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NO TODO ESTÁ PERDIDO
Agustín Galo Samario
Desde este lunes, con el inicio de las campañas de los candidatos a diputados, entramos a una etapa donde los mensajes para convencer a los ciudadanos de votar por unos y por otros se multiplican profusamente. Cada cual lo hace a su manera, con menos o más imaginación, pero eso no quiere decir que ante la intensificación de la competencia ha llegado el momento celebrar la fiesta democrática que se supone deben ser las elecciones.
Los candidatos, con sus excepciones, y los partidos políticos distan mucho de ser apóstoles de la democracia, como la retórica acostumbrada pretende presentarlos. Los pactos de civilidad son insuficientes para convencer de que estamos ante héroes civiles que luchan por mejorar las condiciones de la política y alcanzar cargos de elección para desde ahí luchar por los intereses de la ciudadanía.
Al contrario, todos aquellos que hoy están en campaña ya son de hecho arrollados por la realidad que de una u otra forma en su mayoría han ayudado a construir. Sus posibles electores, ellos y ellas a quienes están dirigidos sus mensajes, no creen en sus palabras, en sus promesas y en propuestas que carecen de credibilidad.
Lo vemos en León, donde el Observatorio Ciudadano ve la necesidad de convocar a los candidatos a que firmen una declaratoria de compromisos para que “si roban, como todos lo hacen, por lo menos luego les podamos reclamar”, como dijo en secreto uno de sus integrantes. Parte de esa desconfianza la provocan políticos del talante de Carlos Medina Plascencia, aspirante a síndico. Porque sin haberse librado de la sospecha de que estuvo involucrado en la encarecida concesión del servicio de recolección de basura a una de las empresas a la que sirvió de asesor, ahora asegura que va a hacer pública su declaración de intereses pero sólo hasta que el PAN gane la elección. Es decir, si el asunto sale como lo planea, será hasta que todo esté consumado.
Lo sucedido en Acámbaro la semana pasada también es ejemplo de ello. Ciudadanos que irrumpen en la firma del pacto de civilidad de candidatos, frente a líderes de partidos, de autoridades electorales y municipales, para reclamarles que están hartos de la inseguridad, de las extorsiones, de los secuestros. Para decir que tuvieron que gritar porque sólo así pueden ser escuchados.
Peor que la corrupción e impunidad en sí mismas han sido sus consecuencias. A buena parte de la población se le ha robado la tranquilidad y a no pocos la vida misma o a sus seres queridos. Pérdidas que se han llevado consigo la confianza en la clase política, en los partidos y sus candidatos. Una sociedad que sabe que los ilícitos son posibles por la intrincada red de intereses políticos e incluso delincuenciales que rayan en los linderos de lo imposible. Por eso los ciudadanos están hartos, por eso el previsible abstencionismo.
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