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En Cempoala y Veracruz se definió el destino de la conquista de México

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 30/10/2019

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 30 de octubre de 2019

 

Los españoles dependían por completo de los guerreros indígenas, que conformaban la mayoría de sus tropas.

– Michel Oudijk, Mathew Restall

 

Veracruz, “cuento de pescadores que arrulla el mar”, allí se decidió sólo el destino de la conquista, no el de esta patria nuestra que se fue formando con todas las naciones de la tierra, desde los pueblos originarios, hasta este siglo XXI, con grandes luchas por la dignidad, por mejorar la herencia que nos dejaron mujeres y hombres de los cinco continentes y los casi 500 años que nos separan de ese momento, de todo lo bueno y malo, imaginable.

Para conocer la versión española de lo que pasó en Veracruz contamos con Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y López de Gómara, los posteriores biógrafos e historiadores en ellos se basan. Aunque Bernal acusa a Gómara de mentiroso, sigo a los tres, pero más a Bernal Díaz[1]. En todos hay un revoltijo de fechas y acontecimientos; vamos con mucha imaginación y creatividad a tratar de rehacer los hechos fundamentales.

Pero antes de iniciar este recuento, es indispensable tener presente que los españoles estaban en un territorio desconocido, como minoría absoluta, que dependían por completo de los guerreros indígenas, de los tamemes (cargadores) y del sustento que en todos lados les daban[2].

El Jueves Santo, 21 de abril de 1519, Antón de Alaminos, que había viajado varias veces a estas tierras, protegió la flota de los posibles nortes, al abrigo de San Juan de Ulúa. “Obra de media hora que hubimos surgido, vinieron dos canoas muy grandes…”, en ellas llegaron muchos indios que se identificaron como mexicanos, fueron directo al navío mayor, le dieron a Cortés la bienvenida y le preguntaron de parte de Moctezuma, de dónde venían, qué hombres eran y qué buscaban “y que si algo hubiésemos menester para nosotros y los navíos, que se lo dixesemos, que traerán recaudo para ello. Y Cortés respondió con las dos lenguas, Aguilar y Doña Marina…”[3] ¡Una comunicación en tres idiomas! ¡Cuántos malos entendidos e invenciones pudieron darse![4]

Después de los saludos ceremoniales, Cortés decidió que esperaran mientras Fray Bartolomé de Olmedo celebraba misa cantada. Al terminar la misa, se retiró con los Señores, se afirmó como cristiano ¿Qué significaba eso para los indios?

Y les dijo Cortés que era vasallo de Don Carlos de Austria, emperador de cristianos, rey de España y señor de la mayor parte del mundo, a quien muchos y muy grandes reyes y señores servían y obedecían, y los demás príncipes se honraban de ser sus amigos, por su bondad y poderío; el cual, teniendo noticias de aquella tierra y del señor de ella, lo enviaba allí para visitarle de su parte, y decirle algunas cosas en secreto, que traía por escrito, y que se alegraría de conocer; por eso que lo hiciese saber así a su señor, para ver donde mandaba oír la embajada. Respondió Teudilli que se alegraba mucho de oír la grandeza y bondad del señor Emperador; pero que le hacía saber que su señor Moctezuma no era menor rey ni menos bueno; antes bien, se maravillaba de que hubiese otro tan gran príncipe en el mundo…[5]

El sábado llegó ayuda, Cuitlalpitoc (Pitalpitoque-Ovandillo), con “muchos indios”, que arreglaron las chozas, les pusieron mantas encima para protegerlas del sol, les llevaron gallinas y pan de maíz. El domingo apareció nuevamente Tentitl (Tendile-Teudilli) con más presentes y viandas. Iban y venían los embajadores, con alimentos y regalos deslumbrantes. “Tendile traía consigo grandes pintores que los hay tales en México y mandó pintar al natural rostro, cuerpo y facciones de Cortés, y de todos los capitanes, y soldados, y navíos, y velas é caballos y a Doña Marina, é Aguilar, hasta dos lebreles, é tiros, é pelotas, y todo el exército que traíamos é lo llevó a su Señor”[6].

