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Guanajuato… ¿Qué queda de aquél que fue el granero de México?

Diálogo Estado / Top News / 31/01/2018

SOMOSMASS99

 

Agustín Ramírez Agundis*

Miércoles 31 de enero de 2018

 



Maíz niña / Niña luna / Maíz niño / Niño fuego / Blanca tortilla / Fuego lento / Andando juntos inundan con calor la tierra.

Maíz niña quiere un diente de oro / La niña maíz tiene un diente rojo / Maíz niño la mira, la muerde un poco / Maíz niña suspira, suspira su enojo / Viene el viento celoso / Azota la caña / Maíz niña diente rojo / Maíz niño diente de oro / Se abrazan, se juntan temerosos / Dorado polen / Pistilos rojos / Se unen, se junta la sangre y el oro / Se abrazan, se juntan hasta que pasa el susto.

De tanto abrazo se oscurece la tierra / de tanto susto salieron jilotes / de tanto abrazo se cayó el diente rojo / de tanto susto se cayó el diente de oro / de tanto diente se abrió la tierra / de tanto llanto germinó el oro / de tanto tanto nació el maíz rojo / de amor nos amaneció maíz la tierra [1]



 

Cuando viajo por los alrededores de la ciudad de Celaya o me traslado a algunos de los municipios vecinos, de inmediato percibo que nuestra región se ha modificado drásticamente. Algo que antaño ante mi vista era muy apreciado simplemente ha desaparecido. Para comprender esa ausencia me remito a aquello que Guillermo Bonfil escribió hace ya casi 30 años [2]:

“La transformación de la naturaleza incluye la creación de espacios adaptados para el desarrollo de la vida humana. En gran parte de las tierras cultivadas se eliminó la vegetación original hace más de mil años; y, pacientemente, generación tras generación, los agricultores han contribuido a suavizar el perfil del terreno para facilitar las faenas del cultivo. Las esbeltas cañas del maíz invadieron pacíficamente el paisaje, desde las costas hasta alturas de más de 3 mil metros sobre el nivel del mar. Y ésta es una planta inventada por el hombre en estas tierras. El maíz ordena desde hace muchos siglos gran parte del territorio mexicano. Una observación mínimamente alerta permite constatar la adecuación recíproca del maíz al hombre y del hombre al maíz en cualquier comunidad campesina de estirpe mesoamericana.

“Junto y en torno al maíz, la civilización mesoamericana domesticó e inició el cultivo de muchas otras plantas útiles. En la milpa se sigue intercalando frijol, calabaza, chile… El maguey es característico del paisaje de las tierras altas, donde sirve para marcar linderos y detener la erosión de las laderas, además de sus múltiples usos y formas de aprovechamiento…

Eso es lo que desafortunadamente se ha esfumado. El paisaje es ahora completamente diferente. Ya no se percibe aquel verdor característico del follaje de las milpas que se dejaba asomar en cuanto uno salía de la zona urbana. No se dejan ver los jilotes que coronaban las cañas como señal de que los elotes, las mazorcas, iban tomando cuerpo. Pero no sólo falta el cultivo del maíz, también está ausente el del trigo, aquél que pintaba de color oro extensas superficies de nuestro campo abajeño.

Así es, en sólo cuatro décadas de política económica equivocada, el paisaje que fue transformado gradualmente durante siglos por el trabajo de nuestros antepasados en su afán de poner en armonía la naturaleza con sus necesidades de alimentos, ha sido destruido. Hoy el crecimiento de la mancha urbana parece no tener fin. Y más allá de su difusa frontera delineada por los suburbios que surgen año con año, lo que sigue son más y más parques industriales. En los alrededores de Celaya, los campos de cultivo no están ya a la vista de los viajeros que transitan por esas carreteras que nos conducen ya sea a Cortazar, a Villagrán, a Juventino Rosas, a los Apaseos, a Comonfort, o a Tarimoro y Salvatierra.

Pero no es únicamente el paisaje lo que se ha modificado. Todo se ha trastocado, comenzando por la distribución poblacional entre la gente que vive en el campo y la ciudad. En el plano nacional, mientras en 1970 el 41.3% de la población vivía en la zona rural, para 2010 esta cifra había descendido a sólo 22.2%. En el caso específico de Guanajuato, la población urbana pasó del 59% en 1980 al 70% en el 2010, de manera que en un lapso de 30 años aquélla se duplicó, obligándose las ciudades a proporcionar alojamiento a más de dos millones de nuevos habitantes. Esto explica el desordenado e incontenible crecimiento de la mancha urbana y el déficit de servicios municipales, tanto en cantidad como en calidad en las ciudades medias, como es el caso de Celaya.

