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Alfonso Díaz Rey*

Viernes 11 de agosto de 2017

 

La “renegociación” del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que en breve comenzará, será un paso más en la dirección neoliberal de entrega del país al gran capital.

Para empezar, es una renegociación impuesta desde la óptica de los intereses de los capitales yanquis, de los que el troglodita que gobierna Estados Unidos es no solamente representante, sino uno de los miembros del clan que posee el poder económico y político en ese país.

Y a los “negociadores” del sur del río Bravo, sumisos a los intereses de los del norte y a los del gran capital local, no les quedará otra que obedecer y presentar como avances y logros lo poco que los vecinos del norte les quieran conceder.

Desde su inicio, el TLCAN más que beneficiar a nuestro país produjo retrocesos para la economía nacional por los graves impactos en el campo, la industria y los servicios que llevaron prácticamente a la quiebra a infinidad de campesinos y de pequeños y medianos empresarios; además, significó la pérdida de la soberanía alimentaria y el aumento de la dependencia estructural con respecto del capital monopolista transnacional.

“Nuestra” ventaja se basó en mano de obra con costos de los más bajos del mundo, la vecindad con el mercado norteamericano, un férreo control sobre los trabajadores, laxitud en la aplicación de la legislación laboral y en amplias cesiones y concesiones a los dueños del capital.

Y como cuando se firmó el TLCAN las condiciones no eran propicias para incluir el sector energético, se quedó fuera del tratado; sin embargo, mediante la modificación de leyes secundarias y en franca violación a la Constitución, comenzó una paulatina y constante entrega de ese sector al capital privado, extranjero en su mayor parte.

Con el sector energético antes nacional y ahora en franca y acelerada privatización, para agilizarla aún más los negociadores impulsarán su inclusión al TLCAN como un tema prioritario, con el argumento de fortalecer la seguridad energética de la región. ¡Otro gran logro de la (contra) reforma energética!

Tal actitud es sólo una muestra más del entreguismo, la desvergüenza y el carácter antinacional de quienes han usurpado el gobierno y cuya propaganda los presentan como los salvadores del país.

El TLCAN, como nos lo vendieron, sería un instrumento para impulsar la modernización y el desarrollo del país. Sin embargo, a 24 años de su entrada en vigor, la producción del campo ha caído al grado de que el país ha perdido su soberanía alimentaria y millones de campesinos se han visto obligados a emigrar en busca de medios de subsistencia para ellos y sus familias; la pequeña y aun la mediana industria nacional, en desventaja ante las transnacionales y la gran industria local, está en peligro de desaparecer o de ser absorbida por aquellas;  y lo que antes fue patrimonio nacional ahora es propiedad privada. Ese ha sido el costo de la asociación entre economías asimétricas o como la similitud que en su momento alguien planteo: la sociedad de una sardina con tiburones.

Así, en realidad, el TLCAN solamente vino a acelerar un proceso que obedece a leyes del sistema capitalista, proceso que tiene su fundamento en la cada vez mayor explotación de quienes trabajan y de las riquezas naturales del planeta, al que están devastando.

En ese contexto, perjudicó a trabajadores de los tres países y el beneficio fue para los grandes accionistas de las empresas que migraron sus procesos de mano de obra intensiva hacia el país que les ofreció todas las ventajas: México.

Ahora, el presidente de Estados Unidos, para cumplir una de sus promesas de la campaña electoral, exige la revisión de un tratado que, según él, fue lesivo para los trabajadores estadounidenses y su país necesita recuperar los puestos de trabajo perdidos a causa del TLCAN.

No es aventurado pensar que Trump logrará que algunas grandes empresas retornen a territorio de su país o que suspendan proyectos de inversión originalmente planeados para realizarse en México y ahora los desarrollen en Estados Unidos. Lo que no ocurrirá es que el gran capital pierda aun cuando esas empresas o proyectos tendrán que pagar salarios entre trece y quince veces mayores a los que en México se pagan; lo compensarán con deducciones y reducciones de impuestos, subsidios y otras medidas que finalmente su compensación se dará con cargo al pueblo y los trabajadores norteamericanos.

Y si para ir mejor pertrechados los negociadores de este lado de la frontera solamente han consultado la opinión de los grandes empresarios mexicanos, al final, lo que resulte de esa renegociación difícilmente podrá traducirse en beneficios para el pueblo y los trabajadores mexicanos.   

¿Hasta cuándo despertaremos de los sueños que nos han vendido y en que nos han sumido los neoliberales?


* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía de Salamanca, Guanajuato.

Imagen de portada: Los presidentes Enrique Peña Nieto y Donald Trump (de espaldas), durante la Cumbre del G-20 de este año en Hamburgo, Alemania. | Foto: Gobierno federal de Alemania.

 






Luis López




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