SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 13 de enero de 2021
Un día me levanté pensando en que podía facilitarle a mi papá la creación de documentos de trabajo, asumía que era la cosa más fácil, que se encantaría de las asombrosas alternativas que proporcionaba la tecnología. Sin embargo, cuando intenté contarle mi idea, el simple hecho de explicar, representó un reto.
Papá, mira… puedes hacer tus documentos en una computadora, que es como una máquina de escribir, pero diferente, en la que conforme vas pensando y trasladando tus pensamientos a una hoja que parece, pero no es de papel, que existe como imagen sin que exista, puedes borrar sin borrar y corregir sin que se note, y cuando concluyes tu trabajo lo guardas en la memoria de la máquina, de tal forma que aunque no lo ves, ahí está, y después se lo puedes pedir a la máquina y lo vuelves a ver, por si quieres corregir o seguir escribiendo.
Mi papá me veía raro, se notaba que trataba de imaginar lo que le estaba diciendo, y aun con toda su inteligencia, no comprendía. Como yo traía un disco blando en la bolsa, se lo enseñé, mira, en este disco se guarda todo, y cuando quieres recuperarlo lo metes a la computadora y ahí está todo lo que escribiste. Sus ojos hermosos y grandes se abrieron más y con expresión de pasmo e incomprensión, me dijo de la mejor manera que encontró: –mejor sigo como hasta ahora-.
Después me planteé un nuevo reto: ¿cómo le explico a mi hija que antes escribíamos a mano y, en el mejor de los casos, en una máquina de escribir, que es como una laptop pero diferente?
Mira, mihijita, cuando nos encargaban una tarea, la podíamos hacer a mano o, si teníamos, en una máquina de escribir, con la que nos sentíamos importantes. Tomabas la hoja de papel, la metías a la máquina por medio de un rodillo al que le dabas vuelta con una perilla hasta que aparecía el espacio en el que calculabas, dejando un margen adecuado, la línea para iniciar tecleando letra por letra, sí, como ahora en tu lap top. Cada tecla se conectaba con una palanca que portaba el tipo o el caracter, que era el encargado de imprimir en el papel la letra o el símbolo que elegías y así, paso a paso, se iban formando las palabras, frases, párrafos.
El problema empezaba si te equivocabas de letra o signo, entonces tenías que usar un corrector, que podía ser líquido y tenías que esperar a que secara, o podía ser de papel, que tenías que meter entre el tipo, conectado a la palanca y el papel, de manera que le atinaras exactamente para que el corrector pintara de blanco el error y se invisibilizara, lo cual era un decir, porque la marca estaba hecha y por mucho corrector que usaras y aunque tuvieras excelente tino, la falla se notaba. Cada hoja que escribías era toda una proeza y si lo lograbas sin errores, lo era aún más.
Le conté también que en mi trabajo me inventé hacer un catálogo de los proyectos que año con año se llevaban a cabo en la Secretaría de Educación Pública. Después de conjuntar la información, la escribía a mano en una libreta que luego le pasaba a la secretaria para que tipiara en su máquina de escribir, que en ese entonces ya era automática, no mecánica, pero el proceso de escritura era el mismo y el de corrección, también. Lo bueno era que las secretarías eran expertas, no como yo, que ni siquiera había estudiado mecanografía en la secundaria. Bueno, cada año se hacía lo mismo, y los catálogos se fotocopiaban y engargolaban para que todos los conocieran. Sin embargo, si por alguna razón, un proyecto se daba de baja u otro se tenía que dar de alta, había que repetir todo el numerito, porque la numeración cambiaba, era todo un rollo.
Entonces fue cuando incursioné al conocimiento de un programa, parecido al Excel de ahora, que se llamaba Lotus, por medio del cual logré transcribir el primer catálogo de proyectos ya con la posibilidad de deshacer para “borrar errores”. Estaba fascinada con esto, tardé unas dos semanas en la transcripción y estaba por concluirla cuando por una desgracia que nunca pude prever, todo mi trabajo se borró, no hubo poder humano que me ayudara a recuperarlo. Y bueno, me dije, no hay de otra, tendré que volver a empezar. Como estaba maravillada con la idea de guardar la información con la ayuda de la nueva máquina, me pasé unas vacaciones en eso. Por primera vez los catálogos se hicieron en computadora y año con año solamente se actualizaban los archivos.
Y así me fui adentrando en el uso de aquellas computadoras de escritorio, con esas pantallas gordas que ahora vemos como reliquias, pero en aquel entonces considerábamos lo más nuevo de lo nuevo.
