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Hablando se entiende la gente

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©Gaudencio Rodríguez Juárez

Jueves 20 de mayo de 2021

 

El cerebro afirmativo del niño, del neurocientífico Daniel J. Siegel y de la psicoterapeuta Tina Payne, fue el libro que elegí para mi viaje al extranjero tres años atrás, un libro que da respuesta a la pregunta fundamental de los padres amorosos: ¿En qué características es más importante centrarse para ayudar a los hijos a tener una vida más feliz y llena de sentido? Para tal fin, los autores proponen practicar una crianza que traiga como resultado la construcción de un cerebro afirmativo con cuatro características: equilibrio emocional, resiliencia, perspicacia y empatía.

Durante mis esperas en los aeropuertos había leído hasta el capítulo dos –“El cerebro equilibrado”–, cuando de pronto, las circunstancias me obligaron a ponerlo en práctica.

A poco más de una hora de abordar el segundo avión del día, me acerqué con el personal en tierra para preguntar si mis documentos estaban en orden. Grande fue mi sorpresa cuando la operadora me informa que mi nombre no aparece en la lista de tripulantes. “¿Pero por qué si tengo un pase de abordar en la mano que me dieron desde mi vuelo de conexión?”, pregunté desconcertado.

La mujer sólo atinó a responder que no sabía. “Probablemente se trató de un error”, agregó con cierto automatismo y como dando por terminada la conversación. Entonces aumentó mi estrés que empezaba a tornarse en enojo: “¡No es posible, yo tengo un boleto en la mano! Si se trata de un error ¿quién lo va a reparar?, ¿a quién se lo puedo reclamar?”. 

Ella sólo respondía: “Es error del sistema”. Así cada vez que le repetí mis preguntas y externé mis reclamos que cada vez eran más intensos.

“¿Cuál es la manera para que pueda subir en ese avión?”, fue la última pregunta que pude hacer antes de estallar. 

“Si alguno de los pasajeros no llega, entonces usted podrá viajar sin problema, y eso lo sabremos unos minutos antes del vuelo”, respondió. 

“¿Y si llegan todos?”, pregunté buscando que me ofreciera un plan b. 

“En ese caso tendrá que tomar el siguiente viaje que es el día de mañana”. Plop.

Me alejé del mostrador justo para no explotar. Tomé aire para reconectar mi cerebro pensante con el emocional, que ya comenzaba a fundirse.

“Tener una mente equilibrada es ser capaz de conseguir estabilidad emocional y dominarse física y mentalmente, de considerar nuestras opciones y tomar las decisiones correctas siendo flexibles y de recuperar rápidamente la estabilidad después de pasar por momentos difíciles o sentimientos desagradables”, decía el libro que traía bajo el brazo. Pero, ¿cómo mantener el equilibrio cuando sientes estar a punto de dejar plantado a un auditorio de cientos de personas que te esperan, todo debido a un “error del sistema”?

Lo bueno fue que el mero hecho de pensarlo me permitió recuperar no sólo la respiración, sino también la cabeza. Fue así como durante unos minutos observé a más de tres personas que vinieron a reclamarle de manera no sólo airada sino hasta grosera a la operadora, la cual, con un rostro desencajado, sólo atinaba a dar respuestas automáticas, seguramente sacadas de su protocolo de atención al cliente. Lo cual aumentaba el enojo del cliente y el automatismo de ella en una rueda sinfín.

Pero hubo un cliente que se acercó y planteó su queja con suma tranquilidad, amabilidad y hasta sentido humor. Primero hizo conexión emocional, después planteó su problema (tal y como sugieren los expertos de las relaciones interpersonales y que tanto he leído). “Déjame ver cómo lo resolveremos”, le respondió la mujer con la certeza de que, efectivamente, resolvería dicho problema. Mientras que nosotros, los malhumorados, esperábamos en la periferia sin esperanza alguna. “¿El que se enoja pierde?”, me pregunté. Sospechando que la respuesta era sí, decidí cambiar mi actitud: me acerqué a ella con mi cerebro equilibrado: “Amiga, ¿cómo vamos?, ¿me podré subir a ese avión?”, y le expliqué la importancia de que así fuera.

Enseguida empaticé genuinamente: “Qué difícil tu trabajo, te toca resolvernos problemas que fueron provocados por otros, ¿cierto?”. 

“Sí, pero por lo menos usted no ha sido grosero, sino sólo desesperado por llegar a su destino y que ahora entiendo por qué su prisa”, respondió. 

“Aun así, me disculpo si en algún momento me pasé en el tono”, le dije con sinceridad. Segundos después le indicó a su compañera: “Solicita voluntarios que quieran ceder su asiento a cambio de X dólares y una noche de hotel”.

Inmediatamente aparecieron y yo pude abordar, comprobando, de paso, que hablando se entiende la gente, generalmente.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Myznik Egor (@shnautsher) / Unsplash.






Luis López




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