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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 29 de junio de 2018
A dos días de la elección presidencial y tras casi treinta y seis años de entrega constante de bienes y riquezas nacionales al capital privado, violación sistemática en materia de derechos humanos en todos los ámbitos, empobrecimiento de amplias capas de la población, el insultante avance de la corrupción tanto en esferas públicas como privadas, violencia e inseguridad, la cancelación de un futuro de vida digna a la niñez y juventud actuales y la pérdida de soberanía nacional y popular, por citar algunos de los problemas más apremiantes que padece la sociedad mexicana, cabría la reflexión personal y colectiva acerca de qué país queremos.
Si el resultado de esa reflexión muestra que la mayoría de quienes habitamos este país deseamos un cambio en nuestras condiciones de vida y trabajo que nos permita, como sociedad, superar los problemas y obstáculos que impiden nuestro desarrollo, entonces es momento de pensar qué y cómo hacer para lograrlo.
Ese cambio y esas condiciones tendríamos que construirlas nosotros, el pueblo, independientemente de quien resulte vencedor en la elección del 1 de julio, con la diferencia de que la magnitud y dificultad del esfuerzo por la transformación que el país requiere dependerá en gran medida del escenario que surja del resultado de la contienda electoral.
Por un lado, si el «triunfo» electoral es para alguno de los candidatos que representan la continuidad de las políticas neoliberales, Anaya o Meade, el control sobre los trabajadores y el pueblo en general será más rígido, la represión contra las expresiones de inconformidad se agudizará y las condiciones de vida y trabajo de la población continuarán deteriorándose como lo han hecho desde hace seis sexenios, lo que sin duda dificultará aún más las luchas populares.
Por otro lado, si el voto popular favorece a López Obrador y la ciudadanía es capaz de impedir un fraude electoral, las condiciones para la transformación del país serán menos difíciles, por la posición y propuestas de corte nacionalista del candidato de la coalición que encabeza el partido Morena, sin que este escenario signifique la solución automática de los problemas nacionales sino un contexto menos desfavorable para resolverlos, debido a que varias demandas populares forman parte de su oferta política; razón por la que convendría apoyarlas decididamente y, de ser posible, ampliar sus alcances e impulsar la recuperación de los bienes y riquezas nacionales que han sido objeto de despojo por la actual política antinacional y antipopular de los gobiernos neoliberales.
En cualquier caso, como una facultad soberana, corresponde al pueblo decidir y definir el tipo de país y de gobierno que quisiera tener.
Y en ese contexto soberano convendría, como pueblo, definir qué áreas económicas y geográficas o actividades son estratégicas y cuáles no lo son, para que las primeras se conviertan en propiedad y operación exclusiva e inalienable de la nación; de igual manera, sería conveniente establecer claramente las reglas de participación del capital privado, cuando no haya otra opción y se presente la necesidad de su colaboración en ese tipo de áreas o actividades, de modo que tal participación no comprometa la propiedad ni la soberanía nacional.
Como podrá advertirse, la participación del pueblo organizado es esencial para la transformación de nuestro país, tanto en el esfuerzo para materializar sus demandas como en la preservación de sus conquistas y de los bienes y riquezas de la nación.
Por ello, sin ser fundamental, la elección del 1 de julio adquiere singular importancia, sobre todo porque es un campo que a la lucha popular no conviene desestimar ni menospreciar, más si se presenta la oportunidad de vincular y unir esfuerzos por la transformación de nuestro país y, de esa manera, realizar aportes valiosos para definir el México que queremos.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: El Sur de Campeche.
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