¡Qué oportunidad para una exhibición de fuerza, carreras de caballos y fuego de artillería! A México fue la embajada, a los siete días regresó, no eran tan distintos, con ellos venía Quintalbor, un cacique que en “el rostro, facciones y cuerpo se parecía al capitán Cortés, y adrede lo envío el gran Moctezuma”.[7] Los regalos esta vez fueron más impresionantes, entre ellos un gran sol de oro muy fino, primorosamente labrado, tan grande como una rueda de carreta, una luna de plata, aun mayor. Y el cubetazo de agua fría, Moctezuma no se dignaba recibir a quienes lo cuestionaron: “en quanto a la vista, que no le hablen más sobre ello”, y a su emperador le manda decir “que ya no cure de enviar más mensajeros a México”. ¡Cómo se atrevían a decirle que su religión no era verdadera! ¡Y a pedirle que renunciara a ella! Moctezuma los corría. No dejaba alternativa, ¿cómo, con tan pocos hombres, adentrarse en un territorio desconocido?

Las huestes de Cortés se dividieron entre los incondicionales de Diego Velázquez que pretendían regresar a Cuba, informar al gobernador, preparar una expedición mayor, mejor pertrechada y los que querían poblar e independizarse del obeso gobernador que no arriesgaba nada. La situación era difícil. Moctezuma había demostrado su fuerza, hablaba en serio, los indios que los alimentaban se fueron, el hambre los mordía ¿cómo internarse en un territorio dominado por un emperador tan poderoso? Un acontecimiento cambió el rumbo de la conquista.

Aparecen los totonacas

Y un día estando yo y otro soldado puestos por espías en unos arenales, vimos venir por la playa cinco indios (…) los dexamos allegar a nosotros, y con alegres rostros nos hicieron reverencia a su usanza…[8]

Al llegar con Cortés le hicieron grandes reverencias y “le dixeron Lopelucio, Lopelucio”, (gran señor) o por lo menos eso oyeron. Su forma de vestir, adornarse el rostro deformado con bezotes y orejeras, su lengua, eran diferentes, sus intérpretes no la conocían. Doña Marina preguntó si alguien hablaba náhuatl, dos de aquellos cinco lo entendían. La comunicación se hizo en cuatro idiomas “Y de plática en plática supo Cortés como tenía Moctezuma enemigos y contrarios”.[9]

¡Vaya! Parecía que no se trataba de un sólo reino, este nuevo mundo estaba tan dividido como el viejo, como los españoles en guerra permanente contra franceses, ingleses, napolitanos o con mayor fuerza, contra los moros; si era así la conquista estaba en camino; podía indagarse más, mientras tanto era indispensable conocer el lugar sin arriesgar mucho y allá mandó recorrer la costa al imprescindible Antón de Alaminos con Montejo y otros capitanes. A doce leguas divisaron Quiavistlán (Quiahuiztla), un caserío despoblado donde los navíos estarían protegidos por un peñón. Allí mandó Cortés que se moviera el campamento.

De esta manera, la tres veces heroica Veracruz nació por azar, de la rivalidad de dos facciones y por el conocimiento de que en este nuevo mundo había pueblos en pugna, con muchos agravios que solucionar. Los leales a Velázquez insistían en regresar a Cuba; Cortés desplegó toda su astucia, sobornó a unos, convenció a otros, encarceló a los cuatro más radicales, a la mayoría les dijo que al día siguiente embarcarían para volver; mientras tanto, entre sus seguidores corrió la voz de madrugar y de mañana fundar una Villa: “Y luego ordenamos de hacer y fundar, é poblar una villa, que se nombró la Villa Rica de la Vera-Cruz; porque llegamos Jueves de la Cena y desembarcamos en Viernes Santo de la Cruz (…) fundada la villa, hicimos Alcalde y Regidores (…) se puso una picota en la plaza, y fuera de la villa una horca”[10], los alcaldes electos fueron Alonso Hernández de Portocarrero (amigo de Cortés) y Francisco de Montejo (leal a Velázquez), los regidores, alguaciles, procurador, tesorero, contador, eran incondicionales de Cortés. Así la conquista y la colonización se tornaron legales cuando el primer ayuntamiento de México se instaló. Dos instrumentos de muerte eran la señal de que el ayuntamiento se había formado a la usanza española.

