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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
El hombre nace para aprender y vivir es equivocarse.
Fernando Vallejo, El don de la vida
En el marco de la cena de fin de año le escuché decir con serenidad a mi padre: “Estoy aprendiendo a ser viejo”.
¡Está aprendiendo a ser viejo! Su expresión tomó por sorpresa a los y las jóvenes ahí presentes y a quienes habíamos olvidado que la vida, mientras dura, es un camino interminable y novedoso, un devenir, un aprendizaje continuo, un cosechar y volver a sembrar, hojas de un libro aún por escribir. Sus palabras nos recordaron que la vejez no es una clausura de la escuela de la vida, un fin, un “ya acabé”, un “ya llegué”, tampoco un colofón.
Se aprende, a cada momento, a ser niño, adolescente, joven, adulto y viejo. Etapas construidas por los seres humanos para no perdernos en la línea de vida y que cada vez se difuminan más. La entrada a cada nueva etapa provoca ansiedades derivadas de los miedos humanos básicos: al cambio, a lo desconocido, al rechazo. Entonces aparecen las crisis y con ellas el aumento de la probabilidad de cometer errores, y, en consecuencia, la impaciencia y desesperación de quienes nos rodean, justo cuando más necesitamos su comprensión y apoyo.
Puesto que la vida es aprendizaje, lo único garantizado es el error. Por eso tampoco conviene esperar perfección en sí mismo y en el prójimo. Hacerlo significa perder el tiempo y nos predispone a la intolerancia. De lo que se trata es de conocerlo y re-conocerlo en la convivencia diaria tal cual es, sin expectativas cosificadas, con respeto, comprensión y amor, como el ser vivo que es, por lo tanto, en evolución y cambio continuo.
Si alguien me dijera que soy el mismo de hace diez años, me desilusionaría. Porque significaría que he estado estacionado, instalado, estancado, pasivo, sobreviviendo. Significaría que he dejado de aprender, de moverme, de vivir, de arriesgarme.
Cambiar es de humanos. Aunque no de todos. Según el filósofo Ortega y Gasset, en el transcurso de la vida la personalidad experimenta dos o tres grandes transformaciones, que son como estadios diferentes de una misma trayectoria moral. A esto le llamó: cambio radical. Pero el filósofo aclara que esto sólo le sucede a los “individuos con carácter fértil, rico de posibilidades y destinos, los cuales esperan en buen orden su hora de explosión”, y no a los que tienen caracteres anquilosados.
Nuestros cambios radicales pueden desconcertar a nuestros seres queridos o a las personas cercanas —sobre todo si nuestra transformación toma un rumbo diferente al suyo—; de ahí su desencanto, enojo o desasosiego para con nosotros. Lo que ellos no alcanzan a ver es que dichas reacciones son detonadas por sus propios miedos básicos y porque nuestros cambios los confrontan y hasta les exigen moverse, también (si es que desean seguir en armonía con uno).
Nacimos, pues, para aprender de manera constante, y vivir es equivocarse. Lo que hace la diferencia entre una persona y otra, creo yo, es la conciencia con que cada quien vive y se equivoca, así como la capacidad para aprender de ambas cosas.
Por lo tanto, hay que vivir para intentar, y en el intento equivocarnos lo suficiente para aprender todo aquello que nos permita llegar a ser no el mejor de todos, sino lo mejor que podamos ser: viejos serenos, humildes, sensibles, sapientes, gozosos, satisfechos con lo vivido; buscadores curiosos, emprendedores inquietos, en marcha constante; en ocasiones maestros y siempre discípulos; caminantes con sentido; constructores de una sociedad más humana; portadores de lo mejor de cada etapa de la vida… Felices. En paz.
* Psicólogo / [email protected]
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