo
Me gusta el futbol. Me gusta ver la destreza, la pericia, la rapidez de cuerpo y mente, los lances, los reflejos, la visión periférica, las fintas de los jugadores. A nivel de equipo me atrae la colaboración, la estrategia, la complicidad, la solidaridad…
Otro aspecto que me encanta del futbol es el punto de unión con los valores. Al ser un deporte de conjunto y de reglas, promueve muchas habilidades, actitudes y conductas, al mismo tiempo que pone en juego valores morales y democráticos.
También me agrada el hecho de que un equipo de futbol es una sociedad, un conjunto de personas cuya consecución del objetivo depende de la mutua cooperación y de la coordinación adecuada de sus miembros, los cuales asumen funciones específicas e individuales pero al servicio de una meta de conjunto. Sólo se puede ganar en grupo, en equipo.
Los futbolistas profesionales son modelo aspiracional para muchos niños. Estos se entusiasman con sus habilidades. Observan sus esfuerzos, su tesón, su fortaleza, lo mismo que sus desaciertos y sus maneras de reaccionar ante estos. Observan todo. Lo edificante y lo vergonzoso. Todo.
Por eso existe un aspecto de nuestro futbol mexicano que no me gusta: la trampa, la simulación, la tendencia a engañar al árbitro. A mi hijo tampoco le gusta esto. Suele decir que muchos jugadores son más actores que futbolistas.
Algunas personas dicen que esto es parte del juego, lo llaman picardía: “la mano de Dios”, de Maradona, dejarse caer ante el mínimo roce, tirarse en el área para simular un penal, reclamar y hasta amenazar al árbitro, cada situación para manipular su criterio, exagerar la mínima falta tirándose al suelo frotándose la cara, retorciéndose con toda la exageración que le es posible…
El ex portero profesional atlantista y escritor Félix Fernández hace una diferenciación entre engaños lícitos propios del juego (picardía) y los engaños ilícitos, en su libro Futbol, entre balones y valores. Estos últimos pretenden sacar ventaja de las leyes y reglamentos, lo cual puede ocurrir dentro de la cancha o fuera de ella (en este caso participan también los directivos).
Los engaños lícitos, en cambio, se refieren a las fintas, amagues, la mirada hacia el lado opuesto mientras se da un pase, los movimientos tácticos y las formaciones engañosas de los tiros libres y de esquina que se utilizan para desconcertar al oponente. De hecho, afirma Fernández, “el futbol no puede ser entendido sin el engaño, es la esencia de la picardía que tiene el juego: si miro hacia el mismo lado que voy a dar el pase (para no engañar al rival), el rival cortará el pase con extrema facilidad”.
El problema radica en que muchos jugadores han convertido al engaño lícito en una costumbre llevada al extremo, todo con tal de hacer el juego más sencillo a través del engaño del árbitro. Esto sucede con mucha frecuencia en nuestro futbol.
Cada que veo escenas de este tipo —simulaciones, trampas, exageraciones— me pregunto por qué sus directores técnicos no se oponen a dichas prácticas tramposas.
Ganar a como dé lugar es una exigencia en el futbol profesional donde se juegan muchos millones de pesos. Lo cual estimula el actuar sin tener en cuenta la ética ni la moral.
Dicen los sociólogos que los seres humanos actuamos de acuerdo a como somos, y también somos de acuerdo a como actuamos. Llevando este principio al futbol podríamos decir que, en la cancha se juega como se vive y se vive como se juega. Por eso no me gusta esta actitud de muchos de los futbolistas de la liga mexicana, pues sugiere que así como juegan son.
No todos son así, afortunadamente. Existen jugadores que le apuestan al esfuerzo, al trabajo, a la honestidad, jugadores que reciben un empujón y siguen adelante, que si caen se levantan y continúan la jugada. Estos son mis favoritos, porque transmiten un ejemplo edificante: fuerza, honestidad y trabajo. Son a estos a los que me gusta que vea mi hijo.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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