A Cortés, el cabildo, en representación del rey, le dio una nueva investidura como Capitán del Ejército y Justicia mayor, todo en forma perfectamente legal asentada en una primera Acta Notarial, con fecha del 22 de abril de 1519. Y por supuesto que la cronología no sale, habían pasado varios días en las idas y venidas de los mexicas hasta la aparición de los totonacas; entonces era indispensable la argucia de cambiar la fecha para justificar las acciones de poblamiento. De allí vienen algunos malos entendidos.

Dos desigualdades ancestrales

Chicomecoatl, el cacique gordo cuyo nombre en náhuatl significa “siete serpiente” y es idéntico al de la Diosa “de los mantenimientos, así de lo que se come como de lo que se bebe”[11], mandó sus hombres al encuentro con Hernán Cortés.

Siglos de dominio de una casta sacerdotal-guerrera que unía el poder político, económico y espiritual habían engendrado una terrible desigualdad, la sumisión del pueblo convencido de que la catástrofe acabaría una vez más con la humanidad y el mundo si dejaban de trabajar para los señores y sacrificar a los dioses, rara vez explotaba y rompía sus cadenas. El templo era el centro del Señorío, una réplica del cosmos, de allí emanaba el poder sagrado que mantenía el orden, pirámide social en cuya cúspide los gobernantes-sacerdotes velaban por la salvación colectiva, alimentaban a los dioses con la sangre preciosa para preservar la existencia; jóvenes, doncellas y niños eran sacrificados para  sustentar la vida y dotar de sentido al sufrimiento[12]. El miedo a romper el equilibrio cósmico daba sentido a los rituales y mantenía sometidos a los campesinos, artesanos, cargadores, esclavos. Conservar el equilibrio implicaba la guerra florida, la toma de prisioneros, los sacrificios y la extracción del tributo. Sociedad de guerra, altamente jerarquizada, profundamente desigual.

Todo nuestro saber sobre la cosmovisión india está matizado por la interpretación inicial que le atribuyó un carácter demoníaco y por la forma que asumió la cristianización forzada, violenta, generadora de un miedo que llevaba a la simulación, “lo que los misioneros creían conocer de las culturas autóctonas se basaba en muchos casos en falsedades…”[13], lo que nosotros creemos que sabemos, se basa en ellos o en interpretaciones de códices de los que nos separan siglos de incomprensión y silencio.

La cosmovisión indígena aunque en apariencia muy distinta de la cristiana, tenía consecuencias similares, los reyes europeos hacían creer que gobernaban por “derecho divino”, los nobles y guerreros vivían a costa del trabajo de campesinos, artesanos y esclavos, en una desigualdad aún mayor. El pueblo soportaba el aumento de los impuestos, de las rentas en trabajo, especie o dinero y veía cómo una clase se dedicaba a hacer la guerra para mantener sus privilegios, dejando a su paso desolación y muerte. Y era el sumo sacerdote, el llamado Papa, quien los distribuía por el poder que recibía directamente del Espíritu Santo y los ejércitos que lo sostenían.

Las creencias y el miedo mantenían a los pueblos en la aceptación de su inferioridad. A quien cuestionaba se le llevaba al tormento, o la hoguera, la inquisición había generado un temor profundo a disentir; la horca y la picota eran los símbolos de las villas españolas. En los países que renegaron del catolicismo, el cristianismo adquirió una cara aún más descarnada: la quema de brujas y la persecución de los herejes tomaron formas terribles en los países protestantes.

