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Esperanza

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Camelia Rosío Moreno G.

 

Camelia Rosío Moreno G. (Jerécuaro, Guanajuato). Es ama de casa, gestora y promotora cultural. “Prisionera de mi libertad” es la frase con la que se define. Ha participado en las antologías: Tintas del Lerma 1 (Palibrio, 2013), ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género (UAM-X, 2015); Vamos al Circo, Cortocircuito, El tótem de la Rana (Ficción Express, BUAP, 2017-2018); La vida va (ediciones La Rana), resultado del trabajo en el seminario para las letras guanajuatenses. Es antóloga de los libros Ecos del Nido (Puente de piedra) y Mirar con
Otros Ojos Antología Poética (Editorial Prisma). Prologó el libro La noche de los Orfelunios, de Víctor Hugo Pérez Nieto, en el que también se publica su poema Utopía. Colabora en SomosMass99 de manera externa desde 2015, en la sección Somos Palabras, donde se difunde el trabajo literario en voz de sus autores. Coordina El Círculo de Lectura y Creación Literaria de Acámbaro, Guanajuato, municipio donde reside actualmente. Forma parte del comité organizador de la Feria Nacional de Escritoras Mexicanas (FENALEM).





Esperanza

A mis padres con amor

“Mira, si aquí se construyera una pequeña presa —le decía y sus ojos brillaban— y al fondo una cruz que marque el final o el principio de ésta, ¿te imaginas? Las peñas, un puente, el agua cayendo en cascada y allá enfrente el mirador”, no dejaba de moverse, su pasión contagiaba.

Juan, su esposo, la pensaba, la veía, la escuchaba, así tan ella. Se inundaba de recuerdos, hacía ya tanto tiempo…

“Sí, una presa aquí en el nido donde duerme mi pueblo, custodiada por un gran ángel; además, la siembra siempre tendría agua”, le decía.

Y ahora Juan luchaba por ese sueño: mezclaba piedra, cemento, agua, arena, enfermedad, dolor, pero sobre todo, esperanza. La prisa corría por sus brazos, no permitía que el cansancio lo doblegara.

Poco a poco, la presa tomaba la forma que ella visualizaba. El entorno palpitaba al unísono de su tesón, los cerros, las aves, cada piedra, el agua, incluso Juan renacía cuando ella llegaba, era la vida de ese sueño casi terminado.

Los recuerdos son así, voraces cuando te arañan los adentros.

Cuando terminó la construcción de la presa, Juan fue por su esposa. Mientras cargaba su cuerpo frágil, tan delicado que sentía que se escapaba de sus brazos, la emoción le cerraba la garganta. La llevó al mirador del “nido”, como ella lo llamaba, y la vio sonreír. Entonces ella se levantó y, con la poca fuerza que aún le quedaba, caminó hasta la falda de la peña, donde rompía la cascada.  

Juan sabe por qué los sauces lloran y el agua está alborotada: el sonido que hace al romper es amodolor por ella.

Ella toca con su pie el agua. Juan va presuroso a su lado. La observa: esa mirada ya sin dolor, la sonrisa, los labios que se mueven en un “gracias” que se evapora hasta fundirse con la cascada.

—¡Silencio! —clama  la montaña.

El viento entonces  deja de soplar. Los animales callan. Nada se mueve. El silencio que abruma, ensordece y mata.


Foto de interiores: Owtana (@owtana) / Unsplash.

Foto de portada: Emmanuel García.






Luis López




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