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Hasta siempre Padre Roge

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SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 16 de septiembre de 2020

 

Terminaba el domingo 13 de septiembre, el Padre Roge (Rogelio Segundo) siguió su camino al más allá, nos dejó su sonrisa y su trabajo, su gran amor por el prójimo, su compromiso social, su sentido del humor, su fe inquebrantable en Dios y los seres humanos, las personas, mujeres, hombres, niños, niñas con nombres propios.

Lo conocí en la década de los años setenta, cuando viví en el barrio de Tierras Negras, su sonrisa y sentido del humor me cautivaron, en 1978 me invitó a participar con algunas ideas para el concurso de carros alegóricos, de allí surgió una gran amistad. Hoy quiero retomar un escrito de hace algunos años, para contar la historia de los inicios del trabajo en el barrio:

“El padre Rogelio Segundo, junto con otros cuatro en ese entonces jóvenes sacerdotes, que no solamente escuchaban los ecos del 68, sino que se comprometían con las necesidades de los ejidatarios de San Bartolomé Aguacaliente, Santiago, San Antonio y San Vicente del Municipio de Apaseo el Alto, Guanajuato, para la recuperación del agua, que acaparaba un terrateniente que había sido general en la Revolución. El éxito obtenido en esas acciones indujo, en los años setenta, a los ejidatarios organizados en comunidades de base en San Bartolo Aguacaliente a tomar la decisión de recuperar un balneario de aguas curativas que había pertenecido a las comunidades indígenas y cuya propiedad había sido ratificada por el Rey Felipe Segundo en tiempos de la Colonia; y que en esos momentos detentaban los caciques de la región. El balneario fue tomado por los ejidatarios y el sacerdote del lugar, hombres, y mujeres se turnaban para hacer guardias y protegerse de las amenazas y agresiones. La lucha se ganó legalmente. Una segunda acción tuvo que ver con cuestiones técnicas de desazolvar el cráter del volcán que surtía de aguas medicinales el balneario y los baños tradicionales del lugar, a donde acudían a curarse de diferentes males los indígenas purépechas, otomís y los distintos grupos chichimecas de la región que abarca actualmente los estados de Querétaro, Guanajuato y Michoacán. Los ejidatarios, cinco sacerdotes, algunos maestros y estudiantes de la Escuela Superior de Comercio y Administración en Celaya (ESCACE), cuya vinculación se debió al Contador Eduardo Ocampo Sánchez, empezaron los trabajos y emprendieron además una lucha por la defensa de la propiedad comunal de los baños que en ese momento estaba seriamente amenazada tanto por el antiguo ‘dueño’ como por un grupo de empresarios agrícolas e industriales que deseaban convertir el lugar en un ‘exclusivo’ centro vacacional”[1].

El desazolve se logró, pero como consecuencia de la lucha contra el poder, el obispo cambió a los cinco sacerdotes de lugar. Uno de ellos, Rogelio Segundo Escobedo, fue ubicado en la Parroquia del Barrio de Tierras Negras en Celaya. Al llegar encontró toda una organización de trabajo voluntario alrededor de la Fiesta Patronal, la respetó y partió de ella para que las personas intentaran nuevas formas de acción colectiva.

Un hecho coyuntural fue la creación de la primera Asociación Civil en 1978, por una situación aparentemente casual, pero muy significativa. La feria anual de Celaya se llevaba a cabo en diciembre, una de las actividades que se realizaban para los festejos que se incluían en la feria era un desfile de carros alegóricos; cada uno de los nueve barrios originales participaba con un carro; en 1978 el presidente municipal lanzó una convocatoria para un concurso de carros alegóricos. Los ganadores recibirían 300 mil pesos. El ganador fue el del Barrio de Tierras Negras. Cuando los representantes del Barrio fueron por el premio, el presidente municipal intentó negárselos con el pretexto de que usaría el dinero para pavimentar la calle principal. Los representantes del Barrio consultaron con todos los habitantes y decidieron que no aceptarían la pavimentación, pues en ese momento se necesitaba una casa de artes y oficios para preparar a los jóvenes. Se presentó una lucha decidida para defender la propuesta del Barrio. Finalmente el presidente municipal, un poco acorralado puso varias condiciones: el dinero se daría solamente a una asociación civil, esa asociación se haría responsable de entregar cuentas, la asociación debía organizarse antes de un mes y tendría que ser independiente del templo y la iglesia. Los requisitos se cubrieron, se compró un terreno junto al templo, se formó la asociación con 16 personas y el dinero tuvo que entregarse. La cantidad no era suficiente para llevar a cabo el proyecto, por lo que la mayor parte de los habitantes cooperaron con material de construcción o con trabajo voluntario, como una operación hormiga. La casa del pueblo quedó terminada y se constituyó en el punto de encuentro de los grupos que a partir de ese momento empezaron a organizarse.

En los años ochenta la sustitución de las artesanías del Barrio por productos industrializados fue creando situaciones económicas límite a las que se sumaron la pavimentación y apertura de calles que rompió la estructura original y aumentó el precio del terreno urbano. El alcoholismo, la drogadicción, la falta de oportunidades de empleo, la migración a los Estados Unidos, la violencia familiar se acentuaron, en esos momentos surgió la propuesta de donde nacería la Asociación Social y Educativa de Celaya, ASEC, que se concibió con la idea de una organización amplia, que involucró a diferentes profesionistas y técnicos como asesores de un proceso básicamente autogestionario, para compartir con los habitantes del barrio las destrezas y los conocimientos necesarios para abrir posibilidades. Pero ésa es otra historia.

Hay muchas, muchísimas que me tocó vivir con él y con sus inseparables colaboradoras, la “la madre Tere” y “la madre Chayita” y muchas, muchas personas más, en ASEC, en el trabajo común organizado. La última organización que impulsó, “Caminemos juntos”, se ha solidarizado en estos tiempos de pandemia para dar de comer a más de 200 personas que quedaron sin trabajo.

Hoy más que nunca, el Padre Roge, mi querido amigo, está presente; a él le dedico los versos del poeta Antonio Machado[2]:

 

¿Murió?… Sólo sabemos

que se nos fue por una senda clara,

diciéndonos: Hacedme

un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

Vivid, la vida sigue,

los muertos mueren y las sombras pasan;

lleva quien deja y vive el que ha vivido.

¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura

partió el hermano de la luz del alba,

del sol de los talleres,

el viejo alegre de la vida santa.

 

Hasta siempre mi muy querido amigo, Rogelio Segundo, nos vas a hacer mucha falta. Aunque sé que estás en la casa del Padre, no puedo dejar de llorar. Gracias por ser parte fundamental de mi vida.


[1] Este escrito fue tomado de mi tesis doctoral. Movimiento cooperativo autogestionario, Teoría y práctica (Formas emergentes de organización del trabajo en México, D.F. y en Celaya, Gto).  México, D.F. UNAM, abril, 2001.

[2] Fragmento del Poema  A Don Francisco Giner de los Ríos  de Antonio Machado.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo, de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

[email protected]

Foto de portada: Anthony Bevilacqua (@bevilens) / Unsplash.






Luis López




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