SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 4 de marzo de 2021
A los niños y a las niñas no hay que enseñarles a compartir, a colaborar, a ser solidarios, ellos ya lo saben. Nacieron dotados para tal cosa. En realidad, lo que necesitan es que no les despojemos de dicho potencial.
“Está sobradamente comprobado que nuestros cerebros están diseñados para cooperar –afirma el divulgador de la ciencia Eduardo Punset–. Al parecer, contamos con cerebros a los que les gusta cooperar porque sólo la cooperación garantiza beneficios materiales o recursos biológicos que permiten la transmisión de los genes”. Colaborar es, pues, una cuestión ancestral de sobrevivencia.
Somos los adultos quienes inhibimos la tendencia altruista innata de niños y niñas, quienes obstaculizamos su disfrute por ayudar al compañero de al lado, quienes obturamos su posibilidad de goce al trabajar en equipo, quienes estorbamos la posibilidad de disfrute que existe en el juego o en el acto creativo.
Llama poderosamente mi atención ver cómo hemos ido haciendo de la competencia una dinámica social en la que han quedado atrapados los niños y niñas a edades cada vez más tempranas y que los empuja al individualismo. Niños desde cuatro años –que apenas logran mantener el equilibrio mientras corren– disputando torneos deportivos con las características de las competencia propias de los adultos: medición de los puntos ganados por partido, pase a la siguiente ronda, record de anotaciones, premio al goleador; medallas, trofeos, diplomas al primero, segundo y tercer lugar…
Niños y niñas empujados a competir contra el adversario para prestigio de su propio equipo o institución a la que pertenecen, cuando lo único que ellos quieren es correr y chutar para divertirse.
Niños y niñas presionadas por un instructor que necesita dar buenos resultados a los respectivos padres y madres –competitivos– para que su programa subsista, cuando lo que aquellos quieren es “jugar por jugar, sin tener que morir o matar” (como dice el poeta Sabina).
Niñas y niños estresados ante la exigencia –propositiva o no– de la tribuna donde se encuentran padres, familiares y amigos que arengan para que ganen, cuando ellos sólo quieren entretenerse explorando y estimulando sus habilidades a su propio ritmo.
Niñas y niños ajuarados con compleja tecnología deportiva (uniforme, espinilleras, medias especiales, guantes, tacos…), cuando lo que ellos desean es sentirse ligeros y cómodos para poder correr.
Ocurre en los deportes y en otras esferas de la vida de los y las menores de edad: académica, artística, social, etcétera.
Los deseos de los niños y niñas y los de los adultos chocan. Y los vencedores suelen ser los adultos: padres y madres que desean un hijo de diez en la escuela, el primero de la clase, el líder, el abanderado de la escolta, el capitán del equipo, el políglota, el representante no sólo de su zona sino del país, ¡uf!
Perdemos de vista que cuando el fin último de la educación es construir niños y niñas ganadores todos pierden, porque con la llegada al pódium de una o un ganador, construimos treinta, sesenta o cientos de perdedores.
La verdad, yo no quiero ver a nuestros niños, niñas y adolescentes compitiendo y ganando los primeros lugares en matemáticas, robótica, ciencias, deportes, etcétera. Yo quiero verles colaborando entre sí para sumar sus talentos en tales disciplinas y generar ideas, iniciativas, acciones, proyectos, inventos, soluciones y todo aquello que les beneficie o divierta a ellos y a la sociedad.
Yo no quiero que llenen su pecho de medallas, sino del goce y orgullo derivado de hacer su máximo esfuerzo, jugar limpio, adquirir o mejorar una habilidad y en ese acto conocer sus limitaciones y posibilidades, compartir-se al trabajar en equipo con sus compañeros…
Yo no quiero que llenen sus repisas de trofeos, sino de recuerdos gratos, consecuencia de la puesta a prueba de sus talentos para beneficio propio y de los demás.
Yo no quiero verles compitiendo inicuamente, sino de manera limpia, justa, igualitaria, y cuando ellos así lo deseen.
Yo no quiero que aniquilemos su altruismo innato, sino que lo facilitemos para que crezca al máximo de sus posibilidades y la vida humana se siga transmitiendo.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Anastasia Kravtsova (@baggesa) / Unsplash.
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