SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 5 de junio de 2020
Hace tres décadas, cuando los problemas internos presagiaban el colapso de la Unión Soviética y el campo socialista de Europa del este, los apologistas del capitalismo en su versión neoliberal proclamaban la eternidad del sistema y el fin de la historia.
En su desaforada euforia pensaron que el mundo entero, sin excepción ni restricciones, adoptaría al dios mercado como el ente superior que corregiría los desequilibrios en todos los aspectos de la vida.
Se equivocaron por partida doble: no todo el mundo cayó en la adoración irrestricta al dios mercado, ni éste ha corregido los desequilibrios; por el contrario, se han acrecentado y sus contradicciones refuerzan cada vez más los cuestionamientos al sistema capitalista. En este sentido la pandemia de Covid-19, que entró en sinergia con la crisis económica que resurgió, cuando menos, dos años atrás y la crisis estructural que acarrea desde finales de los años sesenta del pasado siglo, han dejado ver en toda su crudeza el verdadero rostro del sistema.
La privatización llevada al extremo ha concentrado a nivel mundial la riqueza y, por tanto, el poder en cerca de 2400 personas, quienes toman las decisiones económicas y políticas para reproducir las condiciones que les permitan mantenerse en esa posición. En el otro extremo, el 60% de la humanidad, 4 mil 600 millones de seres humanos, sobreviven en precarias condiciones.
Estados Unidos constituye un ejemplo palpable de la imposibilidad e incapacidad del capitalismo para atender y resolver los graves problemas que el mismo sistema provoca, lo que sin duda refleja su decadencia.
Entre otros aspectos, muestras de la decadencia del imperio yanqui, son:
- No obstante ser el país más poderoso del mundo, ha sido incapaz de enfrentar los efectos de la actual crisis. Sus niveles de desempleo se aproximan a los que se produjeron durante la gran depresión (1929-1939), con la pequeña gran diferencia que en esa época transcurrieron varios años en alcanzarlos, en estos tiempos han bastado unas cuantas semanas.
- País que destina inmensos recursos para desarrollar y producir armamento y a mantener un poderoso aparato militar y policial, al tiempo que deja indefensa a su población ante contingencias que afectan su patrimonio, su salud o su vida.
- El empleo de los recursos públicos puestos al servicio de los dueños del capital, en lugar de destinarlos a quienes realmente los producen, los trabajadores, quienes conforman la inmensa mayoría de los habitantes de ese país.
- La privatización de importantes sectores de la asistencia social han convertido la salud y la vida misma en jugosos negocios que se enfocan en áreas que representan grandes ganancias; áreas que no incluyen la prevención ni la erradicación de enfermedades, pues ello disminuye las ganancias; excluye a importantes sectores de la población y, como en una sociedad de ¡sálvese quien pueda!, condena a graves padecimientos o a vivir por siempre endeudados a quienes están imposibilitados de pagar los elevados precios de los servicios privados.
- La educación media y superior, a la que solamente pueden acceder sin problemas los hijos de los ricos, produce cientos de miles de jóvenes endeudados casi de por vida para poder pagar sus estudios, sin la seguridad de obtener un empleo seguro que les permita saldar su deuda; además de ser el mecanismo de formación de los cuadros políticos, administrativos, científicos y técnicos que reproducirán las condiciones para la prevalencia del sistema y, también, de ser una vía importante para la formación de ciudadanos acríticos y dóciles.
- La privatización de la guerra, que permite a empresas conformadas por mercenarios a vender servicios para desestabilizar o derrocar gobiernos de países, o a la eliminación de personas o grupos, que rechazan someterse a los dictados del imperio.
- El manejo privado, como negocio, del sistema carcelario, mecanismo que mediante un alto grado de corrupción policial y judicial es campo fértil para la injusticia.
- Los medios de información y difusión, como un gran negocio cuya principal premisa no es precisamente la verdad, también al servicio del capital, utilizados en gran medida para el control ideológico y político de la población.
- Con objeto de asegurar la vigencia y reproducción del capitalismo y recuperar en parte el hegemonismo perdido, como país es el mayor generador de violencia a nivel mundial, el mayor promotor y practicante de terrorismo y el mayor violador del derecho internacional. La élite económica y política actúa, con el mayor descaro, como si el mundo les perteneciera.
- El comportamiento de su actual presidente y los altos mandos de la administración pública a su cargo raya en fascismo y ello agudiza sus contradicciones internas e internacionales.
- La obsesión de su presidente por la reelección para un segundo mandato es tal que no es aventurado pensar que emprenda medidas o acciones que vulneren más y pongan en serio peligro la paz, de por sí frágil, tanto al interior de su país como a escala internacional.
Por si lo anterior fuera poco, el hecho de ser un país construido sobre los cimientos del despojo, marginación y eliminación de las comunidades originarias, la esclavitud, la explotación, el supremacismo y el racismo, sobre todo entre la élite dominante y algunos estratos económicamente fuertes aún se mantienen resabios de esos orígenes. Entre otros, aspectos que contribuyen al deterioro y decadencia del imperio más poderoso que ha conocido la humanidad.
Mal está una sociedad cuando la obtención de ganancias y acumulación de riqueza es su principal objetivo y, salvo un estrato muy pequeño, se olvida de sí misma.
La solución a sus problemas surgirá del propio pueblo norteamericano.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Protesta en Washington por el asesinato de George Floyd y contra el racismo institucional en Estados Unidos. | Foto: Koshu Kunii (@koshuuu) / Unsplash.
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