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El ritmo duplicado

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 24/07/2018

SOMOSMASS99

 

Moisés Villa*

 

El ritmo duplicado

Al entrar en las oficinas todo le pareció muy silencioso, como si nadie supiera hablar en ese lugar o como si el silencio absoluto fuera la mejor decisión. Acaso se escuchaba un teléfono que se colgaba de inmediato en un golpe seco o el cuchicheo del mascar con la boca alguna nueva. Se acercó a la recepción y dio su nombre. En un tono salivoso le dijeron que esperara. Se paseó un momento por el vestíbulo cuando del fondo vio que se acercaba un hombre joven que apenas llegó a ÉL le extendió la mano en señal de un seco saludo. Se presentaron y el hombre le dijo que lo siguiera. Con frases aisladas y cortas le explicaba mientras caminaban la distribución del edificio. Cómo subir, dónde bajar, dónde girar y cómo pedir ayuda si se perdía. Los pasos de ambos resonaban y en el fondo se escuchaba un repiqueteo mecánico, una musiquilla de golpeteos que provenía de alguna profundidad y que vibraba en las paredes. Llegaron a un cuarto donde se guardaban utensilios de trabajo. El hombre tomó un chaleco naranja de un cubículo y se lo dio a Él. El uniforme de trabajo.

Salieron y le pidió que lo siguiera por otro pasillo para indicarle dónde estaban los baños, dónde le iban a pagar y lo más importante dónde era su puesto de trabajo. Él tenía la sensación de que habían bajado varios pisos sobre la tierra, a juzgar por el frío de las paredes y las luces mortecinas. Al fin, llegaron a una bodega con largas bandas móviles como lenguas que lo escupen todo, donde unos hombres separaban el material entre el parpadeo blanco de las luces y el ritmo infinito de la jornada. Le indicó su lugar de trabajo entre unos hombres que apenas lo miraron cuando se colocó entre ellos y lo último que le dijo era que si sentía sueño, lo mejor era mascar un chicle para activar las neuronas.

La semana pasó y Él se acostumbró a los movimientos mecanizados para separar todo por su color. Ninguno de sus compañeros hablaba, sólo algunos le habían dicho su nombre en un balbuceo poco comprensible y no había salido nada de sus bocas desde entonces a no ser por un mascar continuo y por esporádicos espasmos de la voz parecidos a los de un anciano. Se dedicaban a separar todo en silencio, con minuciosidad y sin perder el ritmo mecánico al que se llegaba a una especie de nirvana.

Comenzó a mascar chicle como los demás a la segunda semana. Ahora se cargaba dos cajetillas, la de cigarrillos y la de chicles. En alguna ocasión, presa de un primer aguijón de aburrimiento se había atrevido a señalar alguna minucia sobre el ambiente a manera de sacar plática. Sin embargo, algunos lo miraron como se ha de mirar a un estúpido, uno que ha roto la primera regla de la casa. A la segunda semana, el silencio ya no le parecía tan mal, pues lo hacían pensar mucho en su porvenir. Era tanta la dedicación en pensar mientras atendía la banda, que imaginaba todo lo que en ningún momento de su vida podría tener pero que ahí sentía reales. Después de todo era mejor esa inventiva que confrontar su triste vida de operador en una línea de producción.

El primer año se vino con buenas noticias. Al parecer, Él había logrado vencer la primera prueba de resistencia en el puesto, con sus cajetillas como municiones. Inclusive sentía cierta satisfacción en disfrutar lo que creía otros veían como un martirio. Se le veía jovial, tarareando cancioncillas en lo bajo, en fin, como si no estuviera por llegar a los cuarenta. Ese primer año lo había llevado sin inconvenientes. El siguiente resultó ser un año funesto, donde le aparecieron por primera vez los problemas de memoria. Aún recordaba con horror aquella vez cuando olvidó la palabra para cuchara. Miraba el objeto y sentía que aquello no podría tener un nombre en su simpleza de líneas, que ningún sonido podría designar esa identidad. Al pasar unos minutos le había venido la palabra como una cuchillada. Sin mayor alarma, esa vez, había terminado de cenar y se había ido a dormir sus pocas horas.

Esos episodios comenzaron a repetirse pero ninguno que pusiera en riesgo su vida, o eso creía, así que no se alarmaba demasiado. Lo atribuía a las largas jornadas de trabajo o quizá a la pérdida de interés en su propia vida. Al finalizar ese año en sus oídos resonaba casi siempre el golpeteo del plástico de colores sobre la banda; sino es que ya se había vuelto un sonido permanente en su interior y Él ahora era incapaz de advertir la diferencia.

Kaz kaz Separa kaz kaz Separa…

Al pasar más años, el sonido ya era parte de ÉL, sin duda. Además, cada vez se le complicaba hacer todo al regresar a casa. Le venían repentinos espasmos reflejo de los movimientos automatizados que hacía en el trabajo y la constante necesidad de mascar gomas sin sabor le tenían los labios hinchados todo el tiempo y le habían provocado úlceras en la boca del esófago.

Los dientes ya mostraban una evidente señal de desgaste y las comisuras de los labios se le habían vuelto rígidas, en enojo permanente. Se acostaba, encendía el televisor, intentaba dormir, en fin, ningún estado le permitía imaginarse como lo hacía en el trabajo, en ese esplendor de imaginerías que se lograba con el ritmo infinito de la banda. Sólo ahí podía llegar a ese nirvana en donde ÉL era otro, el hombre más dichoso, el elegido. Por el contrario, en su casa, todo le impedía pensar en una vida diferente a la suya. Los muebles viejos, descoloridos y la nevera ruidosa no se comparaba ni un poco a la más desabrida de sus fantasías.

Pasaron ocho años. La producción había incrementado y recurrían con frecuencia a horas extras a pesar del exceso de personal. ÉL había imaginado la fantasía perfecta y había descubierto un contradictorio talento para recordar todo el tiempo cada detalle de Ella. En los talleres, se habían abierto más líneas de producción y la demanda no dejaba de crecer. Si se miraba desde arriba parecía un hervidero de movimientos coordinados, una macabra coreografía de diez mil personas sin equívoco alguno. A ÉL se le veía con las arrugas apiladas bajo los ojos y con un semblante taciturno. Kiz Kaz. La dentadura se le había separado y su boca producía una saliva pastosa efecto de masticar demasiada goma. Kiz kaz. Sin embargo, en su mirada aún tenía ese brillo de quien se está imaginando en una vida mejor, el mismo brillo que había tenido a lo largo de los últimos años conseguido a ritmo de concentración, o así lo creía. Era, sin duda, ese brillo maldito, el mismo que tenían todos los que estaban ahí marcando un ritmo que jamás se detenía.


* Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Actualmente participa como difusor de la lectura y la escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.

Fotos de portada e interiores: Pixabay.






Luis López




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3 Comentarios

el 24/07/2018

Me fascinó, Moy. ¡Bienvenido!

el 24/07/2018

Magnífico.
Triste. Terrible. Pero magnífico.

el 26/07/2018

Sentí latir mis tripas y mi corazón era él en la línea de producción. Chingón



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