SOMOSMASS99
Juan Manuel Villalobos
Al contrario del buen periodismo, aquel en el que un reportero o un equipo periodístico huele lo sucio, va tras la noticia, indaga, pregunta, investiga, eventualmente descubre y publica ―hace público―, el periodismo mexicano de pacotilla se contenta con quedarse sentado en la mesa de redacción, rascarse los sobacos, publicar basura sempiterna y, de súbito, atender la llamada, como un lacayo o esclavo, de sus verdaderos jefes, esto es, del secretario en turno de no importa que dependencia de gobierno y vociferar lo que el Estado quiere que vocifere, sin el menor parpadeo, sin el menor cuestionamiento deontológico, sin un ápice de ética y, sobre todo, sin verificar la información. El caso Cassez fue la lección por antonomasia de este periodismo de kínder y manipulado, en el que cayeron todos los medios ―sin excepción― y del que nada se ha aprendido, a juzgar ahora por el caso Kate.
“Diálogos”, “mensajes”, “fotografías”, “palabras”, “proyectos”. Las pseudo exclusivas de la prensa nacional, radio, prensa, televisión, no son sino los dimes y diretes de los funcionarios que filtran a cuenta gotas lo que quieren dar a conocer siempre apoyados por la coyuntura, siempre apoyados por intereses, siempre en campaña de propaganda. ¿Dónde ha estado la prensa todos estos meses que ha permanecido en fuga de “El Chapo”? ¿Dónde los periodistas, dónde los fotógrafos? Muy seguramente tomando whisky en un bar de Reforma ―malos sueldos dicen que tienen, pero también gustos caros―, conviviendo con los segundones del poder, subsecretarios o asesores de subsecretarios. Si no, ¿por qué es hasta ahora, tras su reaprehensión, que comenzamos a saber “algunas” cosas, todas filtradas, todas a medias, todas a cuenta gotas, del hombre más buscado del mundo?
Si como falsamente la prensa ha pregonado desde su aparición, en el siglo XIX, que “era los ojos y los oído del público”, y que se debe a los lectores, a los televidentes, a los radioescuchas, sería el momento, no de exigir una nueva prensa ―eso sería mucho pedir―, pero sí la dimisión de toda esta carroña que hace leña del árbol caído, pero no tiene el valor de conocer el árbol, investigarlo, preguntar de qué clase era, cuántas ramas tenía, a qué olía, cuándo lo plantaron, quién lo plantó, cuántos años tenía, si era el último de su especie, si está en extinción, si en él se hizo alguna vez un nido. No. Para los periodistas en México, preguntar estas cosas, no sirve de nada. Ellos quieren el árbol muerto y hacer leña para calentarse el resto del año.
Lo patético del caso Kate es que nos comprueba que los mejores periodistas de este país trabajan en gobernación, en presidencia, en la marina, en el ejército, en la policía: son a ellos a quienes se les debería de conceder el premio nacional de periodismo. Los periodistas en México no son sesudos escritores o investigadores, sino miembros del gabinete y del gobierno en general que, en sus horas extras, hacen de periodistas, levantan el teléfono, le llaman al director, al jefe editorial, al jefe de fotografía de cualquier medio y le dicen: “a ver, huevón, ya que tú no trabajas, te paso una fototitos, unos diálogos, una historia que te va a encantar, reproduce nuestro guión, lo quiero en primera plana, lo quiero mañana: si lo haces bien, te tengo más sorpresas”. Y así, tienen al medio contento, como al perrito, cuyo dueño le da unas croquetas para tenerlo feliz, moviendo la cola animoso, el resto del día, del mes, del año. Esa es la realidad de la prensa mexicana, lambiscona, ignorante, inocente, infantil, de desecho.
Se diga lo que se diga, equivocada o no, tristemente célebre ahora o no, Del Castillo ha dado una lección a todos los periodistas: les ha mostrado que el que se mueve ―en este caso, la que se mueve―, hasta con una blackberry llega a donde quiere. A ver quién lo aprende para el próximo episodio de la tragicomedia mexicana de la que ya nadie se espanta. Estoy seguro que nadie. La prensa es una farsa.
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