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Enrique Peña Nieto debiera ser El Doctrinador brasileño

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 22/07/2015

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PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

 

Las autodefensas, las marchas populares y sus consignas, los arrebatos ciudadanos, la violencia que genera el hartazgo social, son manifestaciones de la gente que le gritan a la clase gobernante que no deben seguir llenándole el buche de piedritas a  las personas de a pie que exigen todos los días un mejor trato y el cumplimiento cabal de sus derechos humanos.

En Brasil, como lo registra el periódico español El País, el diseñador Luciano Cunha, ha creado un antihéroe llamado El Doctrinador, un antiguo soldado del ejército brasileño que tras su jubilación, decidió pedirle cuentas a la clase política corrupta de su país. La singularidad del Doctrinador es que no reta a debate de ideas a ningún político para conocer las razones o sin razones de su actuar público. El Doctrinador va a cazarlos, reclamarles su actuar y pegarles un tiro para que rieguen su sangre en pago por sus actos de corrupción.

Es insobornable y no permite negociación alguna, el antihéroe brasileño dictamina que el político por el que va, se le ha terminado su tiempo y es momento de reemplazarlo por alguien más que vivirá la misma suerte si incumple con su labor.

En México se necesita un Doctrinador, -no como el de Luciano Cunha, porque al final de cuentas como lo dice el diseñador amazónico, “es sólo un comic”- pero sí alguno que se atreva a lanzar al escrutinio público y el debido castigo, al  político incompetente y rapaz.

Ese Doctrinador mexicano debiera ser el presidente Enrique Peña Nieto, pero está más que demostrado que, o le tiembla en exceso la mano o es un muñeco de ventriloquia que emite enunciados dictados por otros.

Jesús Silva-Herzog Márquez y Carlos Puig retratan como nadie, a propósito de la fuga de “el chapo”, la inoperancia del gobierno federal para acabar con tan profunda e irritante incompetencia: el primero escribe que “en un Gobierno donde no hay funcionario que asuma las consecuencias de su torpeza es la cabeza la que aparece débil, vulnerable, dependiente. Cuando los funcionarios permanecen en sus puestos a pesar de mostrarse ostentosamente incompetentes, es el jefe quien merece reproche” y agrega Silva Herzog Márquez que no se pide cárcel para el secretario de Gobernación, se pide desempleo.

Y Puig, en una estampa de una metáfora aleccionadora, escribía en días pasados que el gobierno mexicano es solo “un gobierno que mira un hoyo” refiriéndose al túnel por donde el famoso delincuente dejó con un palmo de narices a Enrique Peña Nieto y su séquito de “inservibles públicos”.

Así, quien debiera dar una muestra de fortaleza sin duda alguna, es apenas un presidente que vive del glamour que una ciudad como Paris le da a él y a su esposa en uno de esos viajes de protocolo que sólo algunos cuantos entienden; quien debiera dar un absoluto golpe de autoridad, sólo remite al ridículo y a la burla; quien debiera pedirle la renuncia a todo su gabinete, arremangarse la camisa y dar una muestra de empatía total con sus gobernados, apenas si puede ya con sus discursos que apenas dicen poco.

Actitudes así, sólo envían una señal inequívoca y una licencia no oficial para que alguien, un día que no parece estar muy lejano, se adjudique ese mote de El Doctrinador mexicano, con recursos como el del brasileño, con formas que no permitirán la negociación, ni la súplica. Con formas que a nadie le habrán de gustar y todo porque quien debió enfundarse en el traje de la justicia, prefirió la insoportable arruga de la cobardía. Tiempo al tiempo.

 

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Luis López




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