SOMOSMASS99
Agustín Ramírez Agundis*
Miércoles 3 de abril de 2019
De manera natural centramos nuestra atención en los asuntos políticos, económicos y sociales de nuestro México. Sin embargo, no es acertado desvincular el acontecer nacional de lo que sucede a nivel global en todos los ámbitos.
Es difícil no darnos cuenta de la fuerte interrelación que existe entre lo interno y lo mundial. Por ejemplo, de inmediato viene a nuestra mente el asunto del flujo migratorio que en estos tiempos está presente literalmente en las calles y caminos en buena parte del territorio nacional. Atrás de ese fenómeno –aunque no habría que catalogarlo como tal- están presentes situaciones de diversa índole que obligan a la gente a buscar mejores condiciones de vida en otro lugar, al no tener la oportunidad de alcanzarla donde nacieron y crecieron. Eso es sumamente tangible, lo podemos constatar día con día en los cruceros y bajo los puentes vehiculares de Celaya.
En el campo de la economía, aunque de manera menos obvia para una parte de la población, existe una fuerte conexión entre lo que deciden y hacen en ciertos países con la buena o mala marcha en el nuestro. Hoy, como ejemplo, una buena parte de los ingredientes de los alimentos que consumimos son importados: maíz amarillo, soya, trigo, carne de cerdo, leche, huevo, pollo, frijol, uvas, manzanas, peras, membrillos, arroz, entre otros; como consecuencia, el precio de lo que finalmente llega a nuestra mesa varía en función de las circunstancias prevalecientes en los lugares de origen, por muy apartados o muy próximos que estén.
Aún más lejos directamente de nuestra vida diaria, está eso del tipo de cambio. Según lo explican los que saben o dicen saber de ese tema, el peso se devalúa porque Trump hizo tal o cual declaración o, por lo contrario, se aprecia porque los chinos promueven en todo el orbe su teléfono inteligente Huawei y los servicios digitales relacionados. Es decir, eventos que aparentemente nos son ajenos alteran de inmediato el valor de nuestra moneda.
México vive hoy el comienzo de un proyecto que tiene como propósito central transformar profundamente las estructuras del país con base en una visión radicalmente diferente del papel de las instituciones, en una concepción distinta respecto a lo que es la ciudadanía, en un nuevo enfoque de la cultura y su función social, y en la promoción de los valores más profundos de los mexicanos; el proyecto se propone metas muy concretas: erradicar la corrupción, ejercer la soberanía popular, conducir la participación de México en el concierto internacional con base en los principios fundamentales de política exterior, disminuir los niveles de desigualdad a través de programas económicos y sociales, poner en práctica mecanismos de democracia participativa y recuperar para el Estado la rectoría de los recursos naturales propiedad de la nación.
Al interior del país este proyecto cuenta con el apoyo de la gran mayoría de los mexicanos; pero también existe un sector que considera están en riesgo privilegios de los que ha gozado durante mucho tiempo, teniendo algunos de sus integrantes un fuerte poder económico, político y mediático. Con habilidad política y sensibilidad social, el nuevo gobierno que encabeza dicho proyecto ha venido sorteando las dificultades que le plantean esos detractores, sobre todo a través del diálogo, la negociación y el convencimiento de que por encima de todo debe estar el interés nacional.
Queremos llamar la atención de que es necesario comprender que ese proyecto no debe desentenderse de las circunstancias e intereses que prevalecen en el plano internacional. El neoliberalismo, al cual el nuevo gobierno achaca una gran parte de nuestros problemas, no es un modelo que los gobernantes mexicanos hayan adoptado ni, mucho menos, ideado. El neoliberalismo en realidad es una vía a través de la cual el capitalismo intentó reactivar el sistema económico mundial. Como bien lo dice un economista[1]:
El modelo económico neoliberal impuesto en la periferia de forma ortodoxa ha dado sus frutos durante estos últimos treinta años. Frutos amargos para quienes lo aplicaron casi de forma fiel, y muy dulces para sus creadores en los centros de poder económico, político y académico mundial. Hoy muy pocos son los que se cuestionan el estruendoso fracaso que en materia de crecimiento económico y desarrollo ha sido el Neoliberalismo para América Latina. Sin embargo, algunos economistas defensores de la economía convencional achacan el fracaso a cuestiones básicamente extraeconómicas como la carencia de institucionalidad requerida, de una mayor movilidad y flexibilidad económica y social y toda una suerte de factores para justificar los fallos propios del Neoliberalismo como vía al crecimiento y desarrollo económico.
El llamado es éste. Con los detractores que operan en el plano interior, el gobierno federal tiene la oportunidad del diálogo y la negociación. Con los que intervienen desde el exterior a través de los organismos extranjeros, multilaterales y privados hay que tener mayor atención y cuidado. Como ejemplo, allí está la presencia de las llamadas compañías calificadoras que no cesan de amenazar al gobierno y sus empresas con el castigo de reducir la calificación de la deuda si el gobierno no accede a poner en práctica las medidas que ellos, desde el exterior, consideran convenientes. ¿Convenientes? ¿Para quién?
La Cuarta Transformación está en marcha, a quienes estamos convencidos de impulsarla para que avance rápidamente nos toca comprender cabalmente sus propósitos a través de su análisis y su discusión, de modo que no caigamos en la tentación de transitar por espejismos que aparentemente facilitan el camino pero en realidad no llevan muy lejos.
[1] Sierra Lara, Y., «El Neoliberalismo y su dinámica en el Capitalismo Subdesarrollado» en Contribuciones a la Economía, enero 2008 en http://www.eumed.net/ce/2008a/
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Foto de portada: Sitio oficial de Andrés Manuel López Obrador.
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