SOMOSMASS99
José Antonio Bueno Saucillo*
Miércoles 31 de octubre de 2018
Ya casi en el ocaso, se sienta en una piedra recargada en un muro; está sucio, cansado, confundido.
Ha caminado ya mucho tiempo y cada vez siente más pesadas las piernas; su cabeza le dice que no se debe rendir, que su historia no debe ser la de los que se rinden, que sus héroes pasados se levantaron siempre y nunca dejaron a la derrota ningún lugar importante en su vida.
Sin embargo, la historia siempre camina y nunca es la misma, ni sus resultados.
Se aferra, como muchos otros de sus tiempos, a no dejarse vencer; muchos de ellos siguen luchando, incluso, en escaramuzas montadas para seguir dándole cuerda a su existencia, para encontrarle justificación al hecho de seguir vivos.
Le inculcaron el ejercicio de la lectura desde chico, aunque no el tipo o la línea; leyó de héroes, del pasado, de injusticias, de luchas de los hombres, revueltas, guerras, alzamientos, revoluciones, batallas, escaramuzas, resistencias, guerrillas… de todos colores y motivos, pero terminó inclinando sus preferencias a lo rojo, a la libertad, a la paz con dignidad.
Aprendió a detestar, tal vez también a amar, a tener recelos, incluso guardó rencores, tomó precauciones extremas, y se vio obligado, tras acoso, a desarrollar estrategias para detectar y repeler ataques, incluso a atacar; a veces ha sido una bestia, pero siempre ha vuelto a su normalidad.
En esa normalidad se encuentra ahora que recuerda, somnoliento, con la boca seca y el paladar amargo.
Revive circunstancias afortunadas y no tanto; rumia recuerdos. De muchos se lamenta, y guarda para más tarde los mejores, porque son los que le ayudarán a dormir esa noche y no morir, como ha muerto otras veces, que ha dejado de ser él para despertarse siendo otro; otro que se va reconociendo poco a poco… rehaciendo.
Dormita momentáneamente montado en esos recuerdos afortunados, con los ojos a medio cerrar, pero con la mente más lúcida que en otras ocasiones, porque ahora la recuerda a ella, ella que son muchas. Ella que remó con él en aguas agitadas. Ella que alimentó sus esfuerzos. Ella que más tarde que temprano se fue.
Recuerda también campos sembrados de ideas, flores de agradable olor que le hacen volver a erguirse como lo marcan los códigos del buen soldado, del que no se da por vencido.
Sin embargo, en esa piedra recargada en un muro se ha ido ladeando lentamente hacia la izquierda; pronto, tal vez su corazón pegue en el suelo de baldosas gastadas y despierte abriendo los ojos muy cerca del barro cocido de su tierra; ha sido tan lento su descenso que le da tiempo de reconsiderar muchas cosas, abandonado y con el anhelo de quedarse allí, en el sueño; no volver ya nunca a la arena de batalla en donde han quedado inertes varios cadáveres que alguna vez pasaron frente a sus ojos enarbolando glorias de hazañas ajenas.
A veces ya no quiere más, pero el chiste es que el sueño resulte reparador, y que en él hayan aparecido sus presencias sagradas, la de Mao o de Pancho Villa, Heberto Castillo o Demetrio Vallejo para que lentamente se ponga de pie.
Lo que siempre le ha provocado más cansancio son las estrategias positivistas como la tibieza, el alisamiento de planteamientos de lucha fincados en muchas palabras, la modulación de tácticas, las interpretaciones intelectualoides de los “entendidos”, los que cultivan el “fundamento”, los que “revisan” la lucha real, cruda, la contraposición real de fuerzas y le ponen ingredientes de su personalidad para seguir vivos entre los demás; los que le dan prioridad a los acuerdos, la mesura, la reforma, la convivencia “civilizada” con el enemigo, el acomodo,… en fin la reforma en lugar de la madre Revolución.
Está harto de ésos que olvidan pero dicen no hacerlo, harto de los que dicen luchar pero no lo hacen, harto de los leones que guardan dentro de sí corazones de borrego, cerebros de zorros, e instintos de hiena que se escudan tras letras y declaraciones, creyéndose imprescindibles, dándole a su ego una buena porción de textos revolucionarios, pero, desapareciendo siempre ante el trabajo necesario o el riesgo.
Harto de los que buscan denodadamente ser parte de las Cortes modernas de las monarquías disfrazadas de Repúblicas aunque tengan que dar a su madre en prenda.
Los oportunistas de todos los tiempos.
El hartazgo es lo que ha ido acabando con él, por eso depende de sus buenos sueños para seguir de pie, para rebasar los recuerdos tristes de soledad en que ha terminado muchas veces durante empresas en las que se hacía necesario el esfuerzo de muchos.
Él es la casta que se acaba, la casta que dio la vida sin pena ni gloria, aparentemente; la casta que encima de una piedra sueña con que le sacrifiquen en ella, para inyectar nueva sangre a una nueva raza para que se puedan relevar los idos, que revivan los fantasmas heroicos del pasado, para que venga el presente a limpiar estas baldosas de tanta sangre que ha servido para tan poco.
Él, sentado en esa piedra, respira con mucha dificultad, está a punto de irse una vez más como ya lo ha hecho otras veces; se ha quedado soñando en la destrucción de ese dios que, imagina, ha dado vida y permanencia a otra casta asquerosa que se ha adueñado del mundo en esta era, ese dios que ni siquiera tiene el equilibrio y la honradez del Abraxas de Hesse…
Los luchadores no nacen, se hacen; no mueren, renacen.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de portada: Heberto Castillo. | Foto: Fundación Heberto Castillo.
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