SOMOSMASS99
Sara Rivera*
Miércoles 3 de junio de 2020
La humanidad sabe indirectamente que la poesía es lumbrera en su camino oscuro (sagrado y terrible), por eso no la apaga.

Sin duda, aunque muy antigua, la poesía ha sorteado su muerte, quizá, debido a su función social. Hasta donde se sabe, podemos señalar (con ánimo academicista) que la poesía es el género literario y la expresión simbólica más antigua registrada en el área del lenguaje desde la era arcaica hasta nuestros días. Se compone de juegos verbales (lenguaje figurado) que describen indirectamente aspectos de la vida psíquica y social del ser humano no sujetos a un tiempo o a un espacio concretos.
En su origen, los dioses y diosas fueron convocadas por los poetas a los espacios terrestres a través de la poesía. Cuevas, ríos, nichos, iglesias, monasterios, conventos, catedrales, plazas, palacios, cámaras fueron testigos de la relación entre el cosmos y la humanidad cada vez que la hechicera unió el reino de las divinidades con el humano al recitar versos que dignificaban a las deidades. Con sus letrillas, las adivinadoras demandaban ayuda o peticiones personales, sociales o políticas a los dioses, quienes vaticinaban los días por venir, el destino de una ciudad, el triunfo de alguna batalla, la permanencia de un rey en su trono, el nacimiento de un infante… En aquel entonces, el cargo de estas personas era esencial. Luego el género literario fue perdiendo vigencia, en parte, debido a la transformación que hubo de las sociedades antiguas a las modernas. Así fue como la poesía salió de los recintos del poder y, aunque saltó al vacío, no murió.
Luego de su devenir histórico, resulta extraña su supervivencia ya que su radio de acción es (aparentemente) mínimo en la sociedad actual. Su popularización se reduce a canciones o estribillos entonados en eventos deportivos o celebraciones, como ejemplo de los espacios donde todavía pervive; asimismo funge como cristalizadora de la sabiduría popular, soslayando el gesto sagrado que alguna vez tuvo, perdiendo parte de su fuerza.

Foto: Yustinus Tjiuwanda (@yustinustjiu) / Unsplash.
Actualmente habita en las prácticas curriculares de los sistemas educativos del mundo entero. Al alumnado se le enseña una poesía asociada al juego que olvidan en cuanto concluyen sus estudios básicos: primaria y secundaria. La argumentación del porqué se “estudia” dentro de las aulas imprime su aspecto benéfico en el desarrollo de la lectura, la comprensión y la ampliación del lenguaje.
Es verdad que la poesía otorga modos de interpretación diversos e incentiva formas complejas del pensamiento: simbolización, metaforización, sinestesias, metonimia, etcétera, mas no es su única ni esencial función. En la escuela se rentabiliza su aspecto didáctico y, simultáneamente, infecta a los lectores con un tóxico que los vacuna para siempre de la poesía. ¿Quién gana con este envenenamiento cultural que inocula anticuerpos para paliar el efecto literario, retórico e imaginativo? Sucede que el sistema de enseñanza actual toma de ella la parte utilitaria y excluye aquellos aspectos benéficos como los procesos catárticos y curativos, por mencionar sólo dos.

Joan Margarit, poeta catalán Premio Cervantes 2019. | Foto: Fira Literal.
Quién lee o escribe poesía, tiene la posibilidad de encontrarse con un discurso que lo lleva a la reflexión, al conocimiento de sí mismo y de su entorno; al trabajo con emociones profundas, con eventos que pueden resultar dolorosos pero analgésicos una vez tratados. Grupos de poder (científicos y económicos) estudian y admiten su importancia por avistar en ella una naturaleza compleja que permite al sujeto mejorar sus capacidades racionales (de interpretación), cognitivas (simbolización) y sociales (la empatía, la resiliencia), haciendo a un lado el conocimiento que la poesía ofrece a su lector de sí mismo y de lo humano.
Por otra parte, por su naturaleza, el poema exige al creador o lector ampliar su lenguaje, inteligencia, sagacidad, atención y crítica ya que lo nombrado tiene formas complejas que llaman a asuntos igualmente arduos del ser: amor, odio, miedo, rabia, ira, deseo, ilusión; también les exige reelaborar situaciones no tramitadas: abandono, muerte, fracaso, frustración, entre muchas otras. Empero, ¿quién quiere convocar al dolor vivido o al sentimiento?
A la pregunta anterior se suman las siguientes: ¿qué armas han hecho posible la pervivencia de la poesía? ¿Qué le evitó seguir el destino de otros géneros literarios ya extintos? Una respuesta probable es que a través de ella puede expresarse la esencialidad de la existencia. Una segunda es la ductilidad que ofrece al espíritu humano. La poesía tiene tal fuerza que, pese a que son apenas un puñado de poetas (chamanes, hechiceras modernas), que es capaz de alcanzar a una comunidad de lectores, quienes a su vez llevan ese saber adquirido a otros espacios.
Basta un pequeño grupo de poetas para conmover a una sociedad entera. Los poetas (antorchas ardientes) nombran las insolventes emociones y acciones de lo humano. Son esa especie de chivo expiatorio quien se entrega al sacrificio poético, a esa labor espinosa de traducir del mundo sus contradicciones para darles orden y sentido.

Jacques Lacan. | Foto: Jerry Bauer / Le Seuil / Radio Francia.
Acaso pueda resumirse la argumentación anterior a partir de lo escrito por Lacan[2]: la verdad solo puede ser explicada en términos de ficción. Nada más artificioso que la poesía. El poeta se encarga de poner la palabra exacta en la boca de quien necesita comprender de sí y del mundo su coherencia, proporciona certeza a la realidad concreta que el ser vive. La poesía del poeta afirma al ser.
Quien se acerca a la poesía, no lo hace porque necesite de una filosofía subyacente, de una didáctica o de una moral, sino porque el acto poético asegura el desmantelamiento de éstas porque da una glosa organizada y coherente de la realidad. Su faz simbólica presenta al ser sus impulsos y pasiones sin que las rechace o sin que le aterren. Recordemos que la verdad anida en la poesía en forma de ficción, por ello, el ser humano de vez en cuando puede mirarse y saber de sí, de su propia naturaleza. ¿Qué sería de la humanidad sin semejante luz que le alumbra? Podemos concluir que la humanidad sabe indirectamente que la poesía es lumbrera en su camino oscuro (sagrado y terrible), por eso no la apaga.
[1] El hemistiquio que se presenta corresponde a la primera estrofa del poema Sonatina de Rubén Darío.
[2] Jacques Lacan (París, 1901-1981) fue un psiquiatra, filósofo y psicoanalista francés. Basó su obra en una revisión de las teorías de Sigmund Freud y fue una de las figuras más importantes del estructuralismo francés contemporáneo.
* Sara Rivera López es doctora en Teoría Literaria, escritora y profesora de Teoría Literaria, Análisis de Discurso, Crítica literaria, Ensayo, entre otras materias en diversas instituciones universitarias (UNAM) nacionales, presenciales y a distancia. Se desempeña como especialista en procesos de lectura y escritura a gran escala.
Twitter: @Sara_Rivera
Foto de portada: Shepherd Chabata / Pixabay.
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