SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 7 de febrero de 2024
Entelequia
Me gustaba mirar las casas de muñecas porque implicaba tener a la mano y a la vista, todo un hogar y sus componentes. Sin embargo, no me gustaba jugar a la casita. Me sentía fuera de lugar hablando por las muñecas a las que dábamos voz y vida mis amigas y yo, y con las que inventábamos historias que salían de nuestras vivencias, dificultades o ilusiones. Cuando ellas planeaban jugar a la casita, simplemente me aislaba y observaba.
Otra cosa sucedía cuando tenía una casa de muñecas ante mí, dejaba en libertad a la mente que seguido tenía la sensación de estar en una tierra de gigantes donde existía, para mi regocijo, la posibilidad de observar todo lo que hay en una casa y de manipular el contenido, no para jugar a la existencia de una vida irreal ahí dentro, sí para hacer creíble la fantasía de ver, de una ojeada, una casa y lo que envuelve.
Imaginaba, eso sí, que podía observar mi vida desde afuera, como si todo lo que sucedía en el cotidiano fuera el principal objeto de observación. Como en el recinto del psicoanálisis, donde se recrea lo que se vive en el día a día, lo que se siente y se construye a partir de la convivencia con las personas que te rodean y crean las percepciones con las que forjan la subjetividad que les da estructura, de la misma manera que todos lo hacemos.
La casa de muñecas surgía frente a los ojos de mi mente, cuando el narrador la mencionó en esa historia que fluía entre las páginas del libro que estaba entre mis manos, la del paleontólogo y el escritor,[1] cuando iban a una juguetería con motivos que, en este relato, no tiene sentido traer a colación.
Ahí, frente a la casa de muñecas, me asomé, y asombré al ver a unos amigos peleando entre sí. Tardé en darme cuenta que el motivo de su confrontación era yo, pero logré dilucidarlo al poner más atención, cuando del asombro pasé a la observación y escucha: dos de ellos me criticaban fuertemente y una, los enfrentaba, eso sí, con los mejores argumentos, poniendo las cosas en posición de triunfo para mí.
No acababa de salir de la extrañeza cuando mis amigos voltearon y se sorprendieron al verme gigante, observando y escuchando su fuerte discusión, afuera de la diminuta casa donde estaban. Tal fue su pasmo, que se quedaron mudos, pero como se habían tardado en descubrir que yo estaba ahí y que ellos eran unos personajes minúsculos, apropiados al tamaño de la casa de muñecas de aquella juguetería, despotricaron todo lo que quisieron.
Para mí fue enriquecedora esa escena, vi a mis amigos cual magistrados voraces que confrontan sus verdades esgrimiendo los argumentos que consideraban válidos, cada cual desde su óptica. Lo más interesante de las circunstancias era que ellos solamente eran los personajes que fluían desde mi entelequia y se explayaban frente a mí, con toda la crueldad que es posible, con toda la libertad para expresar lo que cada uno consideraba el deber ser, frente a lo que creía que había sucedido y lo que creía que habían sido los motivos que me movieron a actuar como lo hice, según sus recuerdos de aquel hecho.
Lo curioso de la situación es que, a partir de un mismo hecho, cada cual tenía su particular punto de vista, en ocasiones contrario al de los demás. Ahí no había reglamento, ley o constitución que fungiera como punto de referencia en el litigio, ahí solo eran puntos de vista sobre los hechos, interpretaciones sobre las reacciones, juicios en pro o en contra, que condenaban o absolvían.
Salí del ensueño y tuve claro que lo que me había movido a imaginar aquella historia era una casa de muñecas a la que se habían referido los personajes del libro que leía.
Y, ahora que lo escribo, hago consciencia de lo que conlleva la lectura. Te puede jalar de la mano para liberar tus pensamientos y tus sentimientos, más allá de lo que dicen las palabras, incluso de lo que el autor quiso decir.
En este caso, aquella casa de muñecas que veían el paleontólogo y el escritor poco tenía que ver con lo que estaba en mí. Sin embargo, detonó algo ahí adentro, algo que me había provocado alguna situación, tal y como yo la viví, más allá de lo que mis amigos vieron desde sus referencias.
Creo que por eso me gustan las casas de muñecas, porque son ficción que aparenta realidad y que permite imaginar una vida ahí adentro que solo existe si tú quieres, o que solo existe en tu pensamiento y la interpretación que haces de lo que sucede. Aunque, pensándolo bien, es otra manera de jugar a la casita.
Nota:
[1] La vida contada por un sapiens a un neardental, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Twitter: JatzibeCM
Instagram: Jatzibe_Castro
Foto de portada e interiores: Thomas Wolte / Pixabay.

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