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NOPALES Y HORTENSIAS

Carla Martínez*

Francia / Viernes 12 de julio de 2019

 

Una de las muchísimas cosas que todavía no entiendo, después de más de cinco años y medio de vivir en Francia, es el asunto de la familia.

Acá las relaciones familiares son radicalmente diferentes.

¿O será que mi familia es muy rara? Mis familias más bien, de la que vengo y la que yo formé.

No puedo hacer generalizaciones, pero hay cosas que he visto que no entiendo. Y en términos de relaciones familiares me siento completamente perdida.

Papás y bebés, por ejemplo. Una pareja tiene un bebé. Lo esperan con amor y ternura. Y en cuanto nace, a las dos semanas, ya están cansados, necesitan descansar. Hay familias que a los dos meses de nacidos, dejan a los bebés con los abuelos para irse de vacaciones, “solos”. Eso no lo entiendo, a los dos meses, si tienes que llevar a tu bebé a la guardería o con los abuelos para ir a trabajar, sientes feo. Quieres cuidar a esa cosita tan indefensa que tú hiciste venir al mundo.

Y lo curioso es que los bebés como que se acostumbran. Son bebés seriecitos, sentados en su carriola, sin sonreír cuando pasean. Los papás ponen mucha distancia con los bebés. Pero cuando el niño está un poco más grande (digamos entre los 7 y los 11), al momento de despedirse de él en la escuela lo llaman por nombres como “mon petit chou” (no sé cómo traducir eso, pero sería el equivalente a “mi osito pachoncito”, digamos…).

Y luego, el niño cumple 11 años, entra a la secundaria y se desentienden completamente de él. Ya se va solo, vuelve solo, la tarea que la haga en su habitación sin hacer ruido por favor…

Después de esa adolescencia solitaria, cumple 18 y ya que se vaya. Si no va a estudiar, que se busque un trabajo, necesitamos la habitación para estar más cómodos. ¡Vete!

Obviamente, más adelante, la relación de los adultos con sus papás es más bien fría.

Las personas mayores viven, en muchos casos, aisladas, solas, o en residencias para ancianos.

No es una generalidad, pero es una situación que he visto repetirse en muchas familias.

Mis suegros son muy amables y han ayudado muchísimo a sus hijos (mi marido bretón y su hermano), pero el día que llegamos emocionados a decirles que estábamos esperando bebé, no hubo abrazo alguno. Ni gritos de emoción. Vaya, ni siquiera dijeron “felicidades”.

Cuando es día de las madres, yo elijo un regalo para mi suegra. Y para el día de su cumpleaños. No he visto a mi marido abrazar a sus padres una sola vez.

Y algo que nos ha generado problemas a mis hijos y a mí, es que nos llevamos muy bien.

La gente no ve bien que mis hijos adolescentes hagan su tarea aquí en la mesa del comedor. Que no los mande a dormir a las 8 de la noche para ver “la película de la tele” sola con mi marido.

Y uy, como Emma (mi hija menor, la bretoncita) durmió en nuestra recámara hasta que cumplió 4 años mis suegros estaban casi horrorizados.

Y había quien no creía que después de 4 años, Emma iba a estar dispuesta a dormir sola en su habitación. ¿Qué creen? Que no pasó nada. Ella decidió irse a su recámara y duerme feliz, feliz, feliz sola y a dos patas en una cama matrimonial para ella solita.

A mis hijos adolescentes les gusta leer, ver películas, leer comics, jugar videojuegos y visitar museos. Y además, oh sacrilegio, son adolescentes y les gusta hablar con sus papás. Podemos irnos a dormir pasada la medianoche un viernes discutiendo si este mundo es real o si a veces parece feamente una simulación informática.

No tenemos una relación perfecta, los regaño, se emberrinchinan, se enojan conmigo, discutimos. Normal. Pero luego vemos una serie de tele juntos, charlamos, arreglamos. Avanzamos.

Y salvo a los profesores de la escuela (que me han felicitado no por las calificaciones, sino por el accionar cotidiano de mis hijos), a la gente le pica. Quieren que los muchachos salgan solos, les caiga gordo andar con sus papás, porque sería normal.

Parece mentira, pero eso ha sido factor importante en perder amistades, en arruinar relaciones.

Yo no digo que quiera tener a mis hijos sin estudiar ni hacer nada viviendo en mi casa hasta los 40 años, pero si trabajaran y tuvieran una vida y quisieran vivir en mi casa, colaborando económicamente, serían roomates bienvenidos.

Digo, allá en mi pueblo mexicano, las familias con casa grande le dan un cachito de terreno al hijo para que finque al fondo del patio.

Y las familias más humildes comparten casa y hacen su vida, y se quieren y se apoyan.

Mi excuñada, allá en Buenos Aires, lleva una relación excepcional con su hija (que ya es treintañera) y desde que era niña, le leía libros, discutían, dormían juntas y lo pasaban genial. Ni quede decir que la muchacha es una mujer extraordinaria.

La madrina de mi hija Emma, una peruana encantadora, me ha dicho muchas veces que los valores familiares de acá los siente ajenos y extraña horrores a sus padres y a sus hermanos, con los que tiene una relación de confianza y amistad preciosa.

Entonces a veces creo que no soy yo y mis loqueras maternales. Es que la forma de entender la familia acá es diferente y es algo que yo no estaba ni lista ni dispuesta a cambiar. Y ello nos seguirán provocando problemas “sociales” a mis hijos y a mí. Pues ya ni modo, que yo no quería ser mamá para tener a mis hijos lejos. Yo trabajo para mantenerlos, cocino para que coman y les lave los calzones por tantos años… al menos quiero también disfrutar de su divertida compañía.


* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.

Imagen de portada: Dan Burton (@single_lens_reflex) / Unsplash.






Luis López




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1 Comentario

el 12/07/2019

Esa fue una de las causas que me llevaron a irme a tiempo. No pueden hacerlo todas,pero si se quedan, que defiendan como tu esa relación tan sana y hermosa. Lo mas valioso no son los lazos de afuera sino los de adentro



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