©Gaudencio Rodríguez Juárez
Psicólogo / [email protected]
La publicación con mayor alcance hasta ahora en mi página facebook.com/GaudencioRJ es una cita del libro de mi autoría “Cero golpes”: “en esta época algunos padres que desean evitar el uso de castigos físicos y psicológicos con sus hijos terminan incurriendo en otra modalidad que aún no aparece en la taxonomía del maltrato: la sobreprotección y la permisividad excesiva”.
Tiene un remate con dibujos y la siguiente leyenda: “no maltrates a tus hijos dándoles todo lo que pidan”.
¿Por qué afirmo que la sobreprotección y la hiperpermisividad es una forma de maltrato posmoderna aun cuando no se encuentra en las taxonomías del maltrato infantil?
La respuesta es porque reúne las condiciones de la definición que la Organización Mundial de la Salud otorga a dicho concepto. De acuerdo a dicha organización internacional, el maltrato infantil abarca todas las formas que originan un daño real o potencial para el desarrollo, la salud o dignidad del niño.
Y, sin lugar a dudas, la sobreprotección y la hiperpermisividad traen como consecuencia afectación y daño al desarrollo infantil, pues se traduce en niños inseguros, con dificultades para desarrollarse, para madurar, para asumir riesgos, para adaptarse a las situaciones nuevas, para enfrentar sus retos y problemas cotidianos. Esto en el caso de ser niños o niñas con temperamentos apacibles, tranquilos.
O bien, si nacieron con un temperamento fuerte, en niños tiranos: exigentes, mandones, indolentes, en algunos casos antesala de los trastornos narcisistas y antisociales de la personalidad adulta.
Niños y niñas que tendrán dificultades para socializar, para convivir, para estar en grupo y que terminarán por ser excluidos.
Tratar bien a los niños y a las niñas no significa dejar que hagan lo que ellos quieran, tampoco evitarles todas las situaciones que implican un reto y, por lo tanto, un riesgo. El buen trato consiste en estar atentos a sus necesidades de desarrollo, así como crear las condiciones para que puedan asumir riesgos medidos. Evitarles esto es dejarlos inermes ante la vida y sus riesgos y frustraciones.
Los psicólogos Jaume Soler y Mercè Conangla —parafraseando a Luis Rojas— afirman que los niños que durante su infancia no han aprendido a vivir situaciones de frustración serán buenos candidatos a sufrir conflictos psíquicos de adultos puesto que sólo estarán preparados para enfrentarse a situaciones de éxito y cuando aparezcan los problemas no sabrán solucionarlos. Entonces, se hundirán.
Es por esto que resulta una crueldad sobreprotegerlos.
El hecho de que mi publicación se haya hecho viral en redes sociales confirma mi sospecha: estamos ante una práctica parental que goza de vigencia significativa. Lo cual es una mala noticia para la infancia.
Un niño al que se le resuelve todo o que se le permite realizar todos sus deseos —aun los dañinos para sí mismo o para los demás— termina por sentirse inútil, invisible, devaluado. Pues aunque al inicio puede sentirse contento por salirse con la suya, a la larga y en el fondo comienza a sospechar que si nadie le pone límites, proporciona consejos, ofrece guía o retroalimentación a sus conductas, es porque no le importa a nadie.
El buen trato consiste en asumir nuestro papel de autoridad. Lo cual significa ayudar al niño o a la niña a crecer, a madurar, a ser mejor persona. Para lo cual muchas veces será necesario decirle no a sus deseos y enfrentar su frustración; será necesario dejar de hacer lo que él o ella ya puede hacer; será necesario permitirle que asuma sus riesgos, que asuma su vida.
No hacer lo anterior implica una cierta dosis de maltrato.
El buen trato, pues, está en el punto medio entre la protección necesaria y la sobreprotección; entre la guía en un marco de acción y la hiperpermisividad.
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