SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 19 de junio de 2017
Hoy es 19 de junio.
Empiezo una columna acá, con SomosMass99.
Y como las casualidades nomás no existen, escojo hablar de desaparecidos.
En México.
Porque hoy, 19 de junio, se cumplen siete años de la desaparición de Héctor Tapia, esposo de una amiga. Héctor, dice Luna que tu amor y tu protección las siguen cobijando, a ella y a tu hija.
Y porque el martes pasado, 13 de junio, fue cumpleaños de Alejandro, hijo de otra amiga. Que ya quedamos que cuando reaparezca, partiremos un chingo de pasteles, con un chingo de velitas.
Y hace dos semanas, hablaba con mi otra amiga, que tengo un chorro, ¿verdad?, de su hermano Misael. Desaparecido también.
Y pienso en Luís Ángel, policía federal, que también conozco a su mamá. Y en José Antonio. En Hugo.
Y en Marina, que nada nos debía, ni es de aquí. Y en Chui, que no sé si siga rapado, le queda bien la choya pelona.
Tons, por ellos, va mi voz, desde acá, del Último Piso.
Que entre más nos desaparecen, menos no callamos.
Cómo se busca a un desaparecido
¿Sabes cómo se busca a una persona desaparecida, aquí en México?
Lo primero, lo más importante es aceptar que ha desaparecido.
Se dice fácil como verdad verdadera obvia pero no lo es.
Estás en casa, y de repente ves la hora. No ha llegado.
O estás en tu trabajo y de repente ves la hora: no ha llamado.
Tienes ganas de llamar, de checar, pero te acuerdas de la última discusión, cuando te dijo que parecías espía. Entonces te aguantas.
A la hora, el reloj sigue haciendo tic tac. Y el silencio se hace espeso.
Piensas que no necesitas alarmarte, que las malas noticias llegan más rápido que la cigüeña.
Y respiras.
Al rato, vuelves a ver el reloj. Tu corazón se detiene, se le va un latido.
Y sabes.
Sabes que algo está mal.
Te concentras.
Llamas al amigo, a la tía, al vecino.
Nadie sabe, nadie ha visto.
Entonces empiezas por los hospitales. Nada.
Buscas alguna autoridad, la que sea, municipio, delegación, el poli de la esquina. Nada.
Pasan las horas.
No lloras, no debes. No ha pasado nada, ha de estar bien. Si algo le hubiera pasado lo sabrías. Lo sentirías. No pasa nada, no pasa nada.
Llevas horas, días.
Y te mandan al SEMEFO. No sabes ni qué es, te vas enterando de que allí llevan a los muertos que se encuentran en la calle, en los hoteles, en los cerros.
Nada. Sigues sin llorar, sólo te duele la panza, se te retuercen las tripas. Tienes miedo.
Miedo al vacío.
Oíste ciertas palabras, de tu vecino justamente. Onda. “¿En qué se habrá metido?, la gente no desaparece nada más porque sí…”, y más, palabras de ánimo, ¿verdad?
Te callas porque ya te dijeron las autoridades que es mejor, qué tal si tu amiga, o tu primo, es uno de los perpetradores. Sí, esa palabra usan, la de los noticieros.
Y en el municipio, ya te preguntaron si tienes familia, si no deberías mejor de estar cuidando a tus hijos, a tus hermanos, no vaya a ser que por andar tú buscando, se te pierda otro familiar.
Porque ya es oficial: estás buscando a un desaparecido.
No hay nadie que se le parezca en el servicio forense, no hay pedido de rescate, no tenía amante, ni lana ni proyectos de irse pa’l otro lado.
Desapareció.
Eso pasa por acá, la gente se esfuma, deja de existir, no llega ni a placa en el cementerio, ni a foto en un altar. Su ropa no se regala, porque quieres que regrese. El banco no te fía, porque no eres titular de la cuenta. La hipoteca corre, el colegio cobra, los vecinos… Los vecinos se alejan de ti, te tienen miedo, no vaya a ser contagioso, no los vayan a desaparecer por andar contigo. Te quedas sin trabajo porque al jefe también le da miedo. Tu papá llora. Tu hermano calla.
Te llaman, así, de ningún lado, a cualquier hora, dicen que son del MP, que alguien les dijo, y que otro les comentó que a tu esposo lo confundieron, que por eso se lo llevaron. Que a tu hijo se le antojó una limonada, que por eso se bajó del coche. Que a tu hermana la vieron hablar con la señora de las tortillas, que por eso no ha regresado. Y que están investigando, que no te preocupes, que están investigando. Que ya casi dan con el que le dijo que le dijeron que no dijera.
Desapareces tú también.
Y buscas.
Por tu lado.
Porque estuviste yendo diario a ver muertos y ninguno es tuyo. Que no sabes que es peor, que no esté o que sí estuviera.
Porque te temblaron las piernas, no te podías ya mover.
Porque tuviste que ir tú, nadie quiso ir.
Porque entrar a ese cuarto es desgarrador, porque son muertos por muerte violenta, hay sangre, tierra y sudor ajeno. Huele a carnicería de mercado, cuando dan las tres de la tarde. No respiras, sin saber si te ahoga el olor o el dolor. Te lavas las manos, una y otra vez, pero hueles a muerto. No a incienso o a velas, no, hueles a carne roja machacada, a soledad, a angustia.
Porque no soportas un comentario más de los que vigilan los cuerpos.
“Con cuidado señito, que ese brazo se le va a zafar al occiso”.
“No se acerque mucho, señor, que luego se queda sin hambre”.
“¿Y qué, va a seguir abandonando su casa por andar acá?”.