Esos mundos desiguales, con una religiosidad profunda y un sometimiento a la autoridad, acompañado de intrigas entre nobles y señores se encontraron en el Totonacapan hace 500 años.

Tiempo atrás, a mediados del Siglo XV (1440-1469), Cempoala y los pueblos cercanos a la costa del Golfo habían sido derrotados por el ejército mexica de Moctezuma Ilhuilcamina, el flechador del cielo. Como consecuencia de su derrota, tuvieron que vivir para pagar altos tributos y contribuir para las víctimas de los sacrificios. Cada año al llegar los recaudadores por el tributo y por “cientos de niños” para ser usados como esclavos, el odio y la humillación crecían en todo el Totonacapan, desde la región central del estado de Veracruz, hasta extensas zonas del estado de Puebla.

Cempoala se ubicaba en una llanura cercana a la costa, la ciudad estaba semi amurallada para protegerse del desbordamiento del Rio Actopan, los totonacas habían construido una red de canales gracias a los cuales prosperaban la agricultura y fruticultura; por su belleza los españoles la compararon con Sevilla, por su abundancia le dieron el nombre de Villa Viciosa. Su nombre en náhuatl, Cempoalatl, significa veinte aguas, quizá por los canales y acueductos que regaban los jardines y campos de labranza; era la ciudad más grande del golfo de México, la capital totonaca, en ella vivían también chinantecas y zapotecas, su población era de unos 25 a 30 mil habitantes. Cuando la embajada totonaca se presentó espontáneamente a Cortés, le ofrecieron una alianza contra Moctezuma. El traslado de la Villa Rica de la Vera Cruz a Quiahuiztlán que pertenecía a Cempoala se hizo con el consentimiento totonaca.

Después de fundada la Villa Rica, el cacique Chicomecóatl envío a doce indios con alimentos para los españoles; les “rogaba” que fuesen a su pueblo, que estaba a un día de distancia y allá se encaminaron, en el camino fueron viendo los altares de sacrificios. La belleza del lugar y el resplandor de sus casas los puso eufóricos. ¡La ciudad estaba hecha de plata! doña Marina y Aguilar se burlaron, era de cal con yeso, de allí quedó el dicho “todo lo blanco les pareciera plata”. En el palacio los recibió el cacique, les ofreció un banquete, le presentó a Cortés a otros indios principales, todos luciendo sus bezotes y orejeras de oro. Dijo el Capitán que se lo pagaría:

…porque somos vasallos de tan gran Señor, que es el Emperador Don Carlos, que manda muchos Reynos y Señoríos, y que nos envia para deshacer agravios, y castigar á los malos, y mandar que no sacrificasen mas ánimas; y se les dió á entender otras muchas cosas tocantes á nuestra santa Fe. Y luego como aquello oyó el Cacique gordo, dando suspiros se quejó reciamente del Gran Montezuma, y de sus Gobernadores, diciendo, que de poco tiempo acá le habia sojuzgado… Y como Cortés entendió que de aquellas quejas que daban al presente, no podian entender en ello, les dixo, que él haria de manera, que fuesen desagraviados… Y otro dia de mañana salimos de Cempoal, y tenia aparejados sobre quatrocientos Indios la carga, que en aquellas partes llaman tamemes, que llevan dos arrobas de peso á cuestas, y caminan con ellas cinco leguas, y desque vimos tanto Indio para carga, nos holgamos, porque de antes siempre traiamos á cuestas nuestras mochilas los que no traian Indios de Cuba…[14]

Ambos jefes se medían. Días más tarde, la llegada de cinco recaudadores mexicas, que fueron recibidos por los totonacas con grandes honores, sería definitiva; Cortés mandó apresarlos. A un recaudador que se resistía, ordenó le dieran de palos. No había retorno.

