SOMOSMASS99
Roberto Gómez Palacios / SomosMass99
Guanajuato, Gto. / Domingo 29 de mayo de 2016
Los fines de semana son de nosotros y la ambición es aprovecharlos generalmente para realizar actividades que no solemos llevar a cabo entre semana. Ir a caminar, hacer un poco de ejercicio, visitar a familiares y/o amigos, revisar las noticias, los correos, arreglar algún pendiente en la casa. ¿Comer en un buen restaurante?, ¿visitar un museo?, ¿ver una buena película?, ¿acudir a un concierto? Alimentar los sentidos es alimentar el espíritu. El sentido del oído nos conecta con el mundo y si le dedicamos un poco de atención y buscamos ser audaces podremos adentrarnos al mundo del sonido.
Tal parece (todos en un principio estaremos acuerdo) que la más saludable y mejor manera de acercarse a los buenos sonidos es la música, y la música es tan vieja como la existencia del hombre. Hace cuatro, cinco mil años antes de Cristo, las antiguas culturas mesopotámicas estaban ya muy avanzadas. En el interior de sus templos, los semitas y los sumerios adoraban a sus dioses combinando palabras y música. Ramman, dios del trueno, y Ea, autoridad de las profundidades, se aplacaban con la voz humana y con los sonidos de los instrumentos musicales. A Ramman se le identificaba con el sonido del “halhallatu” (especie de flauta), y con el “balag” (tambor en forma de reloj de arena) a Ea.
En el siglo XXI necesitamos pedir ayuda de los dioses. Las actividades humanas han originado tal cantidad de ruidos y sonidos que es casi imposible clasificarlos. Además la naturaleza produce sus propios sonidos en volumen y formas distintas y variadas, dando lugar a un paisaje sonoro natural que muchas veces dejamos de percibir, sobre todo los que vivimos en las grandes ciudades.
Los sonidos tienen al igual que los colores y las formas una arquitectura propia. El problema con la música consiste en que tratamos con un arte temporal, que para algunos puede parecernos con una arquitectura propiamente inaprensible como un pez que tenemos entre las manos y se nos escapa. Sin embargo, el arte de la música es recurrente. Cuando vamos a un concierto y no entendemos ni pío lo peor que podemos hacer, si es que nos gusta la música, es alejarnos de los conciertos. Los músicos, compositores e intérpretes siempre se están esforzando por hacer la música lo más accesible para el oyente. No es necesario acercarse a la música por medio de los libros especializados en este arte, aunque los hay y muy buenos. Los interesados pueden leer libros como el de Juan Arturo Brennan que nos dice Cómo acercarse a la música, o el de Aaron Copland que nos orienta Cómo Escuchar la Música. Seguramente se han escrito más.
Sin embargo, oír, escuchar todo lo que pasa alrededor de nosotros es una actividad de lo más natural y simple. La función que lleva a cabo el oído para percibir los sonidos que nos rodean, incluidos los de la música, es perfectamente natural y simple. No debemos ser modestos a la hora de escuchar, tratemos de que no se nos escape nada, no demos paso a ningún sentimiento de inferioridad en cuanto a nuestras reacciones musicales. Sólo necesitamos dejarnos llevar y tratar de familiarizarnos con la música que nos atrae o que es motivo de nuestro gusto o admiración, sea una raga india, un son veracruzano, un canto gregoriano, un rock progresivo o una fuga de Bach. Y debemos ser recurrentes como la música misma: oír y escuchar repetidamente y pronto nos daremos cuenta que estamos reconociendo melodías, instrumentos y luego ritmos, timbres, colores, armonías. Más temprano que tarde nos “caerá el veinte” de que podemos seguir la melodía y todo lo demás a través del tiempo que dure la pieza. Porque el camino que recorren los elementos musicales es parecido al recorrido de la casa al trabajo: hay un alto, hay vuelta a la derecha, luego a la izquierda, en este momento hay que aumentar la velocidad, aquí no podemos ir a más de diez kilómetros por hora, zona escolar, etcétera, etcétera y fin. La melodía va de un instrumento a otro, a veces va rápido o por lo menos lo parece, más adelante se detiene ese instrumento y aparece la melodía en otro instrumento o grupo de instrumentos, y así hasta que el oyente va adelantando que se aproxima el final.
El sentido del oído que poseemos es fino, delicado, sensible, es un privilegio y un “don”. La música privilegio, “don”, atribución de los artistas y de los dioses, nos es asequible a todos prácticamente todos los días de la semana. Acudamos el fin de semana a ver y escuchar cine, teatro, literatura, poesía o nada más música. Si andamos por la Ciudad de México, hay ofertas: la Orquesta Sinfónica Nacional se presenta en el Palacio de Bellas Artes los viernes por la noche y los domingos a mediodía; la OFUNAM (Orquesta Filarmónica de la UNAM) por su parte tiene conciertos los sábados por la noche y domingos a mediodía en la Sala Nezahualcóyotl; la Orquesta del IPN tiene función los sábados a las doce del día; la OCBA (Orquesta de Cámara Bellas Artes) los jueves a las seis de la tarde en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. En Guanajuato capital, se presentan espectáculos musicales desde el jueves hasta el domingo en lugares como el MIQ (Museo Iconográfico del Quijote), Teatro Juárez, Teatro Principal. En León, el Teatro del Bicentenario tiene ofertas diversas e interesantes desde el jueves. En la mayoría de las comunidades del interior país se dan iniciativas culturales y artísticas, gubernamentales y no gubernamentales.


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