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Formación libre de prejuicios

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 01/12/2016

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 1 de diciembre de 2016

 

Las lectoras de este espacio están de acuerdo en la utilidad que tiene dar mayor libertad a las niñas y niños para que elijan cómo quieren jugar y con qué tipo juguetes, esto en lugar de proporcionárselos en función de los estereotipos de género pues los juguetes no tienen sexo, tal y como se explicó en el artículo de la semana pasada.

No obstante, les preocupa el entorno, la cerrazón que mantienen muchos miembros de la sociedad en los tópicos de género.

Una de ellas advierte de la importancia de educar en el tema no sólo a los papás y a las mamás sino también al personal docente (y a toda aquella persona relacionada con la formación de niñas y niños, agrego yo), pues de nada sirve, continúa, que unos padres den muñecas y coches, consolas y utensilios de cocina, a niños y niñas, si luego los propios hijos se van a inhibir a partir de una cierta edad cuando observan a su alrededor que los niños no hacen cocinitas, ni juegan con muñecas y las niñas no montan circuitos eléctricos, ni juegan con camiones.

Su señalamiento es motivado por el hecho de que ella procuró una crianza libre de estereotipos de género con su hijo, por lo que en su edad temprana le gustaba jugar con muñecas y acompañar a su mamá en actividades domésticas. Ahora ya intenta jugar con consolas y con aparatos electrónicos y delante de sus amigos se inhibe de hacer pasteles, o pulseras, o manualidades, como sí lo hace cuando está con su mamá, solamente, pues tiene vergüenza que sus compañeros le digan que eso es cosa de niñas… Teme, también, que tiendan a calificar, despectivamente, de niños “afeminados” a los que hacen pasteles o manualidades, y de niñas “masculinas” a las que juegan con consolas de juegos de héroes y villanos.

Otra mamá me platicó con cierto enojo, que con la naturalidad y espontaneidad que caracteriza a los niños de edad preescolar, un día el suyo salió del colegio tomado de la mano de uno de sus compañeros favoritos. A ella le pareció una escena muy tierna. Pero cuando apareció el padre del otro niño éste se burló de ambos por andar de “cariñosos”.

Otra mamá decidió regalarle a su hijo la princesa de los cuentos de hadas que pidió con insistencia. El niño estuvo feliz con su muñeca: cuidándola, abrazándola, besándola, platicando con ella… La mamá también se puso feliz al ver a su hijo contento hasta que los adultos de su entorno comenzaron a señalar que las consecuencias para el desarrollo del niño pueden ser negativas en un futuro.

Las niñas y los niños pequeños suelen actuar con naturalidad, espontaneidad y sin prejuicios. Posteriormente los adultos aniquilamos este tipo de atributos al transmitirles nuestros prejuicios, creencias, estereotipos y conflictos de identidad. Es así como aparece en ellos la vergüenza y el temor a ser originales, a ser libres, a poner en juegos sus habilidades, a manifestar sus intereses.

Los niños pequeños al igual que las niñas, manifiestan con naturalidad su afecto: abrazan y besan a quien les trata bien, con respeto y cariño, no importando si ese otro es hombre o mujer, adulto o par, está en su genética. Entonces aparecemos los adultos con nuestros prejuicios homofóbicos y les obstruimos la expresión.

Con nuestra burla inhibimos sus manifestaciones de afecto hacia sus congéneres, comenzando así un proceso que convertirá a ese niño en un adulto analfabeto emocional, que no sabrá cuidar de sí mismo; en un adulto desconectado de su esfera sensorial-afectiva que requerirá de sustancias desinhibidoras para poderse expresar no sólo con sus congéneres sino también con el otro sexo, por ejemplo, alcohol o drogas.

“No quiero que mi hijo se vuelva dependiente de nadie, él tiene que aprender a valerse por sí mismo, sin perder de vista el respeto, la educación, los valores, el ser benigno para con los de más, misericordioso, ‘manso’… pero no ‘menso’…, que sea un niño, un adolescente, un joven feliz, para que cuando sea un adulto… llegue sin culpas… sin etiquetas”. Este es el deseo de otra madre hacia su hijo. Para que tal cosa suceda la clave está, entre otras cosas, en la educación, en la formación humana libre de prejuicios, de estereotipos. Para lo cual primero necesitamos reeducarnos los adultos.

* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Saúl López / Cuartoscuro.






Luis López




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