Cortés mandó que se dejase de dar tributo y no obedeciesen más a Moctezuma y que así lo publicaran con todos los pueblos amigos; a partir de ese momento el extremeño se convirtió en el capitán general de un ejército de miles de indígenas resentidos, que habían acumulado agravios y odios. “…é como ya no daban tributo ninguno, é los recogedores no parecian, no cabian de gozo en haber quitado aquel dominio”.

Para “ser hermanos” faltaban las alianzas matrimoniales y el dominio ideológico, destruir la religión anterior, crear un nuevo centro de poder, y así tomando muy en serio el parentesco “les llevaron a ocho hijas de caciques, una sobrina de Chicomecóatl: traianlas vestidas á todas ocho con ricas camisas de la tierra, y bien ataviadas á su usanza, y cada una dellas un collar de oro, y venian acompañadas de otras Indias para se servir dellas…”

Para los totonacas las alianzas matrimoniales ya estaban dadas, Cortés las recibió con “alegre semblante”. El paso siguiente era el dominio ideológico, la primera condición fue que las indias se bautizaran, la segunda, acabar con los “ídolos” y los sacrificios “… Y todos los Caciques, Papas, y principales respondieron, que no les estaba bien de dexar sus ídolos y sacrificios, y que aquellos sus dioses les daban salud, y buenas sementeras, y todo lo que habian menester…”[15]

Subieron las huestes de Cortés a la pirámide contra la voluntad de los indígenas y sus dioses rodaron escaleras abajo haciéndose pedazos. Señores y sacerdotes lloraban atónitos, acorralados entre el miedo a Moctezuma y el de sus dioses. Y nada pasó, el mundo no se terminó. Un nuevo templo se levantó sobre el antiguo, una cruz, un nuevo Dios, una imagen de la virgen.

La historia de la conquista española de Mesoamérica siguió estrategias y mecanismos similares a los que fueron utilizados en la época prehispánica, por el papel extensivo que tuvieron los aliados indígenas. Algunas de estas estrategias fueron la formación de alianzas de varios señoríos, la búsqueda de conquistas secuenciales, el uso continuo de las rutas comerciales y el otorgamiento de señoríos y tierras para forzar o motivar la participación de las comunidades nativas en las alianzas. La coacción colonial tuvo sus raíces en un sistema de administración y de gobierno que dependió de la colaboración de la élite local, que siguió siendo élite durante buena parte del Siglo XVI.[16]

En 1519, el llamado Cacique Gordo de Cempoala respondió a la llegada de Hernán Cortés y sus hombres con una propuesta de alianza con Tlaxcala, Huejotzingo y otras ciudades-estados para conquistar Tenochtitlan (López de Gómara, p. 34). Antes de la Conquista, estas alianzas entre ciudades se crearon con propósitos defensivos y ofensivos, y se convirtieron en mecanismos políticos fundamentales para las culturas de las ciudades-estados mesoamericanas (Herman Hansen, 2000, 2002).[17]

Michel Oudijk y Mathew Restall nos comparten cómo los españoles siguieron las formas de expansión indígena, todos los señoríos, y por supuesto los mexicas usaban el territorio recién conquistado, incluyendo a las personas y los recursos como trampolín para la siguiente conquista. A este mecanismo añadían las estrategias de explotar antagonismos locales y librar campañas de intimidación, durante las cuales se invitaba a las comunidades a rendirse pacíficamente mientras tenían “los ejemplos de otras ciudades ardiendo a su alrededor (Hassig, 1988:21)”. Este patrón de conquistas escalonadas es muy similar al de los españoles y sus aliados en Mesoamérica.[18]

Así la guerra Mesoamericana que había iniciado con la caída del mítico Teotihuacán -muchos años antes de que los mexicas salieran de Aztlán- y se mantuvo hasta la llegada de los españoles; continuó por otras vías durante los trescientos años de la Colonia y algunos del México independiente. Guerreros como el valiente pueblo yaqui, los bravos chichimecas, los invencibles mixes en Oaxaca, los llamados apaches chirikaguas, estos últimos con Jerónimo a la cabeza, fueron vencidos con la fuerza de los ejércitos norteamericanos, y de los mexicanos del norte, los combatientes mestizos de Chihuahua, después de la independencia.

