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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 12 de abril de 2019
Ser inmigrante es difícil. No es una aventura llena de flores y paisajes (aunque haya flores y paisajes). Es un proceso de adaptación en el que te cuestionas cosas que normalmente das por sentadas. Normalmente no te andas preguntando a ti mismo qué es lo que te hace parte de un grupo que todo mundo denomina con una palabra sencilla. ¿Qué es lo que me hace ser mexicana? ¿Con qué otros “mexicanos” me identifico? ¿Qué me hace falta de vivir rodeada de más mexicanos?
Y luego viene el complemento forzoso.
¿Qué es lo que me gusta de vivir en Francia? ¿Qué es lo que no entiendo de la cultura y la forma de vivir a la francesa? ¿Cómo se diferencia la gente de mi pueblo allá en México de la gente de mi pueblo bretón acá en Francia?
Y finalmente, el colofón divertidísimo (léase con muchísimo sarcasmo), de definirse a uno mismo en el medio. De comparar, relativizar y definir tu propia persona en referencia a otros marcos y no sólo al lugar en que naciste y creciste. Porque ahora ese lugar está lejos. Porque te das cuenta que la gente que encuentras en tu nuevo lugar y viene de allá de ese sitio tan querido para ti, no tiene nada en común contigo.
Yo desde acá leo en México gente quejándose de que el presidente divide. Separa a la gente entre chairos y fifís y que él debería unir. Ojo, acá no estoy defendiendo al presidente. Sólo que me queda la sensación de que esas personas que pregonan la unión no conocen el país. O ningún país. Porque México es un país con muchos países. No estamos unidos. No somos la misma cosa. Tenemos elementos en común, y es evidentemente que podríamos servirnos de trabajar como equipo, pero no sé si sea del todo posible cuando nuestros intereses vitales son tan diferentes.
Yo viví en un México sencillo en el que nuestro interés principal era sobrevivir.
Cuando daba clases para adultos, enseñándole a personas mayores a leer, una de mis alumnas me prestó dinero para comprar el uniforme cuando mi hijo mayor empezó la escuela. La señora vendía quesadillas y tacos en los mercados de 3 pueblos diferentes. Tenía 75 años.
Cuando quise pagarle, no me recibió el dinero.
Ese México, ese pequeño rincón del mundo en que alguien me ayudó de forma tan desinteresada, es ese el México que yo perdí y al que extraño tanto.
Y el estar tan lejos de él es lo que me hace preguntarme y re preguntarme a qué me refiero cuando digo México.
¿Eso mismo, solidaridad y sonrisas, lo puedo encontrar acá en Bretaña?
¿Y si lo encuentro, dejo de extrañar México?
No.
Porque también extraño cosas más simples y egoístas. Extraño formar parte de la mayoría. Hablar como habla todo mundo, y que nadie me pregunte de dónde salió mi acento. Extraño ir a comprar ropa y que me quede bien, porque ni mi cuerpo corresponde con el cuerpo de la mujer estándar francesa. Extraño a mi familia e ir al cementerio a visitar a mis muertos.
Extraño el olor de la cocina de mi tía y sus frijoles con huevo para desayunar.
Extraño la sonrisa cómplice de mi hermana que entiende todos mis chistes idiotas.
Entonces, ¿extraño México? No sé. Hay muchas cosas que extraño. El sabor de los nopales, el ruido de la máquina de las tortillas. Extraño el olor a tierra asoleada y el ruido de la Alameda Central. Y todo eso está en México. Y está en mí. Vive en mi porque crecí degustando esos sabores y oliendo esos olores.
¿Todos los mexicanos que viven fuera del país extrañan lo mismo? No creo, ni siquiera todos hemos salido, por decirlo de alguna forma, del mismo país.
¿Algún día me sentiré francesa? No creo. Pero sí siento que hay una parte de mí que ya vivió cosas acá que no va a olvidar. Que he encontrado pequeños rincones de solidaridad y sonrisas. Y que si me fuera de acá, igual extrañaría cosas. Con otro tipo de intensidad, quizá mucho menos visceral. Pero sí extrañaría. No Francia, así en general. “Mi” pequeño rincón de Francia. Como lo que vive en mí es mi pequeño rincón de México. Mi México.
Lo que me queda como conclusión (por decirlo de alguna forma porque este asunto es algo que pasa y re pasa todo el tiempo por mi cabeza), es que México acaba siendo no el nombre del país, sino la palabra que encierra las cosas que me rodearon mientras crecí. Y en mi corazón, es una palabra bonita.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: Arie Wubben (@condorito1953) / Unsplash.
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