Otro ejemplo es el uso de grandes sábanas de papel tabular que usábamos para, a mano y con lápiz, hacer la programación detallada, que consistía en que cada año se calculaban las escuelas de nueva creación con el número de alumnos y maestros necesarios por estado, municipio y localidad. Nuestro jefe nos enseñó a mi amiga y a mí a hacer este ejercicio lleno de números que poníamos y sumábamos en las grandes hojas tabulares, tenían que cuadrar, sí o sí. Nos divertíamos dictando la una y tecleando la otra, con una sumadora de esas con el rollito de papel en el que se marcaban los numeritos. Recuerdo que practicábamos para teclear los números sin ver hasta que lo lográbamos. Era emocionante cuando todo checaba, y más aún cuando no, porque debíamos volver a empezar, ahora intercambiando tareas para identificar más fácil los errores, que casi siempre se debían a mi dislexia, ya que, usualmente mi cerebro nos hacía la travesura de cambiar el orden de los números, así que, por un 98 que yo identificaba como 89, teníamos que volver a revisar cientos de números hasta que cuadraran. Lo bueno de aquellas épocas era que nos divertíamos. Y como sabemos, el problema no existe hasta que se encuentra la solución, no veíamos como dificultad aquellas tareas hasta que supimos que se podían hacer de otras formas, que aprendimos y empezamos a disfrutar.
Creo que una clave es cuando el cambio en vez de provocar resistencia, provoca desafío y gusto.
Así como aprendimos a usar la computadora en vez del cuaderno y la máquina de escribir, también aprendimos a usar los CD en vez de los discos de acetato y el tocadiscos, los casets y las grabadoras, el microondas como complemento de la estufa, los autos automáticos y con dirección hidráulica en vez de los manuales, con la dirección dura, los teléfonos móviles o celulares en vez, ó además de los fijos. En este caso recuerdo cuando solo era una idea que se escuchaba como increíble, podrías llevar tu teléfono contigo a donde fuera que fueras. Me parecía una mala noción, no se me antojaba que te pudieran ubicar y estar checando y molestando siempre y en todo lugar. Ahora si lo olvidamos o lo extraviamos nos sentimos perdidos.
Nos tocó también disfrutar el escribir y recibir cartas, hace poco encontré cartas de mis hermanos, primas, amigas y de mis papás, escritas a mano y enviadas por el correo postal que las entregaba días o semanas y hasta meses después de enviadas. Así como disfrutamos esta manera de comunicarnos, adoptamos el correo electrónico y ahora el WhatsApp de manera que podemos estar presentes en la vida de los demás o ellos en la nuestra, al instante.
Es increíble cómo, estando en la comodidad de tu cama, por ejemplo, puedes estar acompañada de mucha gente, que puede estar al otro lado del mundo, hablando de diferentes temas y viendo las imágenes que te envían en tiempo real. Difícilmente te encuentras solo, la compañía virtual representa la conexión de las personas y también la multi-distracción de las actividades que realizas. Es curioso cómo, estando junto a alguien a quien no pones atención, sueles estar más cerca de alguien más que, en cambio, está a kilómetros de distancia.
Otro cambio que nos tocó vivir, relacionado con la tecnología fue el manejo de las imágenes. Conocimos la fotografía que utilizaba rollos de celulosa, que llevábamos a revelar y esperábamos las impresiones varios días, mismas que colocábamos en álbumes que guardábamos y aún conservamos. Ahora tomamos miles de fotos y las podemos apreciar en cualquier momento, si es que al cambiar de celular no las perdemos, ya que las compañías se apropian de nuestro contenido si no les compramos más espacio para atesorar nuestras pertenencias. Podemos elegir y modificar o desecharlas fotos y videos si no nos gustan. Pasamos de la fotografía memorable que ha trascendido siglos, a las imágenes instantáneas y etéreas, que quedan guardadas, en el mejor de los casos, en archivos electrónicos, que seguramente se perderán cuando sus dueños nos vayamos.
Somos una generación ambidiestra, porque nos ha tocado lo anterior y lo actual, lo cual sé, ha pasado con todas las generaciones de la humanidad, sin embargo, los cambios tecnológicos de la segunda mitad del siglo XX a los primeros 20 años del siglo XXI, han sido considerablemente significativos o, por lo menos así los siento.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Web: [email protected]
Foto de portada: Peter H. / Pixabay.
Comparte en Facebook
Twittéalo