La Corona española dominó el centro con la ayuda de los señores indígenas convertidos al catolicismo, vasallos del rey de España, y beneficiarios de la conquista. Pero, ni siquiera avanzado el virreinato, se tuvo el dominio de todo el territorio de lo que hoy es nuestro México. El mestizaje se fue dando desde Gonzalo Guerrero, las indias de Tabasco, las de Cempoala y las mujeres de los diferentes Señoríos que tuvieron hijos con los conquistadores. Algunos españoles para ennoblecerse se casaron con mujeres de la nobleza indígena, y así se creó una estructura de clases y castas con la fusión de las desigualdades Mesoamericanas y española.

En el mismo siglo XVI se fueron diferenciando los españoles pobres y los ricos, los indios pobres y los ricos.

La mezcla de razas en México es interminable, el amor no sabe de colores y eso está bien. Cada vez nuestro mestizaje es mayor y a él se han incorporado casi todos los pueblos de la tierra. Más allá de las razas, que en realidad no tienen ningún sustento científico, está la especie humana.

Con la estructura y la explotación clasista hay que acabar.


[1] Estoy utilizando para esté artículo el texto de la Biblioteca Saavedra Fajardo, porque está disponible en la red, Díaz del Castillo Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Para evitar referencias innecesarias, siempre que uso ese texto, escribo sólo la página. De López de Gómara Francisco, Historia general de las Indias, uso la versión de los talleres gráficos Agustín Núñez, Barcelona, 1954.

[2] Oudijk Michel y Mathew Restall, La conquista indígena de Mesoamérica. El caso de Don Gonzalo Mazatzin Moctezuma. Coedición: Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, 2008. https://www.academia.edu/8069149/La_conquista_ind%C3%ADgena_de_Mesoam%C3%A9rica_El_caso_de_don_Gonzalo_Mazatzin_Moctezuma, el documento es una joya. Consulta 15 agosto 2018.

[3] Díaz, Op. Cit. p.104 

[4] Jaime Montel nos recuerda la función complementaria de los pochteca (comerciantes-embajadores) como espías e informantes y proporciona argumentos suficientes para afirmar que Moctezuma no consideraba dioses a los españoles y que su táctica consistió en tratar de mantenerlos alejados con las formas de diplomacia conocidas en Mesoamérica, mientras organizaba la resistencia… por eso el gran Moctezuma sabía de su llegada  -por supuesto, sí tenía espías en todos lados- y rutas comerciales de Tenochtitlan a Guatemala, Montel Jaime, en su extraordinario libro: La conquista de México Tenochtitlan. Editorial Planeta, México, 2001. 

[5] López de Gómara, Op. Cit. pp. 49-50

[6] Díaz. Op. Cit. p. 107 

[7] Ibidem, p.108 

[8] Ibidem, p.115

[9] Ibidem, p.115

[10] Ibidem, pp. 118-119 

[11] De Sahagún, Fray Bernardino, Historia General de las Cosas de Nueva España, Editorial Porrúa, México, 1956, p.47 

[12] Las investigaciones profesionales y exhaustivas que se inician en el siglo XX nos acercan a la vieja cosmovisión mesoamericana y a las prácticas actuales con la mirada del otro. 

[13] Maurer, Eugenio, El cristianismo Tseltal en: Marzal Manuel M, et. al., El rostro indio de Dios,  Universidad Iberoamericana, México, 1994, p.117. 

[14] Díaz, Op. Cit., pp. 126-127 

[15] Ibidem.

[16] Oudijk Michel y Mathew Restall, Op. Cit. p. 46

[17] Oudijk Michel y Mathew Restall, Op. Cit. p. 48

[18] Ibidem.


Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Imagen de portada: Fundación de la Villa Rica de la Vera-Cruz. | Imagen: Fundación Carlos Slim.






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