Los cambios han sido también drásticos en el ámbito laboral y, en general, en lo que se refiere a las relaciones entre el capital y el trabajo. Buena parte de los campesinos que todavía en los años 80 cultivaban sus pequeñas parcelas, poco a poco se convirtieron en jornaleros agrícolas al servicio de medianos y grandes empresarios que poseen la capacidad económica para allegarse y utilizar nueva tecnología, explotando de manera más intensiva la tierra con el uso de implementos mecánicos y agroquímicos que a corto plazo incrementan la productividad, aunque a largo plazo provocan que la producción no sea autosustentable. Otra opción que han seguido los campesinos es alternar el trabajo asalariado en la ciudad con el cultivo de sus solares, dedicándose a éstos en ciertas temporadas y los fines de semana. El mayor porcentaje ha tomado la alternativa, aunque pareciera que no hay otra, de mudarse de plano a la ciudad para integrarse de la manera que sea a otro tipo de actividad económica, transformándose súbitamente de productores agrícolas a obreros industriales, de campesinos a citadinos.

Esta transformación no ha sido casual. Fue impulsada y fomentada por el gobierno federal y respaldada por los gobiernos estatales. De la Productora Nacional de Semilla (Pronase), cuya liquidación se inició en 1991 para concluir en el 2002, sólo quedan algunos inmuebles y predios desmantelados que el gobierno federal ha ido vendiendo de manera oscura y arbitraria, allí está lo que queda de una de las plantas a la altura de Cortazar. En cuanto a Fertimex, la empresa estatal dedicada a la producción de fertilizantes, fue vendida en 1990; la intención era clara, propiciar la importación de fertilizantes, los nuevos dueños nunca pusieron a funcionar las plantas, de ellas sólo permanece su esqueleto como lo constatamos cada vez que vamos a Salamanca. Los precios de garantía para los productos agrícolas se fueron eliminando uno a uno, hasta que en 1994 llegó a su fin el del maíz, único que permanecía en 1988, siendo sustituidos con programas como el Procampo que muy poco han contribuido.

Por su parte, el crecimiento de la actividad industrial ha sido insuficiente, a todas luces, para dar cabida plenamente a quienes se vieron obligados a abandonar la actividad agrícola y, a la vez, garantizar acomodo para los jóvenes que ya vivían en la ciudad y por su edad deberían integrarse al trabajo. El resultado está a la vista: ocupación insuficiente y mal pagada, altos índices de subempleo caracterizado por la informalidad y un irrefrenable crecimiento del ejército de desempleados.

La realidad es terca y no tarda en manifestarse. México ocupa el tercer lugar dentro de los países de la OCDE en cuanto a la cantidad de los jóvenes denominados ninis (ni estudian, ni trabajan), con un promedio nacional de 24.8%, sólo superado por Israel y Turquía. Desafortunadamente, el estado de Guanajuato ocupa el segundo lugar nacional, con 29.6%, sólo debajo de Coahuila; esto significa que en nuestro estado más de medio millón de jóvenes de entre 15 y 29 años no estudian ni trabajan [3].

Habría que ver lo sucedido con la productividad del campo y la situación actual de la autosuficiencia alimentaria, esto será un tema que habré de abordar próximamente. Por lo pronto, dejo una pregunta al aire: ¿La violencia e inseguridad que hoy sufrimos tendrá algo que ver con esa equivocada política económica que provocó la migración masiva de la población rural a las ciudades modificando de raíz el paisaje urbano y rural?


[1] Mardonio Carballo, Canción del maíz (letra, traducción del náhuatl al español); http://mardoniocarballo.com/628-2/, 2016.

[2] Guillermo Bonfil Batalla; México Profundo, una civilización negada; Ed. Grijalbo, 1990.

[3] Rodolfo Tuirán, José Luis Ávila; Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?; Este País, No. 251, marzo de 2012.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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1 Comentario

el 14/01/2021

Maravillosa nota, creo que describe ejemplarmente los resultados de una política económica inmediatista, equivocada por simplista, la del desarrollo urbana industrial. También describe el desaprovechamiento y cancelación de un potencial único y escaso en nuestro país, los suelos agrícolas productores de alimentos. Esos suelos y su gente nos hace falta hoy pues somos un país vulnerable al no tener una autosuficiencia alimentaria. Somos un pais urbanizado de pobres urbanos, desempleados o con bajos salarios y sin prestaciones. Los pobres aumentaron en proporciones alarmantes en estas tres úlimas décadas. Actualmente ellos representan el 41.9% de los mexicanos, con más de 50 millones de personas que viven en la pobreza según cifras oficiales del CONEVAL.



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