Y el terrible: “¿No le da miedo estar duro y dale con esto?”.
Miedo. Mucho pinche miedo.
Pero sigues buscando.
Porque una vez que se acepta el hecho, el vacío, se tiene que seguir buscando.
Todos los días, está en tu mente. No importa si estás bailando, durmiendo o cogiendo. La mente en blanco ya no existe.
A todos lados llevas fotos, las de antes y las de ahora. Sonrisas pasadas, y lugares extraños: aquí comió, dicen. Aquí se subió al autobús, dicen. Fotos de extraños abrazándote, de ti, caminando, de pie.
Y vuelves a empezar, todo, desde cero.
Empiezas desde el último lugar al que iba, porque de algún lado hay que empezar. Miras, preguntas, lloras. Ahora sí, lloras.
Luego te vas enterando por otros, que buscan también, que lo que hay que buscar son fosas clandestinas.
Te vas al cerro más cercano, otra vez porque por algún lado hay que empezar. Al principio agarras por tu lado, pero luego te unes a la comunidad de quienes buscan. Te enteras de que aquél lleva cinco años, de que aquella no busca a nadie en particular, que sólo ayuda. Oyes del que mataron porque buscaba con demasiadas ganas.
Y vas aprendiendo.
Usas casi siempre los mismos zapatos, zapatos que se vuelven tus compañeros, tus pies se sienten mejor cuando los usas, sientes que no vas solo. Llevas la misma bolsa, como si llevaras algún talismán, porque es la bolsa que llevabas cuando comieron juntos la última vez, o te pones un anillo, el anillo que le gustaba tocar, o lo que sea, lo que sea que sientas que te acerca a tu persona. Llevas agua. Un sombrero.
Y un palo, onda bastón, largo, robusto. Las varillas de fierro son buenas, no se doblan, no pesan mucho, tienen buen agarre. Es para ayudar a buscar, no a caminar.
¿Por qué?
Porque al caminar observas la tierra. Buscas tierra que se note que fue removida, ya sea por el montoncito, por la diferencia de color, por la diferencia de textura. Porque en ella crecen hierbas diferentes del matorral de al lado. Porque se ve que tal o cual piedra fue movida de su lugar. Aprendes muy rápido. Ya pareces ecologista, nomás que lo que buscas no es vida.
Y en uno de esos lugares, usas tu palo. Lo hundes en esa tierra diferente. A veces se hunde muy rápido, otras usas algo, una piedra pequeña y le pegas de a poquitos para que se hunda más lejos. Le calculas un metro, maso.
Y lo sacas. Lo hueles. Los cuerpos en descomposición huelen a no-tierra, a no-hierba, a no-vida. Recuerdas las idas al SEMEFO y volteas a ver al cielo.
Si huele a lo que recordaste, hay que escarbar. A veces nomás es una carroña. Otras son cuerpos, enterrados por carroñas.
Si el palo no huele a nada, te fías a como se hundió. Porque a los dos años, los cuerpos en descomposición ya no huelen tan fuerte. Si fue fácil, o si encontraste resistencia, qué clase de resistencia también, tierra vieja o hueso atravesado. Analizas. Decides. Escarbas.
Aprendes muy rápido.
Y así vas, de cerro en cerro, de cueva en cueva, apartando hierbas, tomando agua, mirándote los zapatos y llorando menos cada día. Te vas encabronando más y más.
Porque hay cuerpos por todos lados, parece el nuevo Texas de los pozos de petróleo nomás que son de puro cadáver, de huesos, de ropa rasgada, de mochilas podridas. Y ninguno es el tuyo, tu persona no está por ningún lado.
Por las noches, llegas a alguna casa, si tienes suerte a la tuya. No contestas preguntas. No puedes. No ves a nadie a los ojos, no puedes.
Y ahí oyes o te dicen o lees las noticias.
Y oyes que en el cementerio de quién sabe dónde encontraron una fosa clandestina y que no se ponen de acuerdo para decir cuánto muerto hay. Que el día en que iban a sacarlos, el representante del gobierno se tardó seis horas en llegar, que nomás se sacó la foto y se fue. Que primero escarbaron donde no era. Que no hay pa’ cuando saber des los análisis de ADN y esas ondas. Prendes la tele y ves a personas que conoces, que han buscado contigo, ellos sí llegaron a tiempo, y están vigilando. Y notas que la gente que cava trae mascarillas. Te dicen los que saben que por el hedor que despide la fosa. Te sorprendes, algo dijeron de que llevan allá más de tres años, ¿cómo huelen todavía? Aplicas tu lógica, le piensas, usas lo que te hace un ser humano, y te cae el veinte. Claro, ciento y pico de cuerpos se tardan más en descomponerse que uno solo. Y claro, se confirma que entre más nos juntamos, más apestamos.
Tons, volteas y oyes o te dicen o sabes que el presidente de México dice que los mexicanos estamos de mal humor por culpa de las redes sociales. Recuerdas al político que hablo de “superar la tragedia”.
¿Qué, piensan que vamos a seguir buscando sin decir nada? ¿Nomás llorando? ¿Nomás de mal humor? Pinches cabrones, hijos de la chingada, cobardes, cobardes, cobardes.
No respiras ya. Pareces muerto, pero muerto encabronado, de los que se vuelven a poner de pie todos los días, se ponen los zapatos y agarran su palo. De los que salen a la calle, con miedo sí, pero salen.
Y de los que no van a desaparecer.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es escritora.
Foto de portada: Vivos los queremos. / Foto: Gwen-Aëlle Folange Téry.
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