SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 1 de marzo de 2019
«En poco menos de cien años, entre 1898 y 1994, el gobierno de Estados Unidos ha intervenido exitosamente para cambiar gobiernos en América Latina por lo menos 41 veces. Eso implica una vez cada 28 meses para un siglo entero».
– John Coatsworth
Profesor norteamericano de historia.
Llegó para el imperio y sus lacayos el tan anunciado «Día D». Pasó sin que cristalizaran sus augurios, amenazas, ilusiones y anhelos encaminados a hacer de la República Bolivariana de Venezuela otro país plegado a los designios del amo imperial.
En efecto, pasó el 23 de febrero y la unidad del pueblo venezolano derrotó, una vez más, a los traidores que bajo el cobijo de Estados Unidos, sus siervos del Grupo de Lima y los medios masivos de desinformación que intentaron, mediante una falsa «ayuda humanitaria», crear las condiciones para una intervención abierta que permitiera el derrocamiento del gobierno constitucional de Venezuela.
El imperio en su declive se ha vuelto más peligroso y agresivo; sus representantes, con el cinismo y arrogancia que acostumbran, catalogan a esta parte del mundo como «nuestra región» y se sienten con el derecho a intervenir para cuidar sus intereses.
Y van más allá, la actual amenaza a Venezuela la extienden explícitamente a Nicaragua y Cuba para, supuestamente, liberarlos del socialismo que ha sojuzgado a sus pueblos.
Tal visión y concepción del imperio norteamericano se refuerza en la actualización de las doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto, y es un reflejo del desprecio hacia los pueblos al sur del río Bravo, cuyos territorios son considerados por aquel como su «patio trasero».
Como en los viejos tiempos de la Guerra Fría, el imperio y sus corifeos, con una versión corregida y aumentada del estilo de Joseph Goebbels, culpan al socialismo y a quienes cuestionan al sistema imperante del desastre económico y social que actualmente se vive (desastre que, por otro lado, el capitalismo ha generado) y se disponen a combatirlo para volver a una «normalidad» como la que prevaleció desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el 31 de diciembre de 1958.
Sin embargo, el imperio no las tiene todas consigo. El pasado 23 de febrero fracasó rotundamente en su intento por doblegar a Venezuela; al día siguiente agregó a su «palmarés» el resultado de su campaña contra el referendo constitucional en Cuba, en el que una inobjetable mayoría del pueblo cubano aprobó su nueva Constitución y refrendó la vía socialista de su desarrollo. Por si lo anterior fuera poco: a media semana se dio la noticia de la conformación de una mesa de diálogo en Nicaragua, con el objeto de encontrar una solución pacífica a los problemas que atraviesa el hermano país centroamericano.
A lo anterior habría que agregar la aparente distancia que tomaron del gobierno de Estados Unidos el propio Grupo de Lima y la Unión Europea respecto de una intervención armada en el caso de Venezuela; además, la actitud de países como México, Uruguay y los que conforman el Caricom, cuya respetuosa y honesta posición en torno a ese caso, contribuyó a evitar, hasta ahora, una agresión contra ese hermano país.
Ello deja ver que los sueños de un poder unipolar de Estados Unidos, como en la década que siguió a la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista del este de Europa, no se harán realidad; lo que no reduce su agresividad y peligrosidad.
Por ello, ante la arrogancia, el cinismo y el desprecio del imperio, los países que han decidido ejercer plenamente su soberanía y los gobiernos respetuosos del derecho internacional son, de alguna manera, un obstáculo contra los planes imperiales de dominio, razón por la que deberán mantener la guardia en alto.
Y es que, como dijo el Che, «[…] no se puede confiar en el imperialismo pero ni tantito así».
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Canal Caribe.
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