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Alfonso Díaz Rey*
Lunes 28 de noviembre de 2016
«La muerte no es verdad cuando se
ha cumplido bien la obra de la vida»
José Martí
En la misma fecha cuando a bordo del Granma partió de Santiago de la Peña, Veracruz, a cumplir la promesa que un año antes hiciera ante el exilio cubano en Nueva York, ocasión en que dijo: «Puedo informarles con toda responsabilidad que el año 1956 seremos libres o seremos mártires…”, sesenta años después, el 25 de noviembre de 2016, zarparía hacia la inmortalidad; esta vez a bordo de una nave que surca el universo girando alrededor de una estrella que con la luz que ese navegante aporta, hoy brilla más.
Fidel fue, antes que cualquier cosa: ejemplo de dignidad y congruencia. Tenaz luchador y extraordinario estratega y estadista. Su gran capacidad de análisis le permitió entender no solamente el presente sino el futuro. Fiel intérprete del ideario de Martí hizo posible la utopía de conquistar la verdadera independencia y soberanía en un país, Cuba, que dependía totalmente de los designios del imperialismo norteamericano.
Su gran visión y conducción política permitieron a su país resistir amenazas y vencer obstáculos ante los que cualquier otro país hubiera sucumbido, incluido el más largo bloqueo que país alguno ha padecido en la historia de la humanidad, bloqueo que continúa aun cuando desde diciembre de 2014 se reanudaron las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.
Resultados de esa visión están presentes en el desarrollo de la educación, la salud, el deporte, la ciencia, la cultura y otros campos de la vida de los cubanos, en los que el bloqueo ha sido un extraordinario obstáculo para un mejor y más amplio desarrollo.
Sus más acérrimos enemigos jamás pudieron derrotarlo, ello incluye, entre planes y acciones, 638 intentos de eliminarlo físicamente. Igualmente imbatible fue en los campos de la diplomacia y la política. Su arsenal más vasto y efectivo fue siempre el de las ideas, cuya justeza lo hizo prácticamente invencible.
Es precisamente su ideario la herencia más valiosa que deja a su pueblo y al mundo, sobre todo a aquellos que soñamos que un mundo mejor es posible si lo construimos desde abajo.
Y es que las ideas de Fidel, por su carácter revolucionario, tienen una gran influencia no sólo en los terrenos político y diplomático, sino en lo social, ambiental y económico, ideas que fortalecieron a su pueblo, que junto a él ha sido artífice de las victorias.
En la victoria fue generoso y, como Martí, cultivó siempre rosas blancas.
Para el pueblo cubano y para quienes lo conocieron, ya fuera a través de sus escritos, o lo hayan escuchado o tuvieron la fortuna de estar alguna vez cerca de él y, sobre todo, para quienes aprendimos a ver el mundo y a entender el significado de la dignidad nacional como una consecuencia del triunfo de la Revolución Cubana, su ausencia física representa un golpe muy fuerte, aun con lo esperada que era por la acumulación de calendarios.
Hoy, la mejor manera de recordarlo es seguir su ejemplo de dignidad y congruencia. Y retomando una frese de Antoine de Saint-Exupéry, utilizada por Marta Harnecker en un reciente artículo alusivo a Fidel: “Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección”, para honrar a Fidel: intentemos mirar en su misma dirección.
Hasta la victoria siempre.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Observatorio Biosfera de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Notigram
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