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Estudiar, trabajar y aprender: La  historia de Luisito

Sociedad País / Top News / 08/09/2015

SOMOSMASS99

 

Profesora Krystel* / Colectivo 43 x 43

El rostro es palabra que inaugura toda relación.

                                                                       Lévin

 

Conocer a Luisito, un particular estudiante, fue al tiempo un querer contar la historia de otra forma, contada de abajo hacia arriba, al revés, con un matiz distinto. Les contaré mis razones. Pero resulta que para poder contarles esta historia, se me hizo necesario presenciar la vida de Luisito en varios episodios.  INTERIORES-43X43-2

Luisito es un digno trabajador, se dedica al comercio.  Esto lo digo con algunos presagios, pues cuando vi aquel niño trabajador realizar sus actividades, lo primero que pasó por mi cabeza fue hacerme algunas preguntas, producto de los prejuicios que tenía sobre la situación del trabajo infantil, ya saben, las típicas preguntas: “¿Por qué un  niño pequeño está trabajando? ¿No debería más bien estar jugando? ¿Los padres no deberían velar por una infancia feliz? ¿Acaso no debería sólo estudiar?”   Todo comenzó una mañana, el sol arreciaba, nos miraba sin reparo y con ganas. Yo traía el cansancio puesto en la ropa, había logrado un maltrecho viaje pues para llegar al destino final tuve que caminar un buen trayecto. Cuando llegué vi a lo lejos, dos figuras sentadas con despropósito: el ímpetu desolador del paisaje de la Rivera “El Rosario” y Luisito, los dos descansando bajo el techo de la cancha de juegos ubicada frente a la escuela de primaria “Cristóbal Colon” municipio de Copainalá.

Luisito llevaba entre sus manos una vasija de plástico semitransparente. Cuando lo vi me acerqué y le pregunté:  –¿Qué haces?    No respondió y se quedó mirándome fijamente a los ojos. Me dio la impresión que se reía de las tonterías que reflejaba mi rostro, un inútil cuestionamiento de la situación, de su trabajo, de su presencia.  No habían pasado sino unos cuantos minutos cuando intempestivamente se acercó una niña y dirigiéndose a él, le dijo:  –Luisito,  ¿todavía no terminas de vender?   Inmediatamente él contestó: –No, pero sólo me faltan poquitos y ya. Aproveché para preguntarle a Luisito:  –¿Qué haces? ¿Qué vendes? La niña sin darle tiempo, me contestó: –Vende puntas de chayotes y también guineos.

Frente a la invitación de acogimiento encomendada por el pequeño, se me ocurrió responderle con otro amable gesto. Le dije: –¿Si quieres, te acompaño a vender?    Lo pensó un poquito, pero me dijo: –Bueno, está bien. Comenzamos a caminar y en las casas que  encontrábamos a nuestro paso, se acercaba a las puertas y con sus manitas tocaba. Con voz bajita decía: –“¿Va´sté a compra punta de chayote y guineo?”. Después de varios intentos, por fin terminó la venta del día. El calor prometía deshidratarnos. Tanto él como yo, estábamos envueltos en sudor, por momentos hasta nos dolía ver, reír, caminar,  y teníamos mucha sed. Creo que el niño notó mi cansancio, no dejaba de hacer aire con el pedazo de tela que cargaba conmigo y de pronto, me dijo Luisito: –Señora, en mi casa podemos tomar un poco de agua, ¡vamos pues! Mientras caminábamos rumbo a su casa, que estaba un poco retirada del lugar, Luisito me iba contando el itinerario de su trabajo, señalando enérgicamente: –Yo siempre salgo a vender porque con ese dinero mi mamá compra comida. Esta última venta que usté me acompañó a hacer la voy a guardar, es que estoy juntando dinero para comprarme colores. En la escuela la otra vez me regalaron unos, pero están desgastados, bien pequeños y como la maquinita de sacar puntas no servía, todas las puntas se rompían, así que se acabaron.  La casa de Luisito estaba construida con tablas, cubierta con trozos de láminas de cartón. Cuando llegamos pude distinguir el sonido incesante de las fuertes palmadas de alguien, era Doña Esperanza haciendo las tortillas para la comida. –Siéntese aquí, me dijo ella, señalando  una silla de madera. Mientras,  me sirvió un vaso con agua.  Un poco desconfiada, doña Esperanza me preguntó:

Luisito que escuchaba atentamente la narración de la mamá, guardaba silencio y  constantemente se sonreía. Esa tarde fue especial. Al retirarme de la casa del pequeño comerciante, y pensar en las contradicciones que tienen las situaciones, me fui con algo asegurado, aprendí a desaprender: del querer nombrar injustamente una situación, la sensación obligatoria de tener que ver las realidades de otras maneras, de abajo hacia arriba, al revés, dándole la vuelta. Me pregunté: “¿Acaso pensar que el trabajo infantil es malo, no es un error en sí mismo? ¿Acaso las situaciones de pobreza no son más complejas que los ligeros y naturalizados prejuicios con los que evaluamos una realidad? ¿No será un discurso? ¿Un discurso al servicio de quién o de quiénes?” Porque lo que yo aprendí al desaprender, es que Luisito ayuda a la economía de su casa, es responsable de su propio aprendizaje, acoge a quien llega, escucha atentamente, se gana su propia existencia, se gana a pulso un lugar en este mundo y genera para los demás lo mismo. Ojalá con la misma caja de colores que Luisito quiere comprar con sus ahorros, podamos pintar su vida, su aprendizaje. Pintar un mundo en el que exista igualdad de condiciones, para todos, para los niños que como Luisito reclaman a conciencia una vida justa, amable, acorde a su contexto, a sus necesidades, a sus proyectos. Decidí inmortalizar la imagen de Luisito en una fotografía, porque es una realidad que muchos no queremos ver.

 

* Narrativa de la serie Los rostros de la experiencia docente. Coordinación Adán Morgan. Colectivo 43 x 43.






